Morrison Toni - Volver

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Novela de premio nobel

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Volver

La vuelta de un soldado de la guerra de Corea y su intento por reconciliarse con las personas y el lugar de donde procede. El cuerpo de un amigo destrozado por la metralla, la voz de un hombre que pide clemencia, la mano de una nia que asoma escarbando entre la basura para encontrar algo de comer...Hay imgenes que vuelven una y otra vez a la mente de Frank Money, un veterano de la guerra de Corea que ahora vuelve a Estados Unidos en busca de olvido y afecto. Corren los aos cincuenta del siglo pasado y las heridas de Frank no son solo fsicas: su patria es racista, su familia ha acumulado mucho odio, y el regreso parece ms un camino hacia el infierno que una vuelta al hogar. Su destino es Georgia porque Frank quiere rescatar y devolver a casa a su hermana Cee, casada con un chulo que la abandon a los pocos das de la boda, y empleada en casa de un mdico sin escrpulos. Es la determinacin por salvar a esa mujer frgil lo que llevar a Frank a asumir sus culpas y saldar cuentas con lo que fue su vida. Ah, en ese ir y venir de emociones hondas , brilla el talento de Toni Morrison, una mujer que lleva el dolor en la punta de los dedos y lo gobierna con pocas y buenas palabras.

Toni Morrison

Volver

Ttulo original: Home

Toni Morrison, 2012

Traduccin: Amado Diguez Rodriguez

ePub base v2.1

Slade

Esta casa de quin es? De quin es la noche que impide que entre la luz? Di, a quin pertenece esta casa? Ma no es. Yo so otra, ms acogedora, ms luminosa, con vistas a lagos que surcan barcos pintados, a anchos campos abiertos ante m como brazos. Es extraa esta casa. Sus sombras mienten. Di, contesta, por qu entra mi llave en la cerradura?

1

Se alzaron como hombres. Los vimos. Como hombres se pusieron de pie. No tenamos que estar cerca de all. Como en la mayora de las granjas de los alrededores de Lotus, Georgia, aquella estaba llena de inquietantes letreros de advertencia. Las amenazas colgaban de la alambrada de estacas cada cinco pies ms o menos. Pero cuando vimos en la tierra el hueco escarbado por algn animal un coyote tal vez, o un perro de caza, no pudimos resistirlo. Solo ramos nios. A mi hermana la hierba le llegaba al hombro, y a m a la cintura, as que, tras comprobar que no haba culebras, nos tiramos al suelo y, reptando, atravesamos el hueco. Nos picaban los ojos por la sabia de las plantas y las nubes de mosquitos, pero mereci la pena. Justo enfrente, a unas cincuenta yardas, se alzaban como hombres. Sus cascos levantados golpeaban con estrpito, las crines hacia atrs dejaban al descubierto unos ojos blancos y furiosos. Se mordan como perros, pero cuando se alzaron, apoyndose solo en las patas traseras y las delanteras a la altura de la cruz del adversario, contuvimos la respiracin con asombro. Uno de ellos era colorado como la herrumbre, el otro negro azabache, los dos brillantes por el sudor. Los relinchos no nos asustaron tanto como el silencio que sigui a la coz que uno le peg al otro en los labios levantados con las patas traseras. A su alrededor, los potros y las yeguas, indiferentes, pastaban o miraban hacia otro lado. La pelea se detuvo. El colorado baj la cabeza y piaf mientras el vencedor trotaba formando un arco, empujando suavemente a las yeguas delante de l. Retrocedimos ayudndonos con los codos en busca del hueco de la alambrada, evitando la fila de camionetas aparcadas un poco ms all, pero nos perdimos. Aunque tardamos una eternidad en volver a ver la verja, no nos entr miedo hasta or unas voces, apremiantes pero flojas. Tir a mi hermana del brazo y me llev un dedo a los labios. Sin levantar la cabeza en ningn momento pero observando a travs de la hierba, vimos que tiraban de un cuerpo en una carretilla y lo echaban a un agujero ya excavado. Un pie sobresala del borde, y temblaba, como si pudiera salir de all, como si con un pequeo esfuerzo pudiera quitarse de encima la tierra con que lo estaban cubriendo. No vimos las caras de los hombres que lo enterraban, solo sus pantalones, pero s vimos el filo de una pala que empuj el pie tembloroso para que se uniera al resto del cuerpo. Cuando mi hermana vio que golpeaban aquel pie negro con su rosada planta surcada de regueros de barro para meterlo en la tumba, se estremeci de pies a cabeza. Le estrech los hombros con fuerza e intent atraer sus sacudidas a mis huesos, porque, como hermano cuatro aos mayor que ella, me crea capaz de dominarlas. Haca ya mucho rato que aquellos hombres se haban marchado y la luna era un meln cuando nos sentimos lo bastante seguros para tantear la hierba y nos arrastramos con la tripa pegada al suelo, buscando otra vez el hueco bajo el alambre. Llegamos a casa pensando que nos daran unos buenos azotes o que por lo menos nos regaaran por volver tan tarde, pero los mayores no repararon en nosotros. Algn problema los tena preocupados. Como se ha empeado en contar mi historia, piense lo que piense y escriba lo que escriba, tenga esto bien presente: olvid aquel entierro. Solo record los caballos. Eran tan hermosos. Tan brutales. Y se pusieron de pie como hombres.

2

Respirar. Cmo hacerlo para que nadie se diera cuenta de que estaba despierto. Fingir un ronquido profundo y regular, relajar el labio inferior. Y lo ms importante: no mover los prpados, que el corazn lata con regularidad y las manos se queden flojas. A las dos de la madrugada, cuando entraran a comprobar si necesitaba otra dosis inmovilizante, veran al paciente de la habitacin 17 de la segunda planta sumido en un sueo de morfina. Si quedaban convencidos, tal vez evitasen la inyeccin y le quitaran las correas, as sus manos podran disfrutar de la sangre. La clave para imitar un semicoma, lo mismo que para hacerse el muerto boca abajo en un campo de batalla embarrado, consista en concentrarse en un objeto neutro. En algo que asfixiara cualquier insinuacin casual de vida. Hielo, pens, un cubito, un carmbano, un estanque helado, un paisaje escarchado. No. Demasiada emocin en las lomas heladas. Fuego entonces? Nunca. Demasiado activo. Necesitaba algo que no despertara ninguna sensacin, que no alentara ningn recuerdo agradable o vergonzoso. Solo buscarlo ya le alteraba. Todo le recordaba hechos cargados de dolor. Imaginaba una hoja en blanco y se acordaba de la carta que haba recibido, la que le haba hecho un nudo en la garganta: Ven cuanto antes. Ella habr muerto si tardas mucho. Finalmente decidi que la silla del rincn sera su objeto neutro. Madera. Roble. Lacada o pintada. Cuntos barrotes tena el respaldo? El asiento era plano o curvado, para el trasero? Estaba hecha a mano o fabricada en serie? Si estaba hecha a mano, quin fue el carpintero y de dnde sac la madera? Intil. La silla suscitaba preguntas, no vaca indiferencia. Y el mar en un da soleado visto desde la cubierta de un transporte de tropas, sin horizonte ni esperanza de encontrarlo? No. Tampoco, porque entre los cuerpos que mantenan fros abajo, quiz estuvieran sus amigos del pueblo. Tendra que concentrarse en otra cosa: un cielo nocturno y sin estrellas, o, mejor, unas vas de ferrocarril. Sin paisaje, sin trenes, solo vas interminables, interminables. Le haban quitado la camisa y las botas de cordones, pero los pantalones y la chaqueta del ejrcito (nada eficaces para el suicidio) los haban dejado colgados en el armario. No tena ms que recorrer el pasillo y salir por la puerta de emergencia, que nunca estaba cerrada desde que se declar un incendio en aquella planta y una enfermera y dos pacientes murieron. Es lo que le haba contado Crane, ese viejo charlatn que mascaba chicle como un poseso mientras lavaba los sobacos al paciente, pero para l que solo era un cuento inventado por el personal para poder salir a fumar. Su primer plan de fuga consisti en golpear a Crane cuando fuera a limpiarle la suciedad. Pero para eso tena que soltarse las correas, y era demasiado arriesgado, as que opt por otra estrategia. Dos das antes, esposado en el asiento trasero del coche patrulla, volvi la cabeza violentamente para ver dnde estaba y adonde le llevaban. Nunca haba estado en aquel barrio. Su territorio era el centro de la ciudad. Nada destacaba en particular excepto el llamativo letrero de nen de un restaurante y un cartel enorme en el jardn de una iglesia diminuta: AME Sin. Si consegua llegar a la salida de incendios, ah se dirigira, a Sin. Pero, antes de escapar, tena que conseguir unos zapatos de algn modo, como fuera. Andar por la calle en pleno invierno sin zapatos era lo mejor que poda hacer para que lo arrestasen y le volvieran a encerrar en el pabelln y lo condenaran por vagancia. Interesante ley, vagancia, o sea, estar en la calle o caminar sin un propsito claro. Llevar un libro ayudara, pero ir descalzo desmentira su propsito, y quedarse quieto en algn sitio podra dar lugar a una denuncia por merodear. Saba mejor que la mayora que no haca falta estar en la calle para alterar el orden legal o ilegalmente. Podas estar bajo techo, llevar aos viviendo en tu casa, y aun as hombres con placa o sin ella, pero siempre con pistola, podan obligarte a ti y a tu familia y a los vecinos a hacer las maletas y a largarte, con o sin zapatos. Hace veinte aos, a los cuatro aos, tena zapatos, aunque la suela de uno de ellos se despegaba a cada paso. Los vecinos de quince casas recibieron la orden de abandonar su pequeo barrio de la periferia. Veinticuatro horas, les dijeron, o ateneos a las consecuencias. Las consecuencias eran la muerte. Por la maana temprano les entregaron los avisos, as que, haciendo balance, el da consisti en confusin, ira y un ir y venir de maletas. Al anochecer, la mayora se estaba marchando, en vehculos si los haba, si no, a pie. Y, sin embargo, a pesar de las amenazas de aquellos hombres que llevaban la cara tapada o no, y de las splicas de los vecinos, un viejo llamado Crawford se sent en las escaleras del porche de su casa y se neg a desocupar su casa. Los codos en las rodillas, las manos entrelazadas, mascando tabaco, esper toda la noche. Justo despus del amanecer, al cumplirse las veinticuatro horas, le pegaron con tubos y culatas de fusil hasta matarlo y lo ataron a la magnolia ms vieja del condado, la de su propio jardn. Quiz la querencia por aquel rbol que, sola presumir de ello, haba plantado su bisabuela, lo puso tan terco. Al amparo de la noche, algunos vecinos volvieron furtivamente, lo desataron y lo enterraron bajo su amada magnolia. Uno de los sepultureros cont a quien quiso escucharle que al seor Crawford le haban sacado los ojos. Aunque los zapatos eran vitales para la evasin, el paciente no tena. A las cuatro de la madrugada, antes de salir el sol, consigui aflojar las correas de lona, se desat e hizo jirones el camisn del hospital. Se puso los pantalones y la chaqueta del ejrcito y recorri el pasillo descalzo. Salvo por el llanto en la habitacin contigua a la salida de incendios, todo estaba tranquilo ni el chirrido de los zapatos de algn viejo, ni risitas sofocadas, ni olor a tabaco. Las bisagras grueron cuando abri la puerta y el fro le golpe como un martillo. El hierro helado de la escalera de incendios dola tanto que salt por encima de la barandilla para hundir los pies en la nieve del suelo, ms clida. La manaca luz de la luna, que haca el trabajo de las estrellas ausentes, armonizaba con su desesperado frenes e iluminaba su encorvada espalda y las huellas que dejaba en la nieve. Llevaba la medalla por los servicios prestados en el bolsillo pero ninguna moneda, as que no pens en buscar una cabina para llamar a Lily. De todas formas no lo habra hecho, y no solo por su fra despedida, sino porque le daba vergenza necesitarla en aquellos momentos: fugitivo del manicomio y descalzo. Cerrando con ahnco el cuello de la chaqueta, evitando la acera, de la que haban limpiado la nieve con palas, por los bordillos llenos de nieve recorri tan deprisa como le dejaron los residuos de medicacin las seis manzanas que separaban el hospital de AME Sin, la pequea parroquia de madera de dos plantas de altura. Haban limpiado la nieve de los escalones del porche, pero no haba luces encendidas. Llam con los nudillos; fuerte, pens, para lo ateridas que tena las manos, pero sin amenazar, no como cuando un grupo de ciudadanos aporrea una puerta, o la chusma, o la polica. La insistencia dio sus frutos. Se encendi una luz y la puerta se abri una rendija, y luego ms, mostrando a un hombre canoso en bata de franela, con las gafas en la mano y frunciendo el ceo ante la insolencia de un visitante que llegaba antes del amanecer. Quiso decir Buenos das o Perdone, pero su cuerpo tiritaba violentamente, como si fuera una vctima del baile de san Vito, y los dientes le castaeteaban tanto y tan fuer te que no pudo articular palabra. El hombre de la puerta se hizo cargo de la situacin de su tembloroso visitante y retrocedi para dejarle entrar. Jean! Jean! Se volvi hacia las escaleras y llam al piso de arriba antes de invitar al visitante a pasar. Dios mo mascull cerrando la puerta. Ests fatal. El visitante quiso sonrer, pero no pudo. Soy Locke, reverendo John Locke. Y t? Me llamo Frank, seor. Frank Money. Vienes de abajo, del hospital? Frank asinti mientras daba patadas al suelo para que los dedos de los pies volvieran a la vida. El reverendo gru. Sintate dijo. Luego, meneando la cabeza, aadi: Has tenido suerte, hermano Money. Venden muchos cuerpos en ese sitio. Venden cuerpos? repiti Frank dejndose caer en el sof. Solo vagamente le import o le preocup lo que aquel hombre estaba diciendo. Aj. A la facultad de medicina. Venden cadveres? Para qu? Pues, ya sabes, los mdicos necesitan trabajar con muertos pobres para ayudar a los ricos vivos. John, ya basta. Jean Locke bajaba las escaleras atndose el cinturn de la bata. No dices ms que tonteras. Mi mujer dijo Locke. Dulce como la miel, pero a veces se equivoca. Seora Siento Todava tiritando, Frank se levant. La seora Locke le interrumpi. No es necesario. Sigue sentado dijo, y se meti en la cocina. Frank obedeci. En la casa no haba viento, pero haca casi tanto fro como en la calle, y las fundas de plstico bien tirantes que cubran el sof no ayudaban. Disculpa si la casa est demasiado fra dijo Locke al ver los labios tiritantes de Frank. A la lluvia estamos habituados, a la nieve no. De dnde vienes? Del centro de la ciudad. Locke volvi a gruir. Eso lo explicaba todo. Y quieres volver? No, seor. Quiero ir al sur. Ya. Y cmo es que has terminado en el hospital y no en la crcel? All llevan a la mayora de los que encuentran descalzos y a medio vestir. Por la sangre, supongo. Tena mucha recorriendo mis mejillas. Y por qu tenas toda la cara manchada de sangre? No lo s. No te acuerdas? No. Solo recuerdo que hubo un ruido. Fuerte. Muy fuerte. Frank se frot la frente. Quiz me met en una pelea? dijo con tono de pregunta, como si el reverendo supiera por qu le haban tenido dos das atado y sedado. El reverendo Locke le mir con preocupacin. No con nerviosismo, solo con preocupacin. Tal vez creyeran que eras peligroso. Solo por estar enfermo no te habran ingresado. Adnde ibas exactamente, hermano? Segua de pie, con las manos a la espalda. A Georgia, seor. Si puedo. Eso nunca se sabe, queda mucho camino. Y bien, hermano Money, tienes dinero? Locke sonri. Le hizo gracia su propio ingenio. Algo llevaba cuando me cogieron respondi Frank. En esos momentos en los pantalones solo llevaba la medalla del ejrcito. Y no era capaz de recordar cunto le haba dado Lily. Solo sus labios curvados hacia abajo y su mirada implacable. Y ya no lo tienes, verdad? Locke entorn los ojos. Te busca la polica? No dijo Frank. No, seor. Solo me dieron unos cuantos empujones y me encerraron en el pabelln de los locos. Form un hueco con las manos y respir en su interior. No creo que me acusen de nada. Aunque lo hicieran, no llegaras a saberlo. Jean Locke volvi con un cuenco de agua fra. Mete aqu los pies, hijo. Est fra, pero no conviene que los calientes demasiado deprisa. Frank meti los pies en el agua y suspir. Gracias. Por qu lo han encerrado? La polica, me refiero. Jean dirigi la pregunta a su marido, que se encogi de hombros. Por qu, ciertamente. Aparte de aquel rugido del B-29, no recordaba qu haba hecho exactamente para llamar la atencin de la polica. Si l no se lo poda explicar, cmo lo iba a hacer a una amable pareja que le haba ofrecido ayuda. Si no se estaba peleando, estara meando en la acera? Insult a alguien que pasaba, a unos nios que volvan del colegio? Se estaba golpeando la cabeza contra una pared o estara escondido detrs de unas plantas en algn jardn trasero? Seguro que hice algo malo dijo. Eso tuvo que ser. Era cierto que no se acordaba. Se haba tirado al suelo al or de pronto una detonacin? Tal vez se hubiera enzarzado en alguna trifulca o quiz se haba echado a llorar delante de unos rboles para pedirles disculpas por algo que no haba hecho. Lo que s recordaba era que en cuanto Lily cerr la puerta tras l y a pesar de la importancia de su misin, su ansiedad se volvi inmanejable. Se tom unas cuantas copas para tranquilizarse antes del largo viaje. Cuando sali del bar, la ansiedad haba desaparecido, pero tambin la cordura. Volvieron la rabia que flotaba libre a su alrededor, el odio a s mismo disfrazado de culpa de los dems. Y los recuerdos que haban madurado en Fort Lawton, donde, tan pronto como le licenciaron, empez su vagabundeo. Nada ms desembarcar pens en mandar un telegrama a casa, porque en Lotus nadie tena telfono. Pero las operadoras estaban en huelga y con ellas los empleados de telgrafos. En una postal de dos centavos escribi: Fe vuelto sano y salvo. Nos vemos pronto. Pronto no lleg porque no quera regresar a casa sin sus compaeros. Estaba demasiado vivo para presentarse ante los padres de Mike y de Stuff. Su fcil respiracin y su ser ileso seran un insulto para ellos. Por mucho que inventara alguna mentira sobre su heroica muerte, no podra culparles por su rencor. Adems, odiaba Lotus. Sus vecinos crueles, su aislamiento y en especial su indiferencia con respecto al futuro solo resultaran tolerables si sus compaeros hubieran regresado con l. Cunto hace que has vuelto? El reverendo Locke segua all. Haba suavizado la expresin. Frank levant la cabeza. Un ao. Locke se rasc la barbilla, y estaba a punto de decir algo cuando apareci Jean con un tazn y un plato de galletas saladas. No es ms que agua caliente con mucha sal dijo. Bbetela, pero despacio. Voy a buscar una manta. Frank dio dos sorbos y apur el resto de un solo trago. Hijo dijo Jean despus de llevar ms, moja las galletas en el agua. Te entrarn mejor. Jean dijo Locke, mira a ver qu hay en la caja de los pobres. Tambin le hacen falta unos zapatos, John. No encontraron zapatos sobrantes, as que dejaron cuatro pares de calcetines y unos chanclos rajados junto al sof. Duerme un poco, hermano. Te queda un viaje tortuoso, y no me refiero solo a Georgia. Frank se qued dormido entre una manta de lana y las fundas de plstico y so un sueo moteado de partes del cuerpo. Le despert un sol de justicia y olor a tostadas. Tard un rato, ms del debido, en comprender dnde estaba. Los residuos de dos das de medicacin le estaban abandonando, pero despacio. Estuviera donde estuviese, agradeca que el resplandor del sol no le diera dolor de cabeza. Se sent y vio los calcetines, doblados pulcramente en la alfombra como pies rotos. A continuacin oy murmullos en otra habitacin. Al mirar los calcetines record su pasado inmediato: la fuga del hospital, la carrera en medio de un fro glacial y, finalmente, el reverendo Locke y su mujer. As que ya haba vuelto al mundo real cuando entr Locke y le pregunt qu tal le haban sentado tres horas de sueo. Bien, bastante bien respondi Frank. Locke le acompa al bao y coloc un peine y todo lo necesario para afeitarse en la repisa del lavabo. Lavado y calzado, Frank rebusc en los bolsillos de los pantalones para ver si el celador haba pasado algo por alto, una moneda de cuarto de dlar, diez centavos, pero no, la medalla al combate era lo nico que le haban dejado. Por supuesto, el dinero que le haba dado Lily tambin haba desaparecido. Frank se sent a la mesa de formica y desayun copos de avena y una tostada con mantequilla. En el centro de la mesa haba ocho billetes de un dlar y una bolsa con monedas. Podan ser las ganancias de una partida de pquer, pero reuniras sin duda haba costado mucho ms esfuerzo: monedas de diez centavos salidas de pequeos monederos, de cinco centavos entregadas de mala gana por nios con planes distintos (y ms dulces) para gastarlas; billetes de dlar que representaban la generosidad de toda una familia. Diecisiete dlares dijo Locke. Ms que suficiente para un billete de autobs a Portland y, de all, a algn lugar cerca de Chicago. Sin duda no te llevarn a Georgia pero, cuando ests en Portland, vas a hacer lo siguiente. Dio instrucciones a Frank para ponerse en contacto con un reverendo llamado Jessie Maynard, pastor de una iglesia baptista, y le dijo que lo llamara por telfono para decirle que llegaba otro. Otro? No eres el primero ni mucho menos. El ejrcito integrado es un desastre. Vais todos a combatir, volvis y os tratan como a perros. Perdn, como a perros no, a los perros los tratan mejor. Frank se lo qued mirando sin decir nada. El ejrcito no le haba tratado tan mal. El ejrcito no tena culpa de que de vez en cuando se pusiera hecho una fiera. En realidad, los mdicos que le haban atendido antes de licenciarse haban sido amables y atentos, y le haban dicho que su locura acabara pasando. Lo saban todo sobre ella, pero le aseguraron que pasara. Mantente alejado del alcohol, le dijeron. Cosa que no hizo. No poda. Hasta conocer a Lily. Locke le escribi la direccin de Maynard en la solapa de un sobre y le dijo que tena una congregacin numerosa y podra ofrecerle ms ayuda que su pequeo rebao. Jean haba metido seis sndwiches, un poco de queso, algo de fiambre y tres naranjas en una bolsa de papel. Le dio la bolsa y un gorro de lana como el de los marineros. Frank se puso el gorro y le dio las gracias. Cunto dura el viaje? pregunt tras mirar dentro de la bolsa. Qu ms da contest Locke. Agradecers cada Bocado, porque cuando el autobs pare, no podrs bajar al bar a tomar nada. Y ahora escchame. Eres de Georgia y has estado en un ejrcito no segregado y tal vez pienses que en el norte las cosas no son como en el sur. No lo creas ni por un momento y no cuentes con ello. Las costumbres son tan reales como las leyes y pueden ser igual de peligrosas. Y ahora ven conmigo. Te llevo. Frank se qued junto a la puerta mientras el reverendo coga su abrigo y las llaves del coche. Adis, seora Locke. Gracias, de verdad. Cudate, hijo respondi la seora Locke dndole unas palmaditas en el hombro. En las taquillas de la terminal, Locke cambi las monedas por billetes y pag el pasaje de Frank. Antes de ponerse a la cola en la puerta de Greyhound, Frank vio pasar un coche patrulla. Hinc una rodilla en el suelo simulando que se abrochaba los chanclos. Cuando pas el peligro, se levant. Luego se volvi hacia el reverendo Locke y le tendi la mano. Los dos hombres se estrecharon la mano y se miraron a los ojos unos segundos dicindose nada y todo, como si adis significara lo que siempre haba significado: ve con Dios. Haba pocos viajeros pero, sumiso y obediente, Frank se sent en el asiento de atrs, encogiendo cuanto pudo sus seis pies tres pulgadas de estatura y agarrando bien la bolsa de los sndwiches. A travs de la ventanilla, bajo la piel de nieve, el paisaje se volvi ms melanclico cuando el sol logr iluminar los rboles, mudos, incapaces de hablar sin hojas. Las casas, solitarias, daban forma a la nieve, y aqu y all carritos de juguete contenan montones de ella. Solo las camionetas atascadas en los caminos de entrada parecan estar vivas. Frank se pregunt cmo sera la vida en aquellas casas, pero no pudo imaginar nada, en absoluto. De modo que, como le suceda a menudo cuando estaba solo y sobrio no importaba dnde, vio a un nio devolviendo las tripas a su lugar, sostenindolas en la palma de la mano como si fueran una bola de cristal hecha aicos por una mala noticia, u oy a otro nio al que solo le haba quedado intacta la mitad inferior de la cara, cuyos labios llamaban a mam. El caminaba por encima de ellos, entre ellos, para seguir vivo, para evitar que su propia cara se disolviera, para conservar sus vistosas entraas bajo esa capa de piel, ay, tan fina. Sobre el blanco y negro del paisaje invernal, la sangre roja ocupaba el centro de la escena. Nunca desaparecan, aquellas imgenes. Excepto con Lily. Prefera no pensar en aquel viaje como una ruptura. Solo una pausa, esperaba. Pero era difcil olvidar en qu se haba convertido vivir con ella: una cansada crueldad asfixiaba la voz de Lily y el zumbido de la decepcin defina su silencio. A veces el rostro de Lily pareca metamorfosearse en la parte delantera de un jeep: ojos implacables como faros y una carrocera flamante sobre una sonrisa parecida a una rejilla. Extrao, cmo haba cambiado. Al recordar lo que le encantaba de ella, su leve barriga, sus corvas y su rostro, maravillosamente bello, era como si alguien la hubiera dibujado como una caricatura. No poda tener l la culpa de todo, o s? No sala a fumar a la calle? No dejaba ms de la mitad de su paga en el aparador para que ella la gastase en lo que quisiera? No levantaba por cortesa la tapa del inodoro, cosa que ella se tomaba como un insulto? Y aunque le asombraba y diverta toda aquella parafernalia femenina que colgaba de la puerta del cuarto de bao o atestaba los armarios, la repisa del lavabo y todo rincn disponible artilugios para baos vaginales, accesorios para enemas, frascos de Massingill, Lydia Pinkham, Kotex, crema de depilacin Neet, cremas faciales, mascarillas, rulos, lociones, desodorantes, jams toc nada ni se quej. S, a veces pasaba horas sentado en silencio, paralizado, sin ganas de hablar. S, perdi los escasos y peculiares trabajos que haba conseguido. A veces cuando ella estaba cerca le costaba respirar y no estaba seguro de poder vivir sin ella. No era solo hacer el amor, entrar en lo que l llamaba el reino entre sus piernas. Cuando se acostaban y ella le pona el brazo, ligero como el de una nia, encima del pecho, desaparecan las pesadillas y poda dormir. Cuando se despertaba a su lado, su primer pensamiento no era para el bienvenido aguijn del whisky. Y lo ms importante, las dems mujeres ya no le atraan, aunque quisieran ligar abiertamente o se exhibieran buscando placeres propios e ntimos. No las comparaba con Lily; sencillamente, para l eran personas. Solo con Lily se desvanecan aquellas imgenes, se ocultaban tras algn velo del cerebro, tenues pero a la espera, a la espera y acusadoras. Por qu no te diste ms prisa? Si hubieras llegado antes, habras podido ayudarle. Podras haberlo arrastrado hasta detrs de la loma, como hiciste con Mike. Y las personas a las que mataste despus? Mujeres corriendo, tirando de sus hijos. Y aquel viejo al que le faltaba una pierna, cojeando con la muleta por la cuneta para no entorpecer la marcha de los dems, que iban ms rpido? Le agujereaste la cabeza porque creas que as compensaras la orina congelada de los pantalones de Mike y vengaras los labios que llamaban a mam. Lo conseguiste? Te compens? Y la nia, qu haba hecho para merecer lo que le pas? Preguntas sin respuesta que se multiplicaban como setas entre las sombras de las fotografas que vea. Antes de Lily. Antes de verla subida a una silla, estirando el brazo para alcanzar la estantera superior de un armario y coger la lata de Calumet que necesitaba para la comida que le estaba preparando. La primera que compartan. Tendra que haber saltado a la silla y cogido la lata l. Pero no lo hizo. No poda apartar los ojos de sus corvas. Y al estirarse, su vestido de algodn, suave y floreado, fue subiendo y dej al descubierto esa piel apenas advertida, esa piel tan, tan, aaahhh, vulnerable. Y por alguna razn que an no comprenda, se puso a llorar. Amor puro, simple, y tan instantneo que le rompi en pedazos. No encontr amor en Jessie Maynard, de Portland. Ayuda s, pero su desprecio era glacial. El reverendo en apariencia dedicaba su vida a los necesitados, pero solo a los que iban correctamente vestidos, no a un veterano joven, corpulento y muy alto. Acomod a Frank en el porche trasero, junto al camino de entrada a la casa, donde dormitaba un Oldsmobile Rocket 98, y con una sonrisa cmplice le dijo a modo de disculpa: Mis hijas todava viven aqu. Era un tributo insultante cobrado a quien suplicaba un abrigo, un suter y dos billetes de diez dlares. Suficiente para llegar a Chicago y tal vez cubrir la mitad del camino hasta Georgia. Aun as, y aunque fuera tan hostil, el reverendo Maynard le dio datos muy valiosos para el viaje. De Green's, la gua de viajes, copi el nombre y la direccin de algunos hoteles y pensiones donde no le impediran la entrada. Frank guard la lista en el bolsillo del abrigo que le regal Maynard y cuando no lo estaba mirando se meti los billetes en los calcetines. De camino a la estacin, los nervios por sufrir un nuevo incidente incontrolable, sospechoso, destructivo e ilegal se le fueron pasando. Adems, a veces presenta las crisis. Le ocurri la primera vez, al subir a un autobs cerca de Fort Lawton con los papeles del licenciamiento intactos. Iba tranquilo, sentado junto a una mujer con ropa muy llamativa. Su falda floreada era iodo un mundo de color, su blusa de un rojo chilln. Frank vio que las flores del dobladillo del vestido ennegrecan y que la blusa iba soltando color hasta quedar blanca como la leche. Y luego todos los dems, todo lo dems. Al otro lado de la ventanilla: rboles, cielo, un chico en una moto, el csped, los setos. Desapareci el color y el mundo se convirti en una pantalla de cine en blanco y negro. No grit porque pens que a sus ojos les ocurra algo malo. Malo, pero reparable. Se pregunt si sera as como vean el mundo los perros, los gatos o los lobos. O se estaba volviendo insensible al color? Se baj en la siguiente parada y ech a andar hasta una estacin de servicio Chevron; sus negras llamas salan disparadas de la V. Quera ir al bao, mear y mirarse al espejo para ver si tena una infeccin en los ojos, pero el letrero de la puerta le detuvo. Se alivi en los arbustos que haba detrs de la gasolinera, molesto y un poco asustado por el paisaje incoloro. El autobs ya se haba puesto en marcha, pero se detuvo para que pudiera subir. Baj en la ltima parada: la estacin de autobuses de la misma ciudad donde al desembarcar vio a las alumnas de algn instituto cantar para dar la bienvenida a los fatigados veteranos de guerra. Ya en la calle, al salir de la estacin, el sol le hiri. Su maligna luz le oblig a buscar la sombra. Y all, debajo de un roble del norte, la hierba volvi a ser verde. Ya ms tranquilo, comprendi que no iba a gritar, a romper nada, ni a abordar a ningn desconocido. Eso sucedi despus, cuando, con independencia de la paleta de colores del mundo, estallaron su furia y su vergenza. Ahora, si volva a notar que el mundo perda color, tendra tiempo de correr a esconderse. As que, siempre que el mundo volva a palidecer, le complaca saber que no se estaba quedando insensible al color y que las horribles imgenes podran desvanecerse. Recobrada la confianza, podra aguantar da y medio de tren a Chicago sin incidentes. Siguiendo las indicaciones de un revisor subi a un vagn de pasajeros, corri la cortina verde de separacin y se sent junto a la ventanilla. Con el vaivn del tren y el traqueteo de las vas, se sumi en un raro sueo tan profundo que se perdi el principio de la bronca, pero no el final. Le despertaron los sollozos de una mujer joven a quien consolaban dos camareros con chaqueta blanca. Uno de ellos le coloc un cojn detrs de la cabeza, el otro le ofreci un montn de servilletas de hilo para las lgrimas y la sangre que le manaba de la nariz. Al lado de la joven, con la mirada perdida, estaba su mudo y furioso marido: su rostro un crneo de vergenza y el de su compaera, rgida ira. Cuando uno de los camareros pas a su lado, Frank le toc el brazo. Qu ha pasado? le pregunt, indicando a la pareja. No ha visto nada? No. Qu ha pasado? Pues estaba el marido. Se ha bajado en Elko a tomar un caf o lo que sea ah atrs. Seal el lugar apuntando con el pulgar por encima del hombro. El propietario o los clientes, o todos ellos, le han echado a patadas. Ms bien le pusieron los pies en el trasero y le dieron un empujn. Se cay, le dieron ms patadas y cuando la seora fue a ayudarlo, le tiraron una piedra y le dieron en la cara. Les hemos ayudado a subir al tren, pero la gente ha seguido gritando hasta que nos hemos puesto en marcha. Mire dijo, ha visto? Seal las yemas de huevo. No resbalaban, se haban quedado pegadas al cristal como si fueran flemas. Han avisado al maquinista? pregunt Frank. Se ha vuelto usted loco? A lo mejor. Y, dgame, conoce en Chicago algn sitio donde se coma bien y pueda dormir un poco? Tengo aqu unos apuntados. Le suena alguno? El camarero se quit las gafas, se puso otras y ley la lista del reverendo Maynard. Apret los labios. Para comer vaya a Booker's dijo. Est cerca de la estacin. Para dormir, el YMCA nunca es mala idea. Est en Wabash. Estos hoteles y lo que llaman pensiones para turistas le pueden costar un ojo de la cara y tal vez no le dejen entrar con esos chanclos medio rotos. Gracias dijo Frank. Me alegra saber que son de categora. El camarero sonri. Le apetece un trago? Llevo un poco de Johnnie Rojo en la maleta. En la chapa de la chaqueta llevaba impreso su nombre: C. TAYLOR. S, claro, cmo no. Las papilas gustativas de Frank, indiferentes a las naranjas y a los sndwiches de queso, volvieron a la vida ante la mencin del whisky. Solo un trago. Lo justo para tranquilizarse y endulzar el mundo. Nada ms. La espera se le hizo larga, y en el preciso momento en que Frank pensaba que el hombre se habra olvidado, Taylor volvi con una taza de caf, un platillo y una servilleta. En la gruesa taza blanca, dos dedos de whisky temblaban incitantes. Tome dijo Taylor, y se alej dando pequeos tumbos por el pasillo al ritmo del balanceo del tren. La pareja que haba recibido la paliza hablaba entre susurros, ella con suavidad y splica, l con urgencia. Le pegar en cuanto lleguen a casa, pens Frank. Y, quin no? Que te humillen en pblico es una cosa. Cualquier hombre lo puede superar. Lo intolerable era que una mujer, su mujer, hubiera sido testigo. No solo lo haba visto todo, sino que haba tenido el atrevimiento de intentar rescatarlo. Rescatarlo! a l! Ni era capaz de protegerse ni tampoco era capaz de protegerla a ella, como demostraba la pedrada en la cara. La mujer tena rota la nariz por atreverse a intervenir y tendra que pagar por ello. Una vez y otra. Volvi a apoyar la cabeza en la ventanilla y se qued dormido despus de apurar la taza de whisky. Se despert al notar que alguien se sentaba a su lado. Raro. El vagn estaba lleno de sitios libres. Volvi la cabeza y, con ms curiosidad que sorpresa, examin a su compaero de asiento: un hombre de corta estatura con sombrero de ala ancha. Su traje azul claro se compona de chaqueta larga y pantalones de pernera estrecha y cadera ancha. Sus zapatos eran blancos, de punta exagerada. Tena la mirada fija delante de l. Ignorado, Frank se apoy otra vez en la ventanilla para reanudar su siestecita. En cuanto lo hizo, el hombre del traje de moda se levant y desapareci por el pasillo. No haba dejado la menor huella en el asiento de piel. Al atravesar el paisaje helado, pobre y sucio, Frank intentaba redecorarlo, pintaba en su imaginacin los montes con gigantescos brochazos prpura y X doradas, salpicaba los yermos campos de trigo de gotas verdes y amarillas. Floras repintando el paisaje occidental sin conseguirlo lo haban agitado, pero cuando baj del tren estaba bastante tranquilo. El ruido de la estacin era, sin embargo, tan abrasivo que busc un brazo en que apoyarse. No lo haba, naturalmente, as que se apoy en un pilar de acero y dej que el pnico fuera desapareciendo. Una hora ms tarde estaba comiendo alubias a cucharadas y untando mantequilla en pan de maz. Taylor, el camarero, tena razn. Booker's no solo era un sitio donde se coma bien y barato, sino que la concurrencia los comensales, el personal de la barra, las camareras y una cocinera ruidosa y amiga de las broncas era afable y muy animada. Trabajadores y desempleados, madres y mujeres de la calle, todos coman y beban con la cordialidad de una familia en la cocina de su casa. Gracias a esta presta simpata casera, Frank se anim a hablar con toda libertad con un hombre que se sentaba a su lado en otro taburete y que se present sin que nadie le diera pie. Watson. Billy Watson. El hombre le tendi la mano. Frank Money. De dnde eres, Frank? Hombre, pues no sabra decirte: de Corea, de Kentucky, de San Diego, de Seattle, de Georgia. Dime cualquier sitio, de ah soy yo. Tambin quieres ser de aqu? No, estoy de paso. Me vuelvo a Georgia. Georgia? exclam la camarera. Yo tengo familia en Macn. No me trae muy buenos recuerdos. Pasamos medio ao escondidos en una casa abandonada. Escondidos de quin? De los Sbanas Blancas? No. Del hombre que nos alquilaba la casa. Y qu ms da. Por qu? Pero por favor! Era mil novecientos treinta y ocho. A un lado y al otro de la barra se oyeron sonoras carcajadas cmplices. Algunos comenzaron a competir contando su propia historia, vidas de privaciones en los aos treinta. Mi madre y yo pasamos un mes durmiendo en un tren de mercancas. Adnde iba? Lejos. No sabamos ms. Habis dormido alguna vez en una pocilga donde no entraran ni los cerdos? Vamos, hombre, no me hables. Yo viva en la casa de hielo. Y el hielo dnde estaba? Nos lo comamos. Venga ya! Yo dorm en tantos suelos, que la primera vez que vi una cama crea que era un atad. Habis comido alguna vez diente de len? En sopa. Est riqusima. Tripas de cerdo. Ahora son un lujo, pero antes los carniceros las tiraban a la basura o nos las regalaban. Y los pies. Y el pescuezo. Todos los despojos. Chist! Me vas a arruinar el negocio. Cuando cesaron las risas y las fanfarronadas, Frank volvi a sacar la lista de Maynard. Conoces algn sitio de estos? Me han dicho que el Y es el mejor. Billy examin las direcciones y frunci el ceo. Olvdalo concluy. Vente a casa. Qudate esta noche. Te presento a mi familia. De todas formas, hoy ya no puedes irte. Eso es verdad dijo Frank. Maana te llevo puntual a la estacin. Vas al sur en tren o en autobs? En autobs sale ms barato. En tren, Billy. Mientras haya mozos de cuerda, as es como me gusta viajar. Y seguro que sacan su buen dinerito. Cuatrocientos o quinientos al mes ms propinas. Fueron andando a casa de Billy. Maana te vamos a comprar un par de zapatos decentes dijo Billy. Y de paso hacemos una paradita en el Goodwill, te parece? Frank se ech a rer. Haba olvidado que pareca un mendigo. Chicago, barrida por el viento y con una pomposa puesta de sol, estaba llena de peatones presuntuosos y bien vestidos que caminaban con rapidez, como si llegaran tarde a una cita en algn punto de aquellas aceras, ms anchas que cualquier calle de Lotus. Cuando dejaron el centro y llegaron al barrio de Billy, anocheca. Aqu est mi esposa, Arlene. Y este es el hombrecito de la casa, Thomas. A Frank, Arlene le pareci lo bastante guapa para ser actriz. Su tup coronaba una frente amplia y tersa sobre ojos castaos y fieros. Os apetece cenar? pregunt Arlene. No respondi Billy. Ya hemos comido algo. Mejor. Arlene se estaba preparando para el turno de noche en la factora metalrgica. Dio un beso en la coronilla a Thomas, que estaba sentado en la mesa de la cocina leyendo un libro. Billy y Frank se acercaron a la mesita, apartaron los chismes que tena encima e hicieron sitio para jugar a las cartas, charlar y beber cerveza a morro. En qu trabajas? pregunt Frank. En una acera contest Billy. Pero estamos en huelga, as que voy a la oficina, me pongo a la cola y cojo el trabajo que me den. Antes, cuando Billy present su hijo a Frank, el chico le dio la mano izquierda. Frank se dio cuenta de que el brazo derecho le colgaba lacio a lo largo del costado. Ahora, mientras barajaba, le pregunt a Billy qu le haba ocurrido al brazo de su hijo. Billy hizo el gesto de apuntar con un fusil. Un poli desde su coche explic. Thomas estaba jugando con una pistola de pistones. Ocho aitos tena, iba por la acera arriba y abajo, apuntando con su pistola. Y un blanquito novato y paleto pens que sus hermanitos polis no valoraban bastante su polla. No se le puede disparar a un nio as como as dijo Frank. La poli puede dispararle a quien le d la gana. Esta es una ciudad sin ley. Arlene se puso como una loca en urgencias. La echaron dos veces. Pero al final todo ha salido bien. El brazo malo lo mantiene alejado de las calles y en la clase. Es un hacha en matemticas. Ha ganado un montn de concursos. Y le sobran las becas. Entonces el poli novato le hizo un favor. No. No, no, no. Jesucristo intervino y lo hizo todo. l dijo: Alto ah, seor Polica. No hagas dao al ltimo de los mos. El que hiere al menor de los mos perturba la paz de mi espritu. Precioso, pens Frank. Las frases bblicas funcionan siempre y en todo lugar salvo en el frente. Dios, Dios!, eso es lo que dijo Mike. Stuff tambin lo grit. Dios, Dios Todopoderoso, estoy jodido, Frank. Dios, aydame. El hacha en matemticas no puso objecin a dormir en el sof para que el nuevo amigo de su pap ocupara su cama. Frank entr en la habitacin y se le acerc. Gracias, compaero le dijo. Me llamo Thomas dijo el chico. Ah, bueno, Thomas. Me han dicho que se te dan bien las matemticas. Todo se me da bien. Por ejemplo qu. Educacin cvica, geografa, lengua Se le fue apagando la voz, como si hubiera podido citar otras muchas asignaturas. Llegars lejos, hijo. Llegar a donde yo quiera. Frank se ri ante el descaro de aquel chiquillo de once aos. Te gusta el deporte? A qu juegas? le pregunt, pensando que tal vez el chico necesitara un poquito de humildad. Pero Thomas le dirigi una mirada tan fra que se sinti violento. Quiero decir Ya s lo que quieres decir le interrumpi Thomas, que, como contrapunto o porque se le ocurri de pronto, lo mir de arriba abajo y dijo: No deberas beber. Tienes toda la razn. Se hizo un breve silencio mientras Thomas colocaba una manta doblada sobre una almohada y sujetaba ambas cosas con el brazo muerto. Al llegar a la puerta se volvi y mir a Frank. Has estado en la guerra? He estado en la guerra. Has matado a alguien? Tuve que hacerlo. Qu se siente? Te sientes mal. Muy mal. Eso es bueno. Que te sintieras mal. Me alegro. Y eso? Significa que no eres un mentiroso. Eres muy inteligente, Thomas. Frank sonri. Qu quieres ser de mayor? Thomas gir el picaporte con la mano izquierda y abri la puerta. Un hombre dijo, y sali. Mientras se acomodaba a una oscuridad perfilada por los bordes de las contraventanas iluminados por la luna, Frank dese que su frgil sobriedad, que hasta entonces haba logrado mantener sin Lily, le salvara de aquellos sueos. Pero la yegua siempre apareca de noche, nunca entrechocaba sus cascos a la luz del da. Probar el whisky en el tren, dos cervezas horas despus, no le costaba ponerse lmites. Pronto se qued dormido, y solo con una imagen de pies con dedos de mano, o eran manos con dedos de pie? Pero al cabo de unas horas sin sueos, le despert un clic, como al apretar el gatillo de una pistola descargada. Se sent en la cama. Completo silencio. Entonces vio la silueta de un hombre bajo, el del tren, su inconfundible sombrero de ala ancha contra el resplandor de la ventana. Encendi la lmpara de la mesilla. La luz descubri al mismo hombre de corta estatura con su traje de moda de color azul claro. Eh! Quin demonios eres? Y qu quieres? Se levant y se acerc a la figura. A los tres pasos, el hombre del traje de moda de color azul claro desapareci. Frank volvi a la cama pensando que ese sueo en particular no era tan malo comparado con otros. Ni pjaros ni perros devorando los despojos de sus compaeros, como la alucinacin que haba tenido en un banco de la rosaleda del pueblo. En cierto modo este ltimo sueo era cmico. Haba odo hablar de esos trajes, pero nunca haba visto ninguno. Si pretendan ser un signo de hombra, habra preferido un taparrabos y manchas de pintura blanca hbilmente distribuidas por la frente y las mejillas. Y una lanza, por supuesto. Pero los hombres del traje de moda preferan otro atavo: hombros holgados, sombreros de ala ancha, leontinas y pantalones estrechos por abajo y abombados por arriba y con la cintura casi en el pecho. Una moda lo bastante vistosa para despertar el inters de la polica antidisturbios de ambas costas. Maldita sea! No quera por compaa a otro fantasma onrico. A no ser que solo quisiera avisarle y darle algn mensaje. Querra contarle algo de su hermana? La carta deca: Morir. Significaba que estaba viva pero enferma, muy enferma, y que, evidentemente, no tena a nadie a quien pedir socorro. Si Sarah, la autora de la carta, no poda ayudarla ni su jefe tampoco, bueno, deba de estar marchitndose lejos de casa. Sus padres haban fallecido, una de una enfermedad pulmonar, el otro de un derrame cerebral. Haba que descartar a los abuelos, Salem y Lenore. Ninguno de los dos poda viajar, suponiendo que hubieran tenido intencin de hacerlo. Quiz por ese motivo ninguna bala rusa le haba reventado la cabeza y sus mejores amigos s haban muerto. Tal vez lo haban mantenido con vida por Cee. Y era justo, porque ella haba sido la primera persona de quien haba tenido que cuidar, con una generosidad que no aportaba ganancias ni beneficios emocionales. Se haba ocupado de ella antes incluso de que supiera andar. La primera palabra de Cee fue Fuank. En la cocina, en una caja de cerillas, haban guardado dos dientes de leche de Cee, junto con sus canicas de la suerte y el reloj roto que los dos haban encontrado a orillas del ro. Cee no haba sufrido corte o magulladura de que l no se hubiera ocupado. Lo nico que no pudo hacer por ella le limpiarle la pena de los ojos, o era pnico?, cuando se alist. Intent convencerla de que el ejrcito era la nica solucin. Lotus era asfixiante, lo estaba matando a l y a sus dos mejores amigos. Todos estaban de acuerdo. Frank se convenci de que a Cee no le pasara nada. Y no fue as. Arlene segua dormida, as que Billy prepar el desayuno para los tres. A qu hora sale de trabajar? Billy ech la masa de las tortitas en la sartn, ya caliente. Tiene el turno de once a siete. Se levanta dentro de un rato, pero no nos vemos hasta la tarde. Y eso? Frank senta curiosidad. Las normas y los pactos de las familias normales despertaban en l una fascinacin que no alcanzaba la categora de envidia. Tengo que llevar a Thomas al colegio y voy a llegar larde a la cola del paro porque t y yo nos vamos de compras. Cuando llegue, ya habrn repartido los mejores trabajos del da. Tendr que ver qu me dejan. Pero lo primero son las compras. Pareces un No lo digas. No haca falta. La dependienta del Goodwill tampoco dijo nada. Les condujo a una mesa llena de ropa doblada y seal con la cabeza un perchero lleno de chaquetas y abrigos. Eligieron con rapidez. Todos los artculos estaban limpios, planchados y organizados por tamaos. Ni siquiera el olor del propietario anterior era demasiado fuerte. El almacn tena un probador donde un vago o un respetable padre de familia podan cambiarse de ropa y tirar la vieja en un cubo de basura. Bien vestido, Frank se sinti lo bastante orgulloso para sacar su medalla del pantaln militar y colocarla con un alfiler sobre el bolsillo del pecho. Muy bien dijo Billy. Y ahora vamos a comprarte unos zapatos de hombre hecho y derecho. Thom McAn, o quieres unos Florsheim? Ni unos ni otros. No pienso bailar con ellos. Calzado de trabajo. De acuerdo. Tienes bastante dinero? S. La polica habra opinado lo mismo, pero en el cacheo aleatorio a las puertas de la zapatera les palparon los bolsillos, no el interior de las botas de trabajo. De los otros dos hombres de cara a la pared, a uno le confiscaron la navaja, al otro un billete de un dlar. Los cuatro apoyaron las manos en el cap del coche patrulla aparcado en la curva. El agente ms joven se fij en la medalla de Frank. Corea? S, seor. Eh, Dick. Son veteranos. Ah, s? S, mira. El agente seal la medalla por los servidos prestados de Frank. Moveos. Pirdete, amigo. No mereca la pena comentar el incidente con la polica, as que Frank y Billy prosiguieron en silencio. Se detuvieron en un puesto de la calle a comprar una cartera. Llevas traje. Ya no puedes meter la mano en el zapato como un nio cada vez que quieras comprarte un paquete de chicles. Billy apret el brazo de Frank. Cunto valen? pregunt mirando las carteras. Veinticinco centavos. Cmo? Una barra de pan de molde no cuesta ni quince. Y? El vendedor mir a los ojos a su cliente. Las carteras duran ms. Queris una o no? Compraron una y Billy acompa a Frank hasta Booker's, el restaurante; apoyados en el escaparate, se estrecharon la mano, se prometieron visitarse y se despidieron. Frank tom caf y flirte con la camarera de la barra de Macn hasta que lleg la hora de subir al tren del sur que lo llevara a Georgia, a Cee y quin sabe a qu ms.

3

Mam estaba embarazada cuando nos marchamos andando del condado de Bandera, Texas. Tres o quiz cuatro familias tenan coche o camioneta y los cargaron hasta los topes. Pero, recuerda, nadie pudo cargar con sus tierras, sus cultivos, sus animales. Dar alguien de comer a los gorrinos o dejarn que se asilvestren? Y el terreno que queda detrs del cobertizo? Hay que pasar el arado antes de que llueva. La mayora de las familias, la ma tambin, anduvieron muchas millas antes de que el seor Gardener volviera para buscar a algunos despus de dejar a los suyos en la frontera del estado. Tuvimos que llenar la carretilla para poder subir, amontonados, a su coche, mercadear objetos a cambio de velocidad. Mam llor, pero el nio que esperaba era ms importante que las teteras, los tarros de conserva y la ropa de cama. Se conform con la cesta de ropa que llevaba sobre las rodillas. Pap llevaba unas pocas herramientas en un saco y las riendas de Stella, nuestra yegua, a la que no volveramos a ver. El seor Gardener nos llev todo lo lejos que pudo y seguimos a pie un poco ms. Yo llevaba suelta la suela del zapato hasta que pap la at con el cordn de sus zapatos. Por dos veces, unos campesinos nos dejaron subir a sus carros. Qu cansancio! Qu hambre! Mira que he tragado bazofia en la crcel, en Corea, en los hospitales, en alguna mesa y, alguna que otra vez, de cubos de basura. Nada, sin embargo, puede compararse a las sobras de las despensas. Escriba sobre eso, por qu no lo hace? Recuerdo hacer cola en la iglesia del Redentor esperando un platillo de queso duro y reseco y ya enmohecido, pies de cerdo encurtidos unas galletitas rancias empapadas en vinagre. Fue all donde mam oy a la mujer que tena delante explicarle a la voluntaria cmo se escriba y pronunciaba su nombre. Mam dijo que era el ms bonito que haba odo nunca y que sonaba a msica entre tanta discusin y tanto calor humano. Semanas ms tarde, cuando el nio al que dio a luz en un colchn del stano de la iglesia del reverendo Bailey result ser una nia, mam la llam Ycidra, procurando pronunciar las tres slabas. Por supuesto, esper los nueve das antes de bautizarla, para que la muerte no notara vida fresca y quisiera comrsela. Todos menos mam la llamaban Cee. El nombre siempre me pareci bonito, cmo se le ocurri, cmo lo haba atesorado. En cuanto a m, no tengo los mismos recuerdos. Me llamo Frank por el hermano de mi padre. Mi padre se llamaba Luther, mi madre, Ida. Lo gracioso es nuestro apellido: Money. Pues, dinero, no tenemos. No sabes qu es el calor hasta que cruzas la frontera de Texas con Luisiana en verano. Es imposible encontrar palabras que lo expresen. Los rboles se doblan. Las tortugas se cuecen en su caparazn. Descrbalo si puede.

4

Una mala abuela es de lo peor que le puede ocurrir a una nia. Se supone que las mams mandan y dan azotes para que te hagas mayor sabiendo lo que est bien y lo que est mal. Las abuelas, incluso si han sido muy severas con sus hijos, son compasivas y generosas con los nietos. O no? Cee sali de la tina de cinc y dio unos pasos goteantes hasta el lavabo. Llen un cubo bajo el grifo, lo ech en el agua caliente de la tina y volvi a meterse. Quera quedarse en agua fresca mientras, alentados por la luz suave y mortecina de la tarde, sus pensamientos retozaban. Remordimientos, excusas, rectitud, falsos recuerdos y planes futuros se entremezclaban o formaban en fila como soldados. Bueno, as tenan que ser las abuelas, pensaba, pero para la pequea Ycidra Money no haba sido as ni mucho menos. Como pap y mam trabajaban de sol a sol, no saban que la seorita Lenore echaba agua en vez de leche al trigo triturado que Cee y su hermano tomaban para desayunar. Ni que cuando tenan verdugones y araazos en las piernas deban mentir, decir que se los haban hecho en el ro, donde haba zarzas y arndanos con espinas. Hasta su abuelo Salem se callaba. Frank deca que porque tema que la seorita Lenore le abandonara, como haban hecho sus dos primeras mujeres. Lenore, que haba cobrado un seguro de vida de quinientos dlares a la muerte de su primer marido, era un buen partido para un hombre mayor que ya no poda trabajar. Adems, tena un Ford y la casa en propiedad. Para Salem Money vala tanto, que no deca una palabra cuando se repartan el tocino entre los dos y para los nios no dejaban ms que el sabor. Eso s, los abuelos les haban hecho un gran favor al permitirles, a ellos que no eran ms que unos parientes desahuciados, vivir en su casa cuando les echaron de Texas. A Lenore le pareca de mal augurio que Cee hubiera nacido en una cuneta. Las mujeres decentes, deca, paran en casa, en una cama y atendidas por mujeres buenas y cristianas que saban lo que haba que hacer. Solo las mujeres de la calle, las prostitutas, iban al hospital cuando se quedaban embarazadas, pero al menos tenan un techo bajo el que cobijarse cuando daban a luz. Nacer en la calle o en una cuneta, como a veces deca era el preludio de una vida indigna y de pecado. La casa de Lenore era lo bastante grande para dos personas, quiz para tres, pero no para los abuelos y para pap, mam, el to Frank y dos nios uno de ellos un beb llorn. Con el paso de los aos, esa casa abarrotada se le haciendo ms incmoda y Lenore, que se crea superior a todos los habitantes de Lotus, opt por concentrar s u rencor en aquella nia nacida en la calle. Frunca el ceo cada vez que entraba, se le curvaban los labios hacia abajo cada vez que se le caa la cuchara, iba al retrete o se le aflojaba una trenza. Pero lo peor era el murmullo nia mal parida cuando Cee se alejaba tras or otra crtica de boca de su abuela, que siempre tena alguna a mano. En aquellos aos Cee dorma con sus padres en el suelo, sobre un delgado colchn apenas ms cmodo que las tablillas de pino de debajo. El to Frank dorma sobre dos sillas, el pequeo Frank en el porche trasero, en el descompensado columpio de madera, incluso cuando llova. Sus padres, Ida y Luther, tenan dos trabajos: Ida recoga algodn o trabajaba en otros cultivos durante el da y barra las cabaas de los madereros a ltima hora de la tarde; Luther y el to Frank trabajaban en el campo para dos plantadores de Jeffrey, un pueblo cercano, y contentos de tener trabajos que otros hombres haban rechazado. La mayora de los jvenes se haban alistado durante la guerra y cuando termin no volvieron a trabajar en el algodn, los cacahuetes ni la madera. El to Frank tambin se alist, ms tarde. Se enrol en la Marina como cocinero, y contento de serlo, porque no tena que manejar explosivos. Pero su barco se hundi de todas formas y la seorita Lenore colg la estrella de oro en la ventana, como si ella, y no una de las ex esposas de Salem, fuera la madre patritica y honorable que haba perdido a un hijo en la guerra. Ida padeca asma por trabajar en el almacn de madera, pero al final le sali a cuenta porque, despus de tres aos en casa Lenore, pudieron alquilar una vivienda al viejo Shepherd, que todos los sbados se acercaba en coche desde Jeffrey para cobrar la renta. Cee recordaba el alivio y orgullo de todos por contar con su huerta y sus gallinas ponedoras. Los Money tenan ya suficiente para sentirse como en casa en aquel lugar donde los vecinos podan por fin ofrecerse amistad en lugar de compasin. En el pueblo todos, excepto Lenore, eran estrictos pero predispuestos a la ddiva. Si a alguien le sobraban unos pimientos o unos repollos, insista en que Ida se los quedara. Le regalaban quingomb, peces frescos del arroyo, un quintal de maz, todo tipo de alimentos que no deban echarse a perder. Una mujer mand a su marido a reparar los escalones del porche, que estaban cados. Eran generosos con los desconocidos. Todas las personas que estaban de paso eran bien acogidas, incluso, o especialmente, los fugitivos de la ley. Como aquel hombre ensangrentado y muerto de miedo al que lavaron, dieron de comer y acompaaron lejos del pueblo en una mula. Era estupendo poseer casa propia y que el seor Haywood les incluyera en su lista mensual de personas que necesitaban provisiones del almacn grande de Jeffrey. A veces les llevaba gratis tebeos, chicles y caramelos de menta para los nios. En Jeffrey haba aceras, agua corriente, tiendas, una oficina de correos, un banco y una escuela. Lotus estaba apartado y 110 tena aceras ni caeras, solo cincuenta casas, ms o menos, y dos iglesias, y en una de ellas las religiosas enseaban a leer y aritmtica. Cee pensaba que habra sido mejor haber tenido ms libros para leer no solo las Fbulas de Esopo y un volumen con pasajes de la Biblia para jvenes y mucho mucho mejor que le hubieran permitido ir a la escuela de Jeffrey. Ese, crea, fue el motivo de su fuga con una rata. Si no hubiera sido tan ignorante por vivir en un lugar que no contaba nada para nadie, al que ni siquiera se poda llamar pueblo, donde solo haba tareas, obligaciones, una iglesia-escuela y nada que hacer, habra tenido ms sentido comn. Vigilada, vigilada, vigilada por todos y cada uno de los mayores desde la salida hasta la puesta del sol y recibiendo rdenes no solo de Lenore, sino de todos los adultos del pueblo. Nia, ven aqu; pero es que nadie te ha enseado a coser? S, seora. Digo no, seora. Qu es eso? No te habrs pintado los labios? No, seora. Entonces, eso qu es? He comido unas cerezas, seora, digo unas moras. Muy pocas. Cerezas? Y un cuerno. Lmpiate esa boca. Baja de ese rbol, me has odo? tate los cordones deja esa mueca y coge la escoba no cruces las piernas qutale los hierbajos a la huerta ponte recta no te atrevas a replicarme. Cuando Cee y algunas otras nias cumplieron catorce aos y empezaron a hablar con los chicos el hecho de que tuviera un hermano mayor fren los escarceos. Gracias a Frank, los chicos saban que era territorio vedado. Por eso cuando Frank se alist con sus dos mejores amigos y se fue, Cee se enamor de lo que Lenore llam la primera cosa que vio con pantalones y cinturn y que no llevara mono de trabajo. Su nombre era Principal, pero se haca llamar Prince. Viva en Atlanta, pero estaba de visita en casa de su ta. Era bien parecido y llevaba zapatos de charol de suela fina. Tena muy impresionadas a todas las chicas por su acento de gran ciudad y lo que tomaron por sabidura y amplia experiencia de la vida. Y a Cee ms que a ninguna. En ese momento, mientras se echaba agua sobre los hombros, se pregunt por ensima vez por qu ni siquiera le haba preguntado a la ta a quien visitaba la razn de que le hubieran mandado al campo en lugar de pasar el invierno en la gran ciudad, en la gran y mala ciudad. Pero se senta a la deriva en el hueco dejado por su hermano, y estaba sin defensa. Es la otra cara, se dijo, de tener al lado a un hermano fuerte e inteligente que te cuide y proteja, que tardas en desarrollar tu propio msculo cerebral. Adems, Prince se amaba a s mismo tan profunda y completamente que era imposible dudar de l. As que si deca que era guapa, le crea. Si deca que a los catorce ya era toda una mujer, tambin le crea. Aunque cuando dijo te quiero para m, Lenore respondi: No, a no ser que lo hagis legal. Con independencia del significado de legal. Ycidra ni siquiera tena partida de nacimiento y el juzgado estaba a cien millas. As que llamaron al reverendo Alsop y el reverendo los bendijo, escribi sus nombres en un libro enorme y volvieron andando a casa de los padres de Cee. Frank se haba ido a la guerra, as que se acostaron en su cama y en su cama sucedi ese gran acontecimiento del que la gente te adverta o se rea tontamente. No fue tan doloroso como aburrido. Con el tiempo ser mejor, pens Cee. Mejor result ser simplemente ms, y, a medida que aumentaba la cantidad, el placer se escabulla en la brevedad. No hubo trabajo en Lotus ni en los alrededores que Prince se permitiera aceptar, as que se llev a Cee a Atlanta. Ella deseaba una vida de esplendor en la ciudad y, al cabo de unas semanas de asombro por el agua que corra al girar una espita, por los retretes sin moscas, por farolas que lucan ms tiempo que el sol y eran encantadoras como lucirnagas, por mujeres de altos tacones y soberbios sombreros que iban trotando a la iglesia dos y hasta tres veces al da, y despus de la agradecida alegra y la pasmosa satisfaccin por el precioso vestido que le regal Prince, descubri que Principal se haba casado con ella por el coche. Lenore le compr la ranchera a Shepherd, el hombre que les alquilaba la casa, pero como Salem no saba conducir, les regal su viejo Ford a Luther y a Ida siempre y cuando se lo devolvieran si la ranchera se averiaba. Luther dej el Ford a Prince varias veces para hacer recados: ir a la oficina de correos de Jeffrey para mandarle o recibir una carta de donde estuviera destinado Frank, primero Kentucky, luego Corea. En cierta ocasin fue al pueblo a buscar una medicina para la garganta de Ida, cuando su asma se agrav. Que Prince pudiera disponer del Ford sin mayores dificultades resultaba conveniente para todos, ya que le quit el polvo eterno que lo cubra, le cambi el aceite y las bujas, y nunca llevaba nios, aunque le suplicaban que les diera un paseo. A Luther le pareci natural que la pareja se llevara el coche a Atlanta, porque prometieron devolverlo en pocas semanas. Pero eso nunca sucedi. Cee se haba quedado totalmente sola y en esos momentos estaba sentada en una tina. Era domingo y pretenda combatir con agua fra la calurosa versin de la primavera en Georgia mientras que Prince se paseaba en coche por California o Nueva York quin poda saberlo pisando el acelerador con sus zapatos de suela fina. Cuando la abandon, tuvo que arreglrselas sola. Alquil una habitacin ms barata en una calle tranquila, un cuarto con derecho a cocina y a baarse en una tina de cinc. Thelma, que viva en un amplio piso arriba, se hizo amiga suya y la ayud a conseguir un trabajo de lavaplatos en Bobby's, un restaurante especializado en costillas. La mujer acu su amistad con francos consejos. No hay tonto ms tonto que un paleto tonto. Por qu no vuelves con tus padres? Sin el coche? Seor, se dijo Cee. Lenore ya haba amenazado con mandarla arrestar. Al morir Ida, Cee fue en coche al entierro. Bobby dio permiso a uno de los cocineros y este la llev. Aunque el funeral fue penoso y lamentable atad casero de pino, ninguna flor salvo dos ramas de madreselva arrancadas por ella, nada result ms doloroso que los insultos de Lenore. Ladrona, tonta, fresca; le daban ganas de llamar al sheriff. Ya de regreso, Cee jur no volver nunca al pueblo. Promesa que mantuvo hasta cuando un mes despus pap muri de un derrame. Ycidra coincida con Thelma en que haba sido una estpida, pero por encima de todo deseaba desesperadamente hablar con su hermano. En sus cartas le hablaba del tiempo y de las habladuras de Lotus. Malvadas. Pero saba que, si pudiera verlo, contrselo, no se reira de ella, no la teira, no la condenara. La protegera, como siempre, en tina situacin complicada. Como aquella vez en que l, Mike, Stuff y otros chicos estaban jugando al bisbol en el campo. Ella se sent cerca de ellos, apoyando la espalda en un nogal. El partido la aburra. Miraba a los jugadores de vez en cuando, concentrada en el esmalte rojo cereza que se estaba quitando de las uas con la esperanza de limpiarlo todo antes de que Lenore la regaara por presumida y por fresca. Levant la vista y vio que Frank abandonaba el partido bate en mano y que los dems le gritaban. Eh! Adnde vas, to? Eh, eh! Ya no juegas? Se alej del campo despacio y desapareci entre los rboles. Para dar un rodeo, segn ella comprendi luego. De pronto apareci detrs del rbol donde ella estaba y dio dos batazos en las piernas a un hombre cuya presencia a su espalda ella ni siquiera haba advertido. Mike y los dems se acercaron corriendo y vieron lo que ella no haba visto. Luego echaron todos a correr. Frank la arrastraba tirando del brazo sin mirar atrs. A ella se le ocurrieron algunas preguntas: Qu pasa? Quin era ese?. Los chicos no decan nada. Se limitaban a mascullar maldiciones. Horas ms tarde, Frank se lo cont. Aquel hombre no viva en Lotus, le dijo, se haba escondido detrs del rbol para exhibirse. Cuando ella insisti en que definiera la palabra exhibirse y Frank lo hizo, se ech a temblar. Frank le puso una mano en la coronilla y la otra en la nuca. Sus dedos, como un blsamo, detuvieron los temblores y los escalofros. Cee siempre segua los consejos de Frank: se fijaba en las frutas silvestres venenosas, llamaba a gritos al entrar en los lugares donde poda haber serpientes, se aprendi las propiedades medicinales de las telaraas. Las instrucciones de Frank eran concretas, sus advertencias, claras. Pero nunca le advirti de que haba ratas. Cuatro golondrinas se posaron en el csped del patio. Manteniendo una educada distancia entre s, picoteaban entre briznas de hierba medio seca. Luego, como respondiendo a una seal, volaron las cuatro hasta el pacano. Envuelta en una toalla, Cee se acerc a la ventana y la levant sin llegar al desgarrn del estor. Fue como si el silencio se deslizara por el hueco y retumbara con un peso ms teatral que los ruidos. Pareca el silencio de la tarde en Lotus, cuando con su hermano se preguntaba qu hacer o de qu hablar. Sus padres tenan una jornada de diecisis horas y apenas pasaban tiempo en casa. Por eso ellos inventaban aventuras o salan a explorar los alrededores. A menudo se sentaban en la orilla del ro y se apoyaban en un laurel partido por un rayo cuya copa estaba calcinada y ms abajo extenda dos enormes ramas como brazos. Hasta cuando estaba con sus amigos Mike y Stuff, ella se pegaba a Frank, y l se lo permita. Los cuatro eran ua y carne, como deberan ser todas las familias. Recordaba lo mal recibidas que eran las visitas inesperadas en casa de sus abuelos, siempre y cuando Lenore no tuviera alguna tarea que encargarles. Salem era aburrido porque no hablaba de nada excepto de sus comidas. Lo nico que le entusiasmaba, aparte de la comida, era jugar a las cartas o al ajedrez con otros viejos. Sus padres volvan de trabajar tan cansados que sus muestras de afecto eran como navajas de afeitar: finas, cortas y afiladas. Lenore era la bruja malvada, Frank y Cee, unos olvidados Hansel y Gretel que entrelazaban las manos y surcaban el silencio intentando imaginar un futuro. Junto a la ventana, envuelta en su spera toalla, a Cee se le parti el corazn. Si Frank estuviera all, tocara de nuevo su cabeza con cuatro dedos y le acariciara la nuca con el pulgar. No llores, diran los dedos, los cardenales desaparecern. No llores, mam est cansada, no quera hacerlo. No llores, no llores, mi nia, que yo estoy aqu. Pero ahora no estaba all ni cerca de all. Haba mandado una fotografa, un guerrero sonriente vestido de uniforme, en la que sostena un fusil, y daba la impresin de que perteneca a un lugar muy alejado y distinto de Georgia. Meses despus de que lo licenciaran, mand una postal de dos centavos para decir dnde viva. Cee le respondi: Hola hermano qu tal ests yo estoy bien. Acabo de cogerme un buen trabajo en un restaurante pero estoy buscando otro mejor. Escribe cuando puedas Atentamente Tu hermana. Y all estaba, sola; su cuerpo, ya sin la sensacin placentera de haberse remojado en la tina, empezaba a sudar. Sec con la toalla la humedad de debajo de los senos y se limpi el sudor de la frente. Subi la ventana muy por encima de la rasgadura del estor. Las golondrinas haban vuelto y trado con ellas una leve brisa y el olor de la salvia que creca en los rincones del patio. Cee observ, pensativa. De manera que era aquella la sensacin a que se referan esas canciones tiernas y tristes. Perd a mi chica y estuve a punto de perder tambin la cabeza Solo que esas canciones hablaban de la prdida del amor. Y ella senta algo ms grande. Estaba rota. No, rota no, hundida y deshecha, escindida en sus distintas partes. Pero se haba refrescado, sin embargo, y descolg el vestido que Principal le regal su segundo da en Atlanta no, lo haba comprendido finalmente, por generosidad, sino porque le abochornaba su ropa de campo. No poda sacarla a cenar ni a una fiesta, ni presentarle a su familia, le dijo, con aquel vestido tan feo. Pero, despus de comprarle el nuevo, haba puesto excusa tras excusa para explicar por qu pasaban la mayor parte del tiempo dando paseos en el Ford, donde incluso coman, pero nunca visitaban ni a sus amigos ni a su familia. Dnde est tu ta? No tendramos que ir a verla? No. No le caigo bien y ella a m tampoco. Pero si no llega a ser por tu ta, nunca nos habramos conocido. S, eso es verdad. A pesar de todo, y aunque nadie pudiera verlo, el sedoso tacto del vestido de rayn le agradaba, y tambin su derroche de dalias azules sobre fondo blanco. Nunca haba visto un vestido estampado de flores. Ya vestida, arrastr la tina a travs de la cocina y la sac por la puerta de atrs. Despacio, con esmero, reparti el agua por toda la hierba, medio caldero aqu, un poco ms de medio caldero all, sin que le importara mojarse los pies pero con cuidado de no salpicar el vestido. Los mosquitos zumbaban sobre un bol de uvas negras encima de la mesa de la cocina. Los espant con la mano, lav las uvas y se sent a comerlas mientras meditaba sobre su situacin: al da siguiente era lunes, tena cuatro dlares, el alquiler ascenda al doble y deba pagarlo el sbado. El viernes recibira su salario semanal, dieciocho dlares, poco ms de tres al da. As que recibira dieciocho dlares y gastara ocho, y le quedaran unos catorce en total. Con eso tendra que comprar todo lo que una chica necesitaba para estar presentable, conservar su trabajo y ascender. Cifraba todas sus esperanzas en pasar de lavaplatos a ayudante de cocina y de ah, tal vez, a camarera con propinas. Haba salido de Lotus sin nada y, excepto por el vestido nuevo, sin nada la haba dejado Prince. Necesitaba jabn, ropa interior, un cepillo de dientes, pasta de dientes, desodorante, otro vestido, zapatos, medias, una chaqueta, compresas y quiz le quedaran quince centavos para gastarlos en una entrada de segundo piso en algn cine. Por suerte, en Bobby's dispona de dos comidas gratis. Solucin: ms trabajo; es decir, un segundo empleo u otro mejor. Por eso necesitaba ver a Thelma, la vecina del piso de arriba. Tras llamar con los nudillos tmidamente, abri la puerta y encontr a su amiga enjuagando los platos en la pila. Te he visto. T te crees que echndole agua sucia el verde se va a recuperar? pregunt Thelma. No le hago dao a nadie. Que te crees t eso dijo, secndose las manos con un trapo. En mi vida haba pasado ms calor en primavera. Los mosquitos se van a tirar toda la noche bailando la danza de la sangre. Solo les faltaba el olor del agua. Lo siento. No lo dudo. Thelma palp el bolsillo del delantal buscando una cajetilla de Camel. Prendi un cigarro y mir a su amiga. Bonito vestido. Dnde lo has comprado? Pasaron las dos al cuarto de estar y se sentaron pesadamente en el sof. Prince me lo regal cuando nos mudamos. Prncipe ese? replic Thelma con un resoplido. Querrs decir Sapo. He conocido a muchos intiles en mi vida, pero ninguno como l. Sabrs por lo menos por dnde anda. No. Y quieres saberlo? No. Pues da gracias a Dios. Necesito trabajo, Thelma. Ya tienes. No me digas que has dejado Bobby's No, pero necesito algo mejor. Mejor pagado. No cobro propinas y tengo que comer all me guste o no. En Bobby's cocinan como nadie. En ningn sitio vas a encontrar unos platos tan buenos. Lo s, pero necesito un trabajo de verdad para poder ahorrar algo. Y no, no pienso volver a Lotus. De eso no te culpo. Tu familia est como una regadera. Thelma ech la espalda hacia atrs, ahuec la lengua para formar una pequea chimenea por la que echar el humo. Cee odiaba ese gesto, pero no dej traslucir su asco. Mala puede ser. Como una regadera no. Ah, no? No te pusieron Ycidra? Thelma Cee apoy los codos en las rodillas y dirigi a su amiga una mirada de splica, por favor, aydame. Vale, vale. Por cierto, fjate que puede que vayas a tener suerte. Hace un par de semanas estuve en Reba's y da la casualidad de que me enter de algo. Si alguna vez quieres saber algo que merezca la pena, psate por ese saln de belleza. Sabas que la mujer del reverendo Smith est embarazada otra vez? Tienen once cros y otro en camino. Ya s que un pastor tambin es un hombre, pero Dios mo! Tendra que pasar las noches rezando y no Thelma, me refera a si habas odo algo de algn trabajo. Oh. Solo que una pareja de Buckhead, un barrio de las afueras Reba me dijo que necesitaban otra chica. Otra chica para qu? Tienen una criada que tambin cocina, pero quieren una especie de sirvienta para ayudar a su marido. Es mdico. Gente bien. Algo as como una enfermera quieres decir? No, solo una ayudante. No s. Con las vendas y el yodo, supongo. Pasa consulta en la casa, dijo la mujer. As que estaras interna. Dijo que no pagan muy bien, pero como no cobran por la habitacin, te compensa. Desde la parada del autobs haba una larga caminata, que sus zapatos de tacn blancos y recin comprados hacan ms larga todava. Sin medias, el calzado le produca rozaduras. Llevaba lo poco que posea en una bolsa de plstico a rebosar y esperaba ofrecer un aspecto respetable en aquel bonito y tranquilo barrio. El domicilio del doctor Scott y seora result ser una casona de dos plantas con un precioso jardn como el de las iglesias. Un cartel con un nombre, parte del cual no saba pronunciar, identificaba a su futuro patrn. No estaba segura tampoco de si deba llamar a la puerta principal o buscar la de atrs. Opt por esto ltimo. Una mujer alta y corpulenta le abri la puerta de la cocina. Extendi el brazo para coger la bolsa rebosante de Cee y sonri. T debes de ser la chica por la que llam Reba. Pasa. Me llamo Sarah. Sarah Williams. La mujer del mdico te recibir enseguida. Gracias, seora. Puedo quitarme los zapatos primero? Sarah sonri. No s quin habr inventado los tacones, pero hasta que no nos quedemos cojas, no se va a quedar contento. Sintate. Y deja que te d un refresco de zarzaparrilla. Cee se descalz. Le tena maravillada la cocina, mucho, mucho ms grande y mejor equipada que la de Bobby's. Ms limpia tambin. Podra decirme qu tendr que hacer? pregunt tras unos sorbos de refresco. La seora Scott te contar una parte, pero el doctor es el nico que de verdad lo sabe. Tras pasar al cuarto de bao a refrescarse, Cee volvi a ponerse los zapatos y sigui a Sarah hasta una sala de estar que le pareci ms bonita que un cine. Ambiente fresco, tapiceras de terciopelo de color ciruela, luz que se filtraba a travs de unos pesados visillos de encaje. La seora Scott, cuyas manos descansaban en una almohadita y las piernas cruzadas por los tobillos, asinti y, con un dedo, invit a Cee a tomar asiento. Cee, verdad? Su voz sonaba a msica. S, seora. Eres de aqu, de Atlanta? No, seora. Soy de un pueblecito que queda ms al oeste. Se llama Lotus. Tienes hijos? No, seora. Ests casada? No, seora. A qu iglesia perteneces? O no perteneces a ninguna iglesia? Hay una Congregacin de Dios en Lotus, pero no Dan muchos brincos? Perdn? Da igual. Has terminado los estudios? No, seora. Sabes leer? S, seora. Y contar? Oh, s. Hasta trabaj de cajera una vez. Cario, no es eso lo que te he preguntado. S contar, seora. Es posible que no te haga falta. No alcanzo a comprender el trabajo de mi marido, cosa que no me importa demasiado. Es ms que un mdico; es un cientfico y lleva a cabo experimentos muy importantes. Sus inventos ayudan a la gente. No es el doctor Frankenstein. El doctor qu? Da igual. T haz lo que l te diga y de la forma que l quiera y no te preocupes. Ahora, vete. Sarah te acompaar a tu cuarto. La seora Scott se levant. Su vestido era una especie de bata de seda blanca con mangas anchas que llegaba hasta el suelo. A Cee le pareci la reina de un lugar de pelcula. De vuelta en la cocina, Cee se fij en que se haban llevado su bolsa de plstico y Sarah la anim a comer algo antes de instalarse. Abri la nevera y eligi un bol de ensalada de patata y dos muslos de pollo frito. Quieres que te caliente el pollo? No, seora. Me gusta as. S que soy vieja, pero, por favor, llmame Sarah. De acuerdo, si usted quiere. A Cee le sorprendi tener hambre. Era de poco comer y al verse rodeada de carne roja frindose en la cocina de Bobby's, normalmente era indiferente a la comida. En esos momentos se preguntaba si con dos pedazos de pollo podra empezar siquiera a saciar su apetito. Qu tal ha ido la entrevista con la seora Scott? le pregunt Sarah. Bien dijo Cee. Es amable. Muy amable. Aj. Y es fcil trabajar para ella. Tiene un horario y ciertos gustos y necesidades, nunca cambia. El doctor Beau, as le llama todo el mundo, es todo un caballero. El doctor Beau? Su nombre completo es Beauregard Scott. Oh, pens Cee, as era como se pronunciaba el nombre del cartel. Tienen hijos? Dos hijas. No viven aqu. Te ha dicho en qu consistir tu trabajo? No. Dice que lo har el doctor. Adems de mdico es cientfico, me ha dicho. Y es verdad. El dinero es de ella, pero l inventa cosas. Procura que le den licencia para muchas de ellas. Que le den licencia? Cee tena la boca llena de ensalada de patata. Como la de los soldados? No, nia, no. Como la de fabricar cosas; la patente, se llama. Del gobierno. Ah. Hay ms pollo, por favor? Est muy rico. Claro, cario. Sarah sonri. Te cebar en un abrir y cerrar de ojos si te quedas lo suficiente. Han tenido ms ayudantes? Les dieron permiso para marcharse? Cee pareca preocupada. Bueno, algunos se marcharon sin ms. Solo recuerdo que despidieran a uno. Por qu? Nunca he sabido qu problema hubo. A m me pareca correcto, simptico. Era joven y ms sociable que la mayora. S que discutieron y el doctor Beau dijo que en esta casa no quera compaeros de viaje. Es que hay que viajar? No, nia, es una manera de hablar. Fue tremendo, creo. El doctor Beau es un peso pesado entre los confederados. Su abuelo fue un hroe muy reconocido y muri en una famosa batalla en el norte. Toma una servilleta. Gracias. Cee se limpi los dedos. Ay, ya me encuentro mucho mejor. Dgame, cunto tiempo lleva trabajando aqu? Desde los quince aos. Y ahora, si tienes la bondad, voy a ensearte la habitacin. Est en el stano y no es muy grande, pero para dormir es tan buena como otra cualquiera. El colchn es digno de una reina. El stano quedaba unos pocos pies por debajo del porche delantero, ms pareca un bajo que un stano propiamente dicho. En un pasillo y no muy lejos del despacho del doctor estaba la habitacin de Cee, impecable, estrecha y sin ventanas. Ms all haba una puerta con cerrojo que daba a lo que Sarah denomin refugio contra bombardeos, totalmente aprovisionado. Haba dejado la bolsa de Cee en el suelo. Dos uniformes pulcramente planchados la saludaron desde el colgador de la pared. Espera a maana para ponrtelos dijo Sarah, ajustando el inmaculado cuello de uno de ellos, confeccionado por ella. Oh, qu bonito. Mire qu mesita. Cee se fij en el cabecero de la cama y, con una sonrisa, lo toc. Arrastr los pies sobre la pequea alfombra extendida junto a la cama. Despus de asomarse a un biombo para ver el retrete y el lavabo, se dej caer sobre el colchn y apreci con placer su grosor. Cuando volvi a estirar las sbanas y comprob que la colcha era de seda, le dio la risa tonta. Fastdiate, Lenore, pens, qu tal duermes en tu viejo camastro? Al recordar el fino colchn lleno de bultos de la cama de Lenore, no lo pudo evitar y se ri con exultante alegra. Chist, nia. Me alegro de que te guste, pero no te ras tan alto. Aqu no est bien visto. Por qu? Ya te lo contar en otro momento. No, Sarah, por favor, cuntemelo ahora! Bueno. Te acuerdas de que te he dicho que tienen dos hijas? No viven aqu, estn en otra casa. Tienen las dos una cabeza enorme. Cefalitis, creo que se llama. Que una la tuviera ya sera una pena, pero las dos Bendito sea el Seor. Qu pena, Dios mo dijo Cee, y pens: Supongo que por eso inventa cosas, quiere ayudar a otros padres. A la maana siguiente, tras conocer a su patrn, a Cee le pareci serio pero amable. El doctor Beau, que era bajo y tena muchas canas, se sentaba muy estirado en una mesa de despacho grande y pulcra. Lo primero que le pregunt fue si tena hijos o se haba acostado con algn hombre. Cee le respondi que haba estado casada por poco tiempo, pero que no se haba quedado embarazada. Al doctor pareci complacerle la respuesta. El trabajo de Cee, le dijo, consistira principalmente en limpiar el instrumental y los equipos, mantener el orden y organizar las visitas de sus pacientes anotando nombre, fecha y hora de la cita, etctera. l llevaba su propia agenda en el despacho, que estaba separado del laboratorio/sala de investigacin. Presntate aqu maana a las diez en punto le dijo, y estate preparada para trabajar hasta tarde si las circunstancias lo requieren. Y estate tambin preparada para la realidad de la medicina: a veces hay sangre y a veces hay dolor. Tendrs que mantener la calma y no perder los nervios. En ningn momento. Si lo consigues, todo ir bien. Podrs? S, seor, podr. Seguro que s. Pudo. Su admiracin por el doctor aument ms si cabe al comprobar a cuntas personas pobres ayudaba, mujeres y chicas sobre todo. A muchas ms que a las adineradas dientas del barrio o de la mismsima Atlanta. Era extremadamente atento con sus pacientes, escrupuloso con su intimidad excepto cuando invitaba a otro mdico y colaboraban estrechamente. Cuando su entregada ayuda no serva de nada y alguna paciente se pona mucho peor, la mandaba a algn hospital de beneficencia de la ciudad. Una o dos murieron a pesar de sus cuidados, pero colabor en los gastos del funeral. A Cee le encantaba su trabajo: la hermosa mansin, el educado doctor y el salario siempre el da convenido y nunca menor de lo acordado, como a veces pasaba en Bobby's. A la seora Scott no la vea. Sarah, que se ocupaba de todas sus necesidades, deca que no sala nunca y que tena cierta aficin al ludano. La mujer del doctor pasaba la mayor parte del tiempo pintando flores a la acuarela o viendo series de televisin. Milton Berle y The Honeymooners eran sus favoritas. Haba coqueteado con I Love Lucy, pero no soportaba a Ricky Ricardo y no pudo seguir vindola. Un da, a las dos semanas de haber empezado a trabajar, Cee entr en el despacho del doctor media hora antes de que l llegara. Las abarrotadas estanteras siempre le haban inspirado admiracin y respeto. Examin los volmenes mdicos con atencin, pasando el dedo sobre algunos ttulos: Out of the Night. Una novela de misterio seguramente, pens. A continuacin The Passing of the Great Race, y, al lado, Herencia, raza y sociedad. Qu poco haba aprendido en el colegio y de qu poco serva, se dijo, y se prometi sacar tiempo para leer sobre la eugenesia y entenderla. Aquel era un lugar bueno y seguro, lo saba, y Sarah se convirti en su familia, su amiga y su confidente. Compartan todas las comidas y a veces cocinaban juntas. Cuando en la cocina haca mucho calor, coman en el jardn de atrs debajo de un toldo, olan las lilas recin florecidas y miraban las lagartijas que cruzaban el camino moviendo la cola. Vamos dentro dijo Sarah una tarde muy calurosa de la primera semana. Qu pesadas estn hoy las moscas. Adems, tengo unos melones que hay que comer antes de que maduren demasiado. En la cocina, Sarah sac tres melones amarillos de una cesta de fruta. Acarici uno con cuidado, luego otro. Machos dijo con un resoplido. Cee cogi el tercero y acarici su piel verde-amarilla antes de meter el ndice en la pequea hendidura que haba quedado al cortar el tallo. Hembra ri. Este es hembra. Pues aleluya. Sarah se uni a las risas de Cee con una risita sofocada. Siempre ser ms dulce. Y ms jugosa aadi Cee. Si es por sabor, no hay quien supere a la nia. No hay quien la supere en dulzura. Sarah sac un cuchillo largo y afilado de un cajn, y anticipando ese dulzor delicioso, cort a la nia en dos.

5

A las mujeres les entran ganas de hablar conmigo en cuanto oyen mi apellido. Money? Dinero? Disimulan la risa y siempre hacen las mismas preguntas: a quin se le ocurri llamarme as si es que se le ocurri a alguien. Si me lo invent yo para sentirme importante o fui un jugador o un ladrn o un granuja de otra clase y tenan que andarse con cuidado. Cuando les digo mi apodo, cmo me llaman mis amigos en el pueblo, Dinero Fcil, se parten de risa y dicen: claro, porque no hay dinero que sea fcil, lo nico fcil son los tos. Te queda algo? Te voy a dar el mo. La charla no decae despus de algo as y basta para seguir manteniendo cierta amistad tiempo despus de que se haya agotado porque siempre puedes hacer algn mal chiste: Eh, Dinero Fcil, dame un poco. Dinero, ven conmigo, he montado un negocio que te va a encantar. Sinceramente, aparte de que en Lotus fui un chico con suerte y de algunas chicas de la calle en Kentucky, solo he tenido dos novias. Me gustaba esa cosita pequea y frgil que tenan dentro. Da igual su personalidad, que sean listas o guapas, todas tienen dentro algo suave. Como el pecho de un pjaro, abultado y hecho para ser deseado. Una V pequea, ms fina que un hueso y con pequeas bisagras, de tal manera que podra romperla con un dedo si quisiera, pero no lo hice. Me dieron ganas, eso s. Saber que all estaba, escondindose de m, eso me bastaba. Fue la tercera mujer quien lo cambi todo. En su compaa, el pequeo hueso del deseo en forma de V se aloj en mi pecho y all se qued. Era su dedo ndice lo que me tena en vilo. La conoc en la lavandera. A finales de otoo, fue, pero en aquella ciudad baada por el ocano quin poda estar seguro. Sobrio como la luz del sol, le di mi uniforme y no pude apartar los ojos de ella. Deb de parecer un idiota, pero no era as como me senta. Senta que haba llegado a casa. Por fin. Despus de andar vagando. No lleg a faltarme un techo, pero casi. Beba y me mova por los bares de Jackson Street, dorma en el sof de algn compaero de farra o en la calle, me jugaba los cuarenta y tres dlares de la pensin del ejrcito en salas de billar y en partidas de mierda. Y cuando lo haba perdido todo, trabajaba en cualquier cosa hasta la paga siguiente. Saba que necesitaba ayuda, pero la ayuda no llegaba. Sin rdenes que acatar o de las que quejarme, termin en la calle y sin blanca. Recuerdo con precisin por qu no beb ni gota en cuatro das y necesitaba lavar en seco mi ropa. Fue por culpa de aquella maana que estuve paseando por el puente. Haba un montn de gente alrededor de una ambulancia. Me acerqu y vi a un mdico con una nia vomitando agua. Le sala sangre por la nariz. Me golpe la tristeza como un martillo. Me dieron nuseas y solo de pensar en el whisky tambin yo tuve ganas de vomitar. Me march a toda prisa, temblando, luego pas unas cuantas noches en los bancos del parque, hasta que me ech la polica. Al cuarto da vi mi reflejo en un escaparate y pens que se trataba de otra persona, sucia y con una pinta lamentable. Se pareca a m en un sueo que tuve varias veces en el que estaba yo solo en el campo de batalla. Nadie alrededor. Silencio alrededor. Andaba y andaba, pero no encontraba a nadie. En ese momento decid que tena que adecentarme. Al infierno con los sueos. Necesitaba que mis amigos del pueblo estuvieran orgullosos. Ser otra cosa que un condenado borracho medio loco. As que, cuando vi a aquella mujer en la lavandera, me abr de par en par. De no ser por aquella carta, an seguira colgado de su delantal. En mi cabeza no tena ms competencia que los caballos, el pie de un hombre e Ycidra temblando bajo mi brazo. Est muy equivocada si cree que solo buscaba un hogar con una buena racin de sexo dentro. Muy equivocada. Esa mujer tena algo que me dejaba sin habla, quera ser lo bastante bueno para ella. Tanto cuesta entenderlo? Antes ha escrito sobre lo seguro que estaba yo de que el hombre del tren de Chicago al que haban dado una paliza se revolvera al llegar a su casa y pegara a su mujer por intentar ayudarle. No es verdad. A m no se me ocurri pensar nada semejante. Lo que yo pensaba es que estaba orgulloso de ella pero no quera que los otros hombres que iban en el tren se dieran cuenta. No creo que sepa usted gran cosa del amor. Ni que yo sepa mucho tampoco.

6

Los actores eran mucho ms simpticos que las actrices. Al menos la llamaban por su nombre y no les importaba que el vestuario les quedara demasiado ceido o demasiado holgado o tuviera viejas manchas de maquillaje. Las mujeres la llamaban nia, y decan, por ejemplo: Dnde anda la nia?, Oye, nia, dnde has metido el tarro de Pond's?. Y se ponan furiosas cuando el pelo o las pelucas no se ajustaban. Lily no estaba muy resentida porque el paso de mujer de la limpieza a costurera supona un ascenso y le permiti poner en prctica las labores de aguja que su madre le haba enseado: hilvanes, festones, cadenetas, pespuntes, botones planos, botones con pie. Adems, Ray Stone, el director, era muy corts con ella. El seor Stone produca dos y hasta tres obras por temporada en el Skylight Studio y daba clases de interpretacin el resto del tiempo. As que, aunque era pobre y pequeo, el teatro bulla de actividad todo el ao. Entre una produccin y la siguiente y despus de las clases, se converta en un hervidero de encendidas discusiones y el sudor cubra la frente del seor Stone y de sus alumnos. A Lily le dio la impresin de que estaban ms animados fuera que dentro del escenario. No pudo evitar or aquellas peleas, pero no lleg a comprender tanta furia, porque no discutan sobre una escena o cmo interpretar el papel. Ahora que el Skylight estaba cerrado, el seor Stone detenido y ella sin trabajo, estaba claro que tendra que haber escuchado con ms atencin. Deba de ser la obra. La obra caus el problema, los piquetes, luego la visita de dos funcionarios del gobierno con sombreros fedora. Y la obra, desde su punto de vista, 110 era demasiado buena. Mucho dilogo y muy poca accin, pero tampoco era tan mala como para cerrar el teatro. Desde luego no tan mala como aquella que ensayaron pero no les dieron permiso para estrenar. El caso Morrison, se titulaba, de alguien llamado Albert Maltz, si no le fallaba la memoria. En la tintorera Palacio Celestial Wang le pagaban menos y no haba propinas de los actores. Pero trabajar de da era una mejora, ya no tena que ir, siempre por la noche, de su pequea habitacin al teatro y luego volver. Lily estaba en la sala de plancha recordando un enfado reciente que haba estallado en ira. La respuesta del agente inmobiliario la tena rabiosa. Frugal y siempre a lo suyo, haba aadido a lo que sus padres le haban dejado lo suficiente para dejar la pensin y dar la entrada de una casa en propiedad. Haba rodeado con un crculo el anuncio de una preciosa que vala cinco mil dlares y, aunque quedaba lejos de la tintorera, todos los das ira con alegra al trabajo desde un barrio tan bonito. Las miradas de que haba sido objeto mientras daba un paseo por la zona no le preocupaban porque saba que iba muy bien vestida, se haba alisado el pelo y le quedaba perfecto. Por ltimo, tras unos cuantos paseos por la tarde, entr a preguntar en una inmobiliaria. Cuando le coment qu intencin tena y que haba encontrado un par de casas, la empleada sonri. Lo siento muchsimo. Ya estn vendidas? pregunt. La empleada baj la vista, y decidi no mentir. Bueno, no, pero hay ciertas limitaciones. Cules? La mujer suspir. Incmoda, evidentemente, por tener aquella conversacin, cogi el cartapacio y sac unas hojas grapadas. Pas algunas y ense a Lily un pasaje subrayado. Lily sigui las lneas de letra impresa con el dedo: Ninguna fraccin de dicha propiedad por la presente traspasada podr ser utilizada u ocupada por ningn hebreo ni por personas de raza etope, malaya o asitica excepto en el caso de que se trate de empleados del servicio domstico.

Tengo viviendas en alquiler y en propiedad en otras zonas de la ciudad. Le gustara? Gracias respondi Lily. Alz la barbilla y se march del despacho tan deprisa como el orgullo le permiti. Pese a todo, cuando la rabia se hubo enfriado y despus de meditarlo un rato, volvi a la agencia y alquil un apartamento de un dormitorio en un segundo piso de una calle prxima a Jackson Street. Aunque sus jefes eran mucho ms considerados que las actrices del Skylight Studio, a los seis meses de lavar y planchar para los Wang, y aunque le haban subido el sueldo setenta y cinco centavos, se estaba ahogando. An quera comprar la casa en que se haba fijado u otra parecida. En medio de tanto desasosiego, entr un hombre alto con un hatillo de ropa militar y pregunt por el servicio en el mismo da. Los Wang, que estaban comiendo en la trastienda, la haban dejado al cuidado del mostrador. Le dijo al cliente que el servicio en el mismo da solo era aplicable cuando la ropa se entregaba antes de las doce de la maana; podra pasar a buscar la suya al da siguiente. Sonri al decirlo. El hombre no le devolvi la sonrisa, pero en sus ojos haba una mirada tan tranquila y lejana como la de las personas que se ganan la vida mirando las olas del mar, que se abland. Bueno, vale, ver qu puedo hacer. Vuelva a las cinco y media. As lo hizo el hombre y, tras echarse al hombro las perchas de su ropa, esper en la acera media hora a que ella saliera. Y se ofreci a acompaarla a casa. Quieres subir? le pregunt Lily. Har lo que t digas. Lily se ech a rer. Se deslizaron el uno en el otro y al cabo de una semana ya eran lo que se dice una pareja. Pero meses ms tarde, cuando Frank le dijo que tena que marcharse por motivos familiares, Lily sinti una extraa palpitacin. Eso fue todo. Vivir con Frank fue glorioso al principio. La ruptura fue ms un tartamudeo que una erupcin. Lily haba empezado a sentirse ms molesta que asustada cuando volva del trabajo y lo vea sentado en el sof mirando al suelo. Un calcetn puesto, el otro en la mano. No se mova ni llamndole por su nombre ni agachndose y mirndolo a la cara. As que aprendi a dejarle tranquilo, y se marchaba a la cocina a limpiar lo que l haba ensuciado. Los tiempos en que todo era igual de bueno que al principio, cuando la invada una gran ternura al despertarse junto a l, con sus placas de identificacin debajo de la mejilla, se haban convertido en un recuerdo que cada vez estaba menos inclinada a rememorar. Lamentaba la prdida del xtasis, pero daba por descontado que, en algn momento, los momentos lgidos volveran. Entretanto, los pequeos aspectos prcticos de la vida requeran atencin: facturas impagadas, frecuentes fugas de gas, ratones, carreras en el ltimo par de medias, vecinos hostiles siempre a la grea, grifos con goteras, una calefaccin de poco fiar, perros callejeros y el desorbitado precio de las hamburguesas. Para Frank nada de esto era motivo de irritacin, no se lo tomaba en serio. Y, francamente, no poda culparle. Ella saba que detrs de su montn de quejas se ocultaba el enorme deseo de tener una casa propia. La enfureca que l no compartiera su entusiasmo por lograr ese objetivo. En realidad, daba la impresin de que no tena ningn objetivo en absoluto. Cuando le preguntaba por el futuro, por lo que quera hacer, responda: Seguir vivo. Ay, pensaba ella. La guerra todava le atormentaba. As que, molesta o asustada, le perdonaba mucho: como aquella vez en febrero cuando fueron a una convencin de la iglesia celebrada en el campo de ftbol americano de un instituto. Ms conocida por las muchas mesas de comida gratis que ponan que por el proselitismo, aquella iglesia acoga a todo el mundo. Y todo el mundo acuda a la cita, no solo los miembros de la congregacin. Los no creyentes, que se agolpaban a la entrada y formaban colas para coger comida, superaban a los creyentes. Jvenes de mirada seria y viejos de amables facciones regalaban libros y folletos que llenaban bolsos y bolsillos. Cuando la lluvia de la maana ces y el sol se abri paso entre las nubes, Lily y Frank cambiaron el impermeable por un suter y se dieron un paseo hasta el estadio cogidos de la mano. Lily mantena la barbilla un poquito levantada y deseaba que Frank se hubiera cortado el pelo. La gente le diriga algo ms que una mirada de pasada; probablemente porque era muy alto, o eso quera pensar ella. En cualquier caso, estaban de muy buen humor aquella tarde: charlaban con todo el mundo y ayudaban a los nios a llenarse el plato. Entonces, como una bofetada en mitad de tanto sol fro y clida alegra, Frank sali corriendo. Estaban de pie junto a una mesa, sirvindose una segunda racin de pollo frito, cuando una nia de ojos rasgados se acerc por el lado opuesto de la mesa para coger un bollo. Frank se inclin para acercarle la bandeja. Cuando la nia le dedic una amplia sonrisa de agradecimiento, l solt la comida y ech a correr entre la multitud. La gente, las personas con quienes tropezaba y las dems, se apartaba; unos ponan mala cara, otros simplemente se quedaban boquiabiertos. Alarmada y abochornada, ella dej en la mesa su plato de papel. Esforzndose por fingir que no le conoca, se alej despacio, con la barbilla levantada, sin mirar a nadie, ms all de las gradas y lejos de la salida por la que Frank se haba marchado. Cuando volvi al apartamento, dio las gracias de que l no estuviera. Cmo poda cambiar tan de repente? Riendo un momento y aterrorizado al siguiente. Ocultaba una violencia que podra volverse contra ella? Como es natural, algunas veces se pona de mal humor, pero nunca discuta ni se mostraba amenazador. Lily dobl las rodillas y, apoyando en ellas los codos, medit sobre su confusin y la de Frank, sobre el futuro que deseaba y sobre si podra compartirlo con l. La luz del alba se filtraba ya entre los visillos y Frank no haba vuelto todava. A Lily le dio un vuelco el corazn al or que la llave giraba en la cerradura, pero estaba tranquilo y, segn dijo, muerto de vergenza. Te asustaste por algo que tena que ver con tu poca en Corea? Lily nunca le preguntaba sobre la guerra y l nunca hablaba de ella. Bien, se dijo. Era mejor ir avanzando. Frank sonri. Mi poca? Bueno, ya sabes lo que quiero decir. S, ya s. No volver a suceder. Te lo prometo. Frank la estrech entre sus brazos. Las cosas volvieron a la normalidad. Frank trabajaba de lavacoches por las tardes, ella en Wang's de lunes a viernes y haciendo arreglos los sbados. Salan cada vez menos con otras personas, pero Lily no lo echaba de menos. Ir al cine de vez en cuando fue suficiente hasta que se sentaron a ver Yo am a un asesino. Despus de verla, Frank se pas parte de la noche apretando el puo sin decir nada. Se acab el cine. Lily puso la mira en otra parte. Poco a poco iba destacando por su habilidad con la aguja. En dos ocasiones prepar el encaje de un velo de novia y, tras bordar un mantel de lino a peticin de una dienta adinerada, su reputacin fue en aumento. Despus de recibir mltiples encargos especiales, tom la decisin de comprar una casa a toda costa y de abrir en ella un taller de costura; quiz se convertira en diseadora de vestuario algn da. Al fin y al cabo, tena experiencia profesional en el teatro. Tal como Frank haba prometido, no hubo ms estallidos en pblico. Aun as. Las numerosas ocasiones en que Lily volva a casa y lo encontraba otra vez holgazaneando, sentado en el sof mirando la moqueta, eran desconcertantes. Lo intent; lo intent de verdad. Pero era ella la que tena que hacer todas las tareas de la casa, por nimias que fueran: la ropa de Frank desperdigada por el suelo, platos con costras de comida en la pila, frascos de ktchup sin cerrar, pelos de la barba en el desage, toallas empapadas hechas un ovillo en el suelo de baldosas del bao. Podra seguir y seguir. Y lo hizo. Las protestas se convertan en monlogos, porque Frank no participaba. Dnde has estado? He salido. Has salido adnde? A la calle. Bar? Barbera? Los billares. Desde luego no se haba quedado sentadito en el parque. Frank, puedes enjuagar las botellas de leche antes de dejarlas en la entrada? Lo siento. Voy ahora mismo. Demasiado tarde. Ya lo he hecho yo. Sabes? No lo puedo hacer yo todo. Nadie puede. Pero t s puedes hacer algo, o no? Lily, por favor. Har lo que t quieras. Lo que yo quiera? Esta casa es de los dos. La bruma de disgusto que rodeaba a Lily se volvi ms espesa. Su resentimiento estaba justificado por la clara indiferencia de Frank, unida a una combinacin de necesidad e irresponsabilidad. La cama, antes tan satisfactoria para una mujer joven que no haba conocido a otros hombres, se convirti en un deber. El da nevado en que l le pidi prestado todo aquel dinero para ocuparse de su hermana enferma en Georgia, ella se debati entre la indignacin, el alivio y la sensacin de prdida. Cogi las placas de identificacin que Frank se haba dejado en el lavabo y las escondi en el cajn donde guardaba la cartilla. Ahora tena el apartamento para ella sola y poda limpiarlo como es debido, poner las cosas en su sitio y despertarse sabiendo que nadie las haba puesto en otro lado ni hecho aicos. El desamparo que haba sentido antes de que Frank la acompaara a casa desde la tintorera Wang's empez a desvanecerse y en su lugar apareci un estremecimiento de libertad, de soledad conquistada, de libre eleccin del muro que quera atravesar, sin llevar sobre los hombros la carga de un hombre encorvado. Sin obstculos ni distracciones, podra tomarse en serio y poner en marcha un plan a la altura de sus ambiciones y triunfar. Era lo que sus padres le haban enseado y ella les haba prometido: elegir, le insistieron siempre, y no cejar nunca. No venirse abajo tampoco por ningn insulto, por ningn desprecio. O, como a su padre le gustaba citar, equivocndose aposta: Cie tus lomos, hija. Te pusimos Lillian Florence Jones por mi madre. Mujer ms dura no la ha habido jams. Encuentra tu don y desarrllalo. La tarde que Frank se march, Lily se acerc a la ventana, sorprendida de ver los gruesos copos de nieve que espolvoreaban la calle. Decidi ir a hacer la compra en previsin del posible mal tiempo. Ya fuera, vio un monedero de piel en la acera. Al abrirlo vio que estaba repleto de monedas de cuarto de dlar y de cincuenta centavos en su mayora. Inmediatamente se pregunt si alguien la estaba mirando. Se haban movido un poco los visillos del otro lado de la calle? Los ocupantes del coche que pasaba, la haban visto? Cerr el monedero y lo dej en el poste del porche. Cuando volvi, con una bolsa de la compra cargada de comida y artculos de emergencia, el monedero segua all, pero cubierto por una finsima capa de nieve. Lily no mir a su alrededor. Lo cogi con disimulo y lo meti en la bolsa. Ms tarde, esparcidas en el lado de la cama donde dorma Frank, las monedas, fras y relucientes, se le antojaron un intercambio perfecto y apropiado. En el hueco vaco de Frank Money brillaba dinero de verdad. Quin poda malinterpretar una seal tan inequvoca? Desde luego, no Lillian Florence Jones.

7

Lotus, Georgia, es el peor lugar del mundo, peor que cualquier campo de batalla. Al menos en la batalla hay un objetivo, emocin, audacia y alguna oportunidad de ganar junto con muchas de perder. La muerte es cosa segura, pero la vida es igual de cierta. El problema es que no puedes saber nada con antelacin. En Lotus sabas con antelacin puesto que no haba futuro, solo largos ratos matando el tiempo. No haba ms objetivo que respirar, nada que ganar y, salvo por la muerte tranquila de otra persona, nada que sobrevivir o algo por lo que mereciera la pena hacerlo. De no ser por mis dos amigos, me habra asfixiado antes de los doce aos. Gracias a ellos, y a mi hermana pequea, de la indiferencia de mis padres y el odio de los abuelos solo me di cuenta ms tarde. En Lotus, nadie saba nada ni quera aprender nada. Sin la menor duda, no pareca un lugar donde uno quisiera estar. Alrededor de cien habitantes viviendo en unas cincuenta casas ruinosas y desperdigadas. Nada que hacer salvo absurdas tareas en tierras que no eran tuyas, no podan serlo y no lo seran si tenas cualquier otra posibilidad. Mi familia se contentaba con vivir as, o quiz solo haba perdido la esperanza. Lo comprendo. Habindote echado de otro pueblo, la seguridad, el poder dormir toda la noche y no despertarte con un rifle en plena cara era ms que suficiente. Pero era mucho menos que suficiente para m. Usted no ha vivido nunca all, as que no sabe lo que era. Si un nio era inteligente, perda el juicio. Si un nio tena cabeza, la perda. Se supona que yo tena que ser feliz con una pizca de sexo rpido y desangelado de vez en cuando? Con alguna travesura accidental o planeada? Podan las canicas, la pesca, el bisbol y cazar conejos con escopeta ser motivo suficiente para levantarse de la cama cada maana? Ya sabe que no. Mike, Stuffy yo desebamos salir de all y marcharnos lejos, muy lejos. Doy gracias a Dios por el ejrcito. No echo de menos nada de aquel lugar excepto las estrellas. Solo el hecho de que mi hermana tuviera problemas podra obligarme a plantearme siquiera tomar esa direccin. No me describa como un hroe entusiasta. Tena que ir, pero me daba pavor.

8

Cuando Jackie planchaba, la ropa quedaba inmaculada. No barra tan bien, pero Lenore no quera despedirla porque tena una habilidad insuperable con las blusas, pretinas y puos y cuellos de las camisas. Era delicioso ver cmo aquellas manitas cogan sin esfuerzo la pesada plancha, un placer la facilidad con que manipulaba la llama de la estufa. Su pericia para intuir el calor del metal, esa diferencia entre la quemazn y la temperatura ideal. Tena doce aos y combinaba la estridencia de los nios y su afn por el juego con una seriedad de adulta en la ejecucin de las tareas. La podas ver colgando cabeza abajo de la rama de un roble o en la calle haciendo globitos con un chicle y jugando con una pelota al mismo tiempo. A los diez minutos tal vez estaba descamando el pescado o desplumando una gallina como una profesional. Lenore se culpaba de lo mal que pasaba la fregona. El trasto, por otra parte, estaba hecho con un puado de trapos y no con cordones absorbentes de los mejores. Consider la posibilidad de decirle que se arrodillara para frotar, pero prefera no ver el delgado cuerpo de la nia de cuatro patas. Pidi repetidas veces a Salem una fregona nueva, que le dijera al seor Haywood que lo llevara a Jeffrey para comprar las provisiones necesarias. La excusa de Salem: Es que no sabes conducir? Ve t, una entre muchas. Lenore suspiraba y procuraba no comparar a Salem con su primer marido. Dios mo de mi vida, qu hombre tan bueno, se deca. No solo estaba lleno de vitalidad y era carioso y buen cristiano, sino que saba ganar dinero. Tena una gasolinera justo donde acababa la carretera y empezaba un camino, el sitio ideal para repostar. Un hombre tan bueno. Horrible, horrible que alguien que le envidiara o quisiera quedarse con la gasolinera le pegara un tiro. En su pecho dejaron una nota que deca: Lrgate ya de una vez. Ocurri en lo peor de la Depresin y el sheriff tena cosas importantes en que pensar. Peinar el condado por un delito comn no era una de ellas. Se guard la nota y dijo que investigara. Si lleg a hacerlo, nunca dijo qu averigu. Gracias a Dios, su marido tena ahorros, un seguro y una parcela abandonada propiedad de un primo de Lotus, Georgia. Temiendo que el asesino de su marido quisiera matarla a ella tambin, Lenore meti en el coche todo lo que pudo y abandon Heartsville, Alabama, para trasladarse a Lotus. Su miedo fue remitiendo con el tiempo, pero no tanto como para sentirse a gusto sola. De modo que casarse con un viudo de Lotus llamado Salem Money resolvi el problema por un tiempo. Buscando a alguien que le ayudara a arreglar la casa, Lenore habl con el pastor de la iglesia de la Congregacin de Dios. El pastor le dio uno o dos nombres, pero insinu que Salem Money tena el tiempo y la maa. As se demostr, y como Salem era uno de los pocos hombres disponibles de aquellos alrededores, unir fuerzas pareca lo ms lgico. Fueron en coche hasta Mount Haven, con Lenore al volante, para obtener un permiso matrimonial que la funcionara de turno se neg a extender porque no tenan partidas de nacimiento. Eso, al menos, dijo la mujer. La arbitrariedad de la negativa, sin embargo, no les detuvo. Juraron los votos en la Congregacin de Dios. Justo cuando Lenore empezaba a sentirse cmoda y segura tan lejos de Alabama, se present la recua de parientes de Salem harapientos y expulsados de su casa: su hijo Luther e Ida, su mujer, otro hijo, Frank, un nieto, Frank tambin, y una nia recin nacida que no paraba de berrear. Fue imposible. Todo lo que Salem y ella haban hecho para arreglar la casa no haba servido de nada. Tenan que planificar con antelacin el uso del retrete; no exista la menor intimidad. Ella se levantaba temprano para desayunar tranquilamente como tena por costumbre, y tena que andar con cuidado para no pisar aquellos cuerpos durmientes, mamantes o roncantes repartidos por toda la casa. Cambi de costumbre y desayunaba cuando los hombres ya se haban marchado a trabajar e Ida a los campos con su beb. Pero lo que ms la enfureca eran los lloros de la nia por las noches. Cuando Ida le pregunt si poda cuidar al beb porque ya no poda ocuparse de ella en el campo, crey que iba a volverse loca. No poda negarse y accedi ms que nada porque el hermano de la nia, de cuatro aos, era, claramente, quien se ocupaba de ella como una madre. Aquellos tres aos fueron toda una prueba aun cuando los parientes desahuciados estuvieran agradecidos, hicieran todo lo que ella les peda y nunca se quejaran. Les permitan que se quedaran con todo el dinero que ganaban porque cuando hubieran ahorrado bastante podran alquilar una vivienda y dejar la suya. La casa atestada, inconveniencias, ms trabajo, un marido cada da ms indiferente: haban destruido su refugio. La nube de disgusto ante tanta decepcin encontr un lugar en el que flotar: sobre las cabezas del nio y la nia. Fueron ellos los que pagaron, aunque Lenore se creyera una abuelastra estricta, no cruel. La nia era imposible y haba que corregirla a cada paso. No haba nacido en circunstancias propicias. Probablemente la medicina tuviera un trmino adecuado para su torpeza, para una memoria tan escasa que ni un buen pescozn evitaba que se olvidara de cerrar el corral de las gallinas por la noche o que se pusiera la ropa perdida en todas y cada una de las comidas. Tienes dos vestidos! Dos! Te crees que te los voy a lavar cada vez que te sientas a comer? Solo la mirada de odio de su hermano impeda que le diera una bofetada. Frank siempre la protega, la tranquilizaba como si fuera su mascota, su pequea gatita. La familia se mud por fin. La paz y el orden reinaron. Pasaron los aos, los nios crecieron y se marcharon, los padres enfermaron y fallecieron, las cosechas se echaron a perder, las tormentas derribaron casas e iglesias, pero Lotus resisti. Lenore tambin, hasta que empez a sufrir mareos con demasiada frecuencia. Entonces convenci a la madre de Jackie de que dejara que la nia hiciese algunas tareas para ella. Solo le hizo dudar el perro de Jackie, que la protega y no la dejaba ni a sol ni a sombra. Un doberman marrn y negro que jams se apartaba de su lado. Hasta cuando la nia estaba durmiendo o en alguna casa del pueblo, el doberman meta la cabeza entre las patas y se quedaba esperando a la puerta. No importaba, pens Lenore, mientras el animal se quedara en el patio o en el porche. Necesitaba a alguien que le hiciera todo lo que exiga fuerza en las piernas. Adems, por Jackie podra enterarse de lo que ocurra en el pueblo. Supo que el chico de ciudad que se haba fugado con Cee haba robado el coche y la haba abandonado antes de que transcurriera un mes. Supo tambin que Cee estaba demasiado avergonzada para volver. No me extraa, pens Lenore. Todo lo que siempre haba pensado de aquella nia era cierto. Hasta una boda legtima le quedaba grande. Ella misma haba tenido que insistir en algn tipo de formalizacin, algn documento; en caso contrario la pareja habra suscrito otro de esos pactos tan laxos que consistan en vivir juntos. Sin obligaciones, uno de ellos haba tenido la libertad de robar un Ford y el otro de negar toda responsabilidad. Jackie le habl tambin de la situacin de dos familias que haban perdido a un hijo en Corea. Una era la de los Durham, padres de Michael. Lenore se acordaba de que haba sido una buena pieza y muy amigo de Frank. Y a otro chico llamado Abraham, el hijo de Maylene y Howard Stone, al que llamaban Stuff, tambin lo haban matado. Solo Frank sobrevivi de aquel tro. El, segn decan las malas lenguas, nunca volvera a Lotus. Los Durham y los Stone haban reaccionado a la muerte de sus hijos de la forma apropiada, pero cualquiera habra dicho que esperaban el regreso del cuerpo de unos santos. Acaso no saban o no recordaban cunto se esforzaban los tres muchachos para que los invitaran a la casa de aquella peluquera? Para que luego hablen de aflojar las riendas. Para que luego hablen de desgracia. Seora K, la llamaban. Decir que era muy soberbia es decir poco. Cuando el reverendo Alsop fue a verla y le advirti que dejara de recibir a ciertos adolescentes del pueblo, le ech una taza de caf caliente en la camisa. Algunas abuelas haban insistido al reverendo para que hablase con ella, pero los padres restaban importancia a los servicios de la seora K, y las madres tambin. En algn sitio tenan que aprender sus hijos, y una viuda del pueblo que no demostraba el menor inters por sus maridos era ms una bendicin que un pecado. Adems, as sus hijas estaban ms seguras. La seora K no peda ni cobraba nada. Al parecer, ocasionalmente satisfaca su apetito (y el de los chicos) cuando el hambre acuciaba. Por lo dems, no haba en el pueblo mujer mejor peinada. Lenore no tena la menor intencin de cruzar la calle y decirle Buenos das y mucho menos de sentarse en su cocina, aquel reino abominable. Todo esto le dijo a Jackie, y aunque a la nia le brillaron los ojos, no discuti ni contradijo a Lenore, como sola hacer Salem. Era profundamente infeliz. Y, aunque se haba casado para evitar la soledad, el desdn que senta por los dems la haba convertido en una solitaria cuando no en una mujer sin un alma a su lado. Solo la tranquilizaba una cuenta de ahorros razonablemente nutrida, ser propietaria y poseer no uno sino dos de los pocos automviles del pueblo. En Jackie tena toda la compaa que necesitaba. Aparte de que saba escuchar y era muy trabajadora, vala ms del cuarto de dlar que le pagaba al da. Y entonces todo se fue al traste. El seor Haywood dijo que alguien haba tirado dos cachorros desde la parte de atrs de una camioneta justo delante de sus narices. Fren, cogi al que no se haba roto el pescuezo, que era hembra, y se lo llev a Lotus para los nios a los que reparta caramelos y tebeos. Aunque a algunos les encantaba y la cuidaban, otros se burlaban de la perrita. Jackie, en cambio, la adoraba, le daba de comer, la protega y le enseaba trucos. A nadie extra que el animalito no se separase de ella, que era la que ms la quera. La llam Bobby. Normalmente, Bobby no coma gallina. Prefera carne de paloma, que tena los huesos ms tiernos. Tampoco cazaba para comer, solo se alimentaba de lo que le daban o de lo que encontraba. As que el pollito que picoteaba en busca de gusanos cerca de las escaleras del porche de Lenore era una invitacin obvia. El palo con que Lenore peg a Bobby para apartarla del pollito muerto era el mismo que utilizaba para apoyarse. Jackie oy los gaidos y dej que la plancha marcara a fuego la funda de una almohada para salir corriendo al rescate de Bobby. Ni la perra ni ella volvieron a pisar la casa de Lenore. Sin ayuda ni un hombre que la apoyara, Lenore se sinti tan sola como al morir su primer marido, tan sola como antes de casarse con Salem. Era demasiado tarde para cultivar una amistad con las vecinas, a quienes haba dejado bien claro que no estaban a su altura. Suplicar a la madre de Jackie fue tan humillante como infructuoso, porque la respuesta fue Lo siento. Ahora tena que contentarse con la compaa de una persona a quien apreciaba por encima de todas las dems: ella misma. Quiz fuera aquella asociacin, Lenore y Lenore, la causante de la apopleja leve que sufri una sofocante noche del mes de julio. Salem la encontr arrodillada al lado de la cama y corri a casa del seor Haywood, que la llev al hospital de Mount Haven. All, al cabo de una larga y peligrosa espera en un pasillo, recibi finalmente un tratamiento que evit males mayores. Tena dificultades para hablar, pero no tena que guardar cama, aunque s ser muy cautelosa. Salem la atenda en las necesidades bsicas pero fue un alivio para l comprobar que no entenda una palabra de lo que deca. Al menos eso aseguraba. Como prueba de la buena voluntad, vecinas temerosas de Dios que acudan con regularidad a la iglesia le llevaban platos de comida, le barran la casa y le lavaban la ropa, y la habran lavado tambin a ella de no ser porque el orgullo de Lenore y la sensibilidad de las vecinas lo impedan. Saban que la mujer a la que ayudaban las despreciaba a todas, as que ni siquiera era necesario que dijeran en voz alta lo que todas daban por cierto, que el Seor hace milagros y sus caminos son insondables.

9

Corea. Usted no se lo puede imaginar porque no ha estado all. No puede describir aquel paisaje desolado porque no lo ha visto nunca. Deje primero que le hable del fro. Quiero decir fro. Ms que congelar, el fro de Corea duele, se adhiere como un pegamento que no te puedes quitar. La batalla da miedo, s, pero est viva. rdenes, descomposicin, cubrir a los compaeros, matar; hay que pensar con claridad, sin darle demasiadas vueltas a las cosas. La espera es lo ms difcil. Pasan las horas y haces todo lo posible para atajar el fro. Y as da tras da. Lo peor de todo son las guardias en solitario. Cuntas veces te puedes quitar los guantes para ver si se te ha puesto negra la punta de los dedos o para verificar el Browning? Has entrenado los ojos y los odos para ver y or cualquier movimiento. Ese ruido lo hacen los mongoles? Son mucho peores que los norcoreanos. Los mongoles nunca cejan. Cuando crees que estn muertos, aparecen y te pegan un tiro en la entrepierna. Hasta cuando te equivocas y estn muertos como los ojos de un drogadicto, ms vale malgastar municin para estar seguro. All estaba yo, hora tras hora, apoyado en un parapeto. Nada que ver salvo una tranquila aldea a lo lejos, ms abajo. Los tejados de las chozas imitaban los montes pelados del fondo, a mi izquierda entre la nieve asomaba un prieto manojo de bamb congelado. El sitio donde tirbamos la basura. Yo me mantena alerta lo mejor que poda, escuchando, en busca de ojos rasgados o gorros polares. La mayor parte del tiempo no haba el menor movimiento. Pero una tarde o un leve crujido en la cerca de bamb. Algo, una sola cosa, se mova. Yo saba que no se trataba del enemigo nunca venan de uno en uno, as que supuse que era un tigre. Decan que rondaban por el monte, aunque nadie haba visto ninguno. Entonces vi cmo se separaba el bamb cerca del suelo. Un perro tal vez? No. Era el brazo de una nia, que se estiraba y tanteaba la tierra. Recuerdo que sonre. Me record a Cee y a m cuando robbamos melocotones que caan del rbol de la seorita Robinson, reptando, procurando no hacer ruido, porque cuando nos vea se sacaba el cinturn. No intent ahuyentar a la nia aquella primera vez, as que volva casi todos los das y se abra paso entre el bamb para revolver la basura. Le vi la cara solo una vez. Las dems vea su mano moverse entre las caas tocando desperdicios. Cada vez que vena era tan bien recibida como un pjaro alimentando a sus cras o una gallina escarbando con ahnco la tierra para sacar una lombriz que, saba con toda seguridad, estaba enterrada all. A veces la mano triunfaba de inmediato y coga sobras en un abrir y cerrar de ojos. Otras veces solo estiraba los dedos y tanteaba buscando algo, lo que fuera, de comer. Como una pequea estrella de mar, y zurda, igual que yo. He visto mapaches ms selectivos asaltar cubos de basura. Pero aquella nia no era nada exquisita. Todo lo que no fuera metal, vidrio o papel era comida. No se fiaba de sus ojos, solo de sus dedos para encontrar alimento. Raciones del ejrcito desechadas, lo que quedaba de los paquetes llenos de galletas, migas de brownie, restos de fruta enviados con cario por mam. Una naranja reblandecida y medio podrida un poco ms all de sus dedos. La coge como puede. Llega mi relevo, ve la mano y sacude la cabeza sonriendo. Cuando se aproxima, la nia se levanta y, en lo que parece un gesto apresurado, incluso automtico, dice algo en coreano. Algo as como am-am. La nia sonre, coge la entrepierna del soldado y la toquetea. El soldado se sorprende. am-am? En cuanto desvo la mirada de la mano y me fijo en su cara, veo que le faltan dos dientes, que el pelo, negro, cae sobre sus ojos ansiosos. El soldado le vuela la cabeza. Solo la mano se queda entre la basura, agarrando su tesoro, una naranja podrida y salpicada. Todos los civiles que conoc en aquel pas habran dado la vida (y la dieron) por defender a sus hijos. Los padres se colocaban delante de ellos sin pensarlo dos veces. Pese a todo, yo saba que algunos viciosos no se conformaban con las chicas que se vendan y trataban con nios. Pensndolo ahora, creo que aquel soldado sinti algo ms que asco. Creo que le entraron tentaciones y que era eso lo que tena que matar. Nam-am.

10

El Georgian presuma de un desayuno a base de jamn de pueblo con salsa de tomate. Frank lleg pronto a la estacin y reserv un asiento en segunda clase. Dio en taquilla un billete de veinte dlares y la vendedora le devolvi el cambio, tres centavos. A las tres y media de la tarde subi al tren y se acomod en el asiento reclinable. En la media hora transcurrida hasta que el convoy sali de la estacin, Frank volvi a ver las inquietantes imgenes siempre prestas a danzar ante sus ojos. Mike en sus brazos, otra vez con espasmos, sacudidas, mientras l, a gritos, le deca: No te mueras, to! Venga, qudate conmigo!. Y luego entre susurros: Por favor, por favor. Mike abri la boca para hablar, Frank acerc la cara y oy decir a su amigo: Dinero Fcil, no se lo cuentes a mam. Ms tarde Stuff le pregunt qu le haba dicho y Frank minti. Me dijo: Mata a esos cabrones. Cuando llegaron los enfermeros, la orina se haba congelado en los pantalones de Mike y Frank haba tenido que espantar del cuerpo de su amigo a varias parejas de pajarracos negros y agresivos como bombarderos. Eso lo transform. Lo que muri entre sus brazos dio vida a lo grotesco de su infancia. Eran nios de Lotus que se conocan desde antes de aprender a mear en el retrete, que salieron huyendo de Texas al mismo tiempo y nunca creyeron en la increble maldad de los desconocidos. De nios haban perseguido vacas descarriadas, hecho en el bosque un campo de bisbol, compartido Lucky Strikes y tenido una torpe y divertida introduccin al sexo. De adolescentes hicieron uso de los servicios de la seora K., la peluquera, que, dependiendo de qu humor estuviera, les ayudaba a ir poniendo a punto su destreza sexual. Discutan, se peleaban, se rean, se burlaban y se queran sin tener que decirlo. Hasta entonces Frank nunca haba sido valiente. Simplemente, haba hecho lo que le decan y lo necesario. Hasta se pona nervioso despus de matar. Ahora estaba inquieto, luntico, e iba disparando y esquivando miembros esparcidos de hombres. Las splicas, los aullidos pidiendo ayuda no los pudo or con claridad hasta que un F-51 solt su carga sobre la guarida del enemigo. En el silencio que sigui a la explosin, los ruegos resonaban como el sonido a chelo barato proveniente de un camin de ganado que, de camino al matadero, huele ya un futuro empapado en sangre. Ahora, con Mike muerto, era valiente, aunque no saba bien qu significaba eso. Ni matando a todos los asiticos o chinos del mundo podra saciar su sed. El acre olor de la sangre ya no le daba nuseas, sino que despertaba su apetito. Semanas despus de que pulverizaran a Red, la sangre se escurra por el brazo arrancado de cuajo de Stuff. Frank le ayud a encontrarlo a veinte pies de distancia, enterrado en la nieve. Aqullos dos, Red y Stuff, se llevaban especialmente bien. Neck, paleto, dej de ser el apodo de Red, porque, odiando como odiaba a los del norte ms que ellos, prefiri hacerse socio de los tres muchachos de Georgia, y sobre todo de Stuff. Ya eran carnaza. Frank, ajeno al fuego de los coreanos en retirada, esper a que los enfermeros se marcharan y llegara la unidad de enterramientos. De Red quedaba demasiado poco para merecer una camilla para l solo, as que sus restos compartieron una con los de otro soldado. Stuff, en cambio, s que tuvo una camilla para l solo, aunque, con el brazo amputado agarrado con el que conservaba, se tumb en ella y muri antes de que el dolor agudo le llegara al cerebro. Despus, durante meses, Frank estuvo pensando: Pero yo los conozco. Yo los conozco y ellos me conocen a m. Si oa un chiste que a Mike le habra encantado, volva la cabeza para contrselo, y senta un nanosegundo de vergenza al comprender que ya no estaba all. Y que no volvera a or su ruidosa carcajada, ni a verlo divertir a barracones enteros con chistes subidos de tono o imitando a alguna estrella de cine. A veces, mucho despus de licenciarse, vea el perfil de Stuff en un coche atrapado en un atasco hasta que el corazn se sobresaltaba de pena al darse cuenta de la equivocacin. Recuerdos bruscos, irregulares, daban un brillo acuoso a su mirada. Pasaron meses y solo la bebida lograba dispersar a sus mejores amigos, los muertos que le rondaban y a los que ya no oa, con los que ya no poda hablar ni rer. Pero antes de eso, antes de que murieran sus compaeros, fue testigo de otra muerte. La nia carroera aferrada a una naranja que sonri y dijo Nam-am antes de que el soldado de guardia le volara la cabeza. En el tren de Atlanta cay en la cuenta de que, por intensos que fueran, esos recuerdos ya no le aplastaban ni lo arrastraban a la desesperacin y a la parlisis. Poda rememorar los detalles, la congoja, sin necesidad de beber para calmarse. Era ese el fruto de la sobriedad? Justo despus del amanecer, a las afueras de Chattanooga, el tren aminor la marcha y al poco se detuvo sin motivo aparente. Pronto result obvio que haba que reparar algo y que podran estar parados una hora, tal vez ms. Algunos viajeros de segunda clase se quejaron, otros lo aprovecharon y, en contra de los consejos del revisor, bajaron a estirar las piernas. Los viajeros del coche-cama se despertaron y pidieron caf. Los del vagn club pidieron algo de comer y ms bebidas. El tramo de va donde el tren se haba detenido discurra por un campo de cacahuetes y a dos o tres mil yardas se divisaba el cartel de una tienda de comestibles. Frank, inquieto pero no cabreado, se acerc a ella. La tienda estaba cerrada, pero al lado haba otra tiendecita donde vendan refrescos, pan de molde Wonder, tabaco y otros productos del gusto de los vecinos de la zona. En la radio, con la seal muy dbil y entre interferencias, Bing Crosby cantaba Don't Fence Me In. La mujer del mostrador iba en silla de ruedas pero, veloz como un colibr, se acerc a una nevera y sac la lata de Dr. Pepper que le haba pedido. Frank pag, le gui un ojo, recibi a cambio una mirada severa y sali a tomarse el refresco. El sol recin salido era abrasador y no haba ms sitio para encontrar sombra o cobijo que la tienda de comestibles, la tiendecita y una casa destartalada y medio en ruinas al otro lado del camino. Aparcado delante de ella haba un Cadillac flamante que reluca bajo el sol. Frank cruz el camino para admirarlo. Las luces traseras eran como lonchas en forma de aleta de tiburn. El parabrisas se alargaba hacia atrs ocupando parte del techo. Al acercarse oy voces, voces femeninas: unas mujeres maldecan y gruan detrs de la casa. Rode la construccin hacia los chillidos esperando encontrar un macho agresor haciendo alardes. Pero all solo haba dos mujeres pelendose. Rodaban por el suelo, daban puetazos y patadas al aire, se pegaban en medio del polvo. El pelo y la ropa estaban revueltos. Frank se llev una sorpresa al ver a un hombre cerca hurgndose los dientes y observando. Al ver a Frank, se le acerc. Era corpulento, con la mirada plana y aburrida. Qu coo ests mirando? No tir el mondadientes. Frank se qued helado. El grandulln se acerc a l y le dio un empujn. Y otro. Frank tir el Dr. Pepper y zarande al hombre, que, torpe, como tantos grandullones, cay de inmediato al suelo. Frank salt sobre l y empez a darle puetazos en la cara. Le daban ganas de clavarle el mondadientes en la garganta. El furor que surga con cada golpe le resultaba maravillosamente familiar. Incapaz de parar y no queriendo hacerlo, Frank continu incluso cuando el gigantn perdi el conocimiento. Las mujeres dejaron de clavarse las uas y se le echaron al cuello para apartarlo. Djalo! gritaban. Lo vas a matar! Sultalo, cabrn! Frank se detuvo y se volvi para mirar a las rescatadoras. Una se agach para acunar la cabeza del hombre en su regazo. La otra le limpi la sangre de la nariz y le llam por su nombre. Sonny, Sonny. Ay, cario. Luego se arrodill y trat de reanimar a su chulo. Tena rasgada la espalda de la blusa, que era amarillo chilln. Frank se levant y, masajendose los nudillos, volvi al tren a grandes zancadas, casi corriendo. Los mecnicos que reparaban el tren no le prestaron atencin o no le vieron. Al cruzar la puerta que daba paso a los vagones de segunda clase, un mozo advirti que tena sangre en las manos y la ropa llena de polvo, pero no dijo nada. Por suerte, el servicio estaba cerca de la puerta y Frank pudo recuperar el resuello y limpiarse antes de volver al pasillo. Ya en su asiento, se pregunt el porqu de su excitacin, del gozo salvaje que le haba procurado la pelea. No se pareca a la rabia que en Corea acompaaba al acto de matar. Aqullos arrebatos eran feroces pero ciegos, annimos. En esta violencia haba habido un goce personal. Bien, se dijo. Quiz necesitara esa euforia para recuperar a su hermana.

11

Sus ojos. Mate, esperando, siempre esperando. Pacientes no, desesperanzados no, sino en suspenso. Cee. Ycidra. Mi hermana. Ahora mi nica familia. Cuando escriba esto, ha de saber: fue una sombra la mayor parte de mi vida, una presencia que sealaba su propia ausencia, o tal vez la ma. Quin soy yo sin ella, esa nia desnutrida de ojos tristes que esperan. Cmo temblaba cuando nos escondimos de las paladas. Le tap la cara, los ojos, con la esperanza de que no hubiera visto el pie que asomaba de la tumba. La carta deca Habr muerto. Arrastr a Mike, le puse a cubierto y espant a los pjaros, pero muri de todas formas. Me qued con l, le estuve hablando una hora, pero muri de todas formas. Resta la sangre que rezumaba por el sitio donde Stuff deba tener el brazo. Encontr el brazo a unos veinte pies y se lo di por si podan volver a cosrselo. Muri de todas formas. Basta ya de personas que no salvaba. Basta ya de ver morir a personas a las que quera. Basta. A mi hermana no. Ni hablar. Era la primera persona a la que haba tomado bajo mi responsabilidad. Muy dentro de ella viva la secreta imagen de m mismo: un yo fuerte y bueno ligado al recuerdo de aquellos caballos y al entierro de un desconocido. Protegindola, encontrando un camino entre aquella hierba alta y al salir de aquel sitio, sin miedo a nada, ni a las culebras ni a los viejos salvajes. Me pregunto si salir bien de aquello fue la simiente de todo lo que vino despus. En mi corazn de nio me sent como un hroe y supe que, si nos encontraban o la tocaban, matara.

12

Frank baj por Auburn Street desde la estacin de Walnut. Una peluquera, una ayudante de cocina, una mujer llamada Thelma; por fin consigui la marca del coche y el nombre de un taxista sin licencia que tal vez lo llevara hasta la casa donde trabajaba Cee, un lugar a las afueras. Como haba llegado tarde por el retraso cerca de Chattanooga, pas todo el da por la zona de Auburn Street preguntando aqu y all. Era demasiado tarde. El taxista no estara donde sola hasta la maana siguiente temprano. Frank decidi comer algo, dar una vuelta y luego buscar algn sitio donde pasar la noche. Estuvo paseando tranquilamente hasta que anocheci, y cuando ya se diriga al hotel Royal unos jvenes aprendices de gngster le asaltaron. Atlanta le gustaba. A diferencia de Chicago, el ritmo de la vida cotidiana era humano. Aparentemente, en aquella ciudad haba tiempo. Tiempo para liar un cigarrillo solo porque s, tiempo para examinar las verduras afilando el ojo como una cuchilla de diamante. Y tiempo para que los viejos formaran un corrillo a la entrada de una tienda y no hicieran nada salvo ver pasar sus sueos: los esplndidos automviles de los criminales y el contoneo de las mujeres. Tiempo tambin para darse consejos, para rezar los unos por los otros y para regaar a los nios en los bancos de un centenar de iglesias. Fue ese entretenido afecto el que le llev a bajar la guardia. Tena muchos malos recuerdos, pero ni fantasmas ni pesadillas en dos das, y unas ganas locas de tomar caf solo por las maanas, sin los despertares sobresaltados que el whisky le haba dado. As que, la noche antes de poder disponer del taxi ilegal, se dio un paseo por las calles, para palpar la ciudad antes de llegar al hotel. De haber estado alerta en vez de soar despierto, habra reconocido el aroma a gasolina y marihuana, el andar rpido y furtivo, y la peste a pandilla de delincuentes; el olor de nios asustados que necesitan del grupo para tener valor. Nada que ver con los militares, ms bien tipos de patio de colegio. En la boca de un callejn. Pero no se dio cuenta de nada y dos de aquellos cinco pandilleros se acercaron por detrs y le sujetaron los brazos. Dio un pisotn a uno de ellos, que aull y cay dejando un espacio que aprovech para volverse y romperle la mandbula al otro de un codazo. Fue en ese momento cuando uno de los otros tres le peg con un tubo en la cabeza. Cay, y en el aturdimiento del dolor not que le registraban y que salan corriendo y cojeando. Se acerc a rastras a la calle y a oscuras se sent apoyado en una pared hasta que se le aclar la vista. Necesita ayuda? Delante de l, la silueta de un hombre enmarcada por la luz de una farola. Qu? Ah! Arriba. El hombre le tendi la mano para ayudarle a levantarse. Palpndose los bolsillos sin dejar de tambalearse, Frank solt un taco. Maldita sea. Le haban robado la cartera. Con una mueca se frot la cabeza por detrs. Quiere que avise a la polica o no? Ni hablar, no. Quiero decir, no, pero gracias. Bueno, pero coja esto. El hombre le meti dos billetes de dlar en el bolsillo de la chaqueta. Gracias, pero no necesito ninguna Olvdelo, hermano. Y camine donde haya luz. Ms tarde, en un restaurante que se quedaba abierto toda la noche, Frank record la larga coleta del buen samaritano, que atraa la luz de la farola. Abandon la esperanza de dormir bien aquella noche en el hotel. Estaba nervioso, tenso, as que opt por quedarse en aquel sitio todo el tiempo que pudiera, jugueteando con tazas de caf solo y un plato de huevos. Las cosas no iban bien. Si al menos tuviera un coche, pero Lily no haba querido ni hablar de ello. Tena otros planes. Mientras pinchaba los huevos, sus pensamientos vagaron hacia ella, qu estara haciendo, qu estara pensando. Le dio la impresin de que haba sentido alivio con su marcha. Y, para ser sinceros, a l le haba pasado lo mismo. Ahora estaba convencido de que el afecto por ella haba sido medicinal, como una aspirina. Efectivamente, tanto si se daba cuenta como si no, Lily desplazaba su desorden, su clera y su vergenza. Hasta el punto de que haba llegado a convencerse de que el naufragio emocional estaba superado. En realidad, solo esperaba el momento ms propicio para asomar. Cansado e incmodo, Frank sali del restaurante y anduvo sin rumbo por las calles, pero se detuvo de pronto al or el chillido de una trompeta. El sonido provena de una puerta entreabierta al pie de una corta escalera que bajaba. Voces de admiracin refrendaban el grito de la trompeta, y si algo poda equipararse a su estado de nimo era aquel sonido. Entr. Prefera el bebop al blues y a las canciones de amor dulzonas. Despus de Hiroshima, los msicos comprendieron tan pronto como cualquiera que la bomba de Traman lo cambiaba todo y solo el scat y el bebop podan expresarlo. En la sala, pequea y llena de humo, unas diez personas seguan apasionadamente la actuacin de un tro: trompeta, piano y batera. La pieza pareca no acabar nunca y, excepto por algunos asentimientos de cabeza, nadie se movi de su asiento. Flotaba el humo, pasaban los minutos. Al pianista le brillaba el rostro por el sudor, y tambin al trompetista. El batera, en cambio, lo tena seco. Claramente, la msica no terminara; la pieza solo acabara cuando uno de los intrpretes finalmente se agotara, cuando el trompetista se sacara el instrumento de la boca y el pianista acariciara las teclas antes de ejecutar el final. Pero cuando ocurri, cuando el pianista y el trompetista hubieron terminado, el batera sigui tocando. Y sigui, y sigui. Al cabo de un rato sus compaeros se volvieron para mirarle y reconocieron lo que deban haber advertido antes. El batera haba perdido el control. El ritmo estaba al mando. Al cabo de largos minutos, el pianista se puso de pie y el trompetista dej su trompeta. Levantaron los dos al batera de su asiento y se lo llevaron. Continuaba moviendo las baquetas siguiendo un ritmo tan intrincado como mudo. El pblico aplaudi con respeto y simpata. Tras los aplausos, una mujer con un vestido azul brillante y otro pianista subieron al estrado. La mujer cant algunos compases de Skylark, luego acometi un scat que levant los nimos a todos. Frank se march cuando el local se qued vaco. Eran las cuatro de la madrugada, quedaban dos horas para que el seor Taxi Ilegal llegara a su puesto. Le dola menos la cabeza; se sent en el bordillo y esper. El momento no llegaba nunca. Sin coche, sin taxi, sin amigos, sin informacin, sin plan; encontrar transporte del centro a las afueras en aquellas calles era peor que tener que enfrentarse a un campo de batalla. Eran ya las siete y media cuando subi a un autobs lleno de callados trabajadores, gobernantas, criadas, jardineros y mozos ya no tan mozos. Cuando se alejaron de la zona comercial iban bajando del autobs uno a uno, como nadadores reacios zambullndose en incitantes aguas azules sobre un fondo de contaminacin. En las profundidades rastrearan los restos, la basura, reabasteceran los arrecifes y eludiran a los predadores que nadan por bosques de encaje. Limpiaran, haran la comida y la serviran, cuidaran, lavaran, plancharan, desbrozaran y segaran. Ideas violentas se iban alternando apresuradamente con pensamientos ms sensatos en la cabeza de Frank, que buscaba el letrero de la calle que le haban dicho. No saba qu hara al encontrar a Cee. Quiz, como le haba sucedido a aquel batera, el ritmo tomara el mando. Tal vez a l tambin lo acompaaran a la calle, forcejeando, impotente, prisionero de su propio esfuerzo. Supn que no hay nadie. Tendra que forzar la puerta. No. No poda permitir que la situacin se le fuera de las manos hasta el extremo de poner en peligro a Cee. Supn que, pero no tena sentido suponer cuando pisaba un suelo tan poco familiar. Cuando vio el letrero de la calle era demasiado tarde para tocar el timbre de la parada. Se fue tranquilizando mientras retroceda varias manzanas hasta llegar al jardn de la casa de Beauregard Scott y al cartel que indicaba que era mdico. Cerca de las escaleras creca un cerezo silvestre ya florido con ptalos blancos como la nieve y el centro de la flor color prpura. No saba si llamar a la entrada principal o a la puerta de atrs. Por precaucin pens que era mejor la de atrs. Dnde est? La mujer que le abri la puerta de la cocina no hizo preguntas. Abajo respondi. Es usted Sarah? S. No haga ruido si puede. Seal con la cabeza las escaleras que conducan al despacho del mdico y al cuarto de Cee. Al bajar el ltimo escaln, Frank vio por una puerta abierta a un hombre bajo de pelo blanco sentado a una mesa enorme. El hombre levant la vista. Qu? Quin es usted? El doctor abri primero los ojos de par en par y a continuacin frunci el ceo por la ofensa de ver su espacio invadido por un desconocido. Fuera de aqu! Sarah! Sarah! Frank se acerc a la mesa. Aqu no hay nada que robar! Sarah! El doctor levant el telfono. Voy a llamar a la polica ahora mismo! Tena el dedo en el cero cuando Frank le arrebat el telfono. Conociendo ya la naturaleza de la amenaza, el mdico abri el cajn de la mesa y sac una pistola. Un calibre 38 pens Frank. Ligero y fcil de usar. Pero la mano que lo sostena estaba temblando. El doctor levant el arma y apunt a lo que su miedo le mostraba como una boca llena de espuma, unos orificios de la nariz hinchados y los ojos inyectados de sangre de un salvaje. En vez de eso vio el rostro tranquilo, incluso sereno, de un hombre con quien no se poda andar con tonteras. Apret el gatillo. El clic de la recmara vaca fue al mismo tiempo mnimo y estruendoso. El doctor solt la pistola, rode la mesa, pas junto al intruso y corri hasta las escaleras. Sarah! grit. Llama a la polica, mujer! Has sido t la que le ha dejado entrar? El doctor Beau ech a correr entonces por el pasillo, hasta una mesita con un telfono. Junto a la mesita estaba Sarah, que apoyaba con firmeza la mano sobre el auricular. No exista la menor duda de su intencin. Entretanto, Frank entr en el cuarto donde estaba su hermana, tendida inmvil y pequea en su uniforme blanco. Dormida? Le tom el pulso. Leve o nulo? Acerc la oreja para or si respiraba o no. Estaba fra al tacto, nada parecido a la calidez inicial de la muerte. Frank saba reconocer a un muerto y Cee no lo estaba de momento. Ech un rpido vistazo a su alrededor y vio un par de zapatos blancos, una bacinilla y el pequeo bolso de Cee. Revolvi en el bolso y se guard los veinte dlares que encontr en el bolsillo. A continuacin se arrodill junto a la cama de Cee, la cogi en brazos por los hombros y las rodillas y la llev arriba. Sarah y el mdico se quedaron encerrados en una mirada indescifrable. Cuando Frank les rode con su inerte carga, el doctor Beau le dirigi una mirada de ira que ocultaba su alivio. No se trataba de un robo. No habra violencia. No le haran dao. Solo secuestraran a una empleada a la que podra sustituir fcilmente, si bien, conociendo a su esposa, no se atrevera a reemplazar tambin a Sarah, al menos todava no. No tientes la suerte le dijo. No, seor respondi Sarah, pero no apart la mano del telfono hasta que el doctor baj las escaleras para volver a su despacho. A tientas y con cuidado Frank sali por la entrada principal, y al pisar la acera se volvi para mirar la casa y vio a Sarah en la puerta, a la sombra de las flores del cerezo. La mujer lo despidi con la mano. Adis a l y a Cee, y quiz a su trabajo. Se qued all un momento, hasta que la pareja desapareci por la calle. Gracias a Dios susurr pensando que un da ms sin duda habra sido demasiado tarde. Se culpaba a s misma tanto como al doctor Beau. Saba que pona inyecciones, que daba a sus pacientes medicamentos que preparaba l mismo y que, ocasionalmente, practicaba abortos a damas de sociedad. Nada de eso la molestaba ni la alarmaba. Lo que no saba era cundo haba empezado a interesarse por los teros en general, a fabricar instrumentos para poder observar ms y ms su interior. A perfeccionar el espculo. Pero cuando se dio cuenta de que Cee perda peso, se fatigaba y de que sus perodos se prolongaban cada vez ms, se asust lo suficiente para escribir al nico pariente del que Cee tena la direccin. Pasaron los das. Sarah no saba si l habra recibido su nota apremiante y estaba reuniendo el valor suficiente para pedirle al doctor que llamase a una ambulancia cuando el hermano de Cee llam a la puerta de la cocina. A Dios gracias. Tal y como decan los mayores: no cuando lo llames, no cuando t quieras que venga, solo cuando lo necesites y justo a tiempo. Si la chica mora, se dijo, no sera bajo su cuidado y en casa del doctor. Morira en brazos de su hermano. Algunas flores del cerezo, marchitas por el calor, cayeron al cerrar Sarah la puerta. Frank dej a Cee en el suelo, de pie, y se ech al cuello su brazo derecho. La cabeza de Cee sobre su hombro, sus pies que ni siquiera imitaban pasos: era ligera como una pluma. Frank lleg a la parada de autobs y esper lo que pareca una eternidad. Mat el tiempo contando los frutales de casi todos los jardines: perales, cerezos, manzanos e higueras. El autobs que regresaba a la ciudad llevaba muy pocos pasajeros, y sinti alivio al verse relegado a la parte de atrs, donde los asientos corridos proporcionaban espacio para los dos y protegan a los pasajeros de la visin de un hombre llevando a rastras a una mujer borracha que, obviamente, haba recibido una buena paliza. Cuando bajaron del autobs le llev tiempo encontrar un taxi ilegal aparcado lejos de la cola de taxis con licencia y ms tiempo an convencer al taxista de que aceptara el probable destrozo del asiento de atrs de su coche. Est muerta? Arranque. Ya arranco, hermano, pero necesito saber si me van a llevar a la crcel o no. He dicho que arranque. Adnde quiere ir? A Lotus. Est a veinte millas de aqu por la Cincuenta y cuatro. Le va a costar un pico. No se preocupe por eso. Pero Frank s estaba preocupado. Cee pareca acercarse al lmite de sus fuerzas. Se mezclaba con su miedo la profunda satisfaccin del rescate, no solo porque hubiera salido bien, sino porque no haba tenido que recurrir a la violencia. Podra haber sido simplemente: Puedo llevarme a mi hermana a casa?. Pero el mdico se haba sentido amenazado en cuanto l haba asomado por la puerta. Sin embargo, no haber tenido que pegar al enemigo para conseguir lo que quera era, en cierto modo, una conducta superior, algo, en fin, inteligente. A m me parece que esa chica no tiene buena pinta dijo el taxista. T mira por dnde vas, to. No vas a ver la carretera por el espejo. Es lo que hago, no? El lmite es cincuenta y cinco por hora. No quiero problemas con la polica. Como no te calles la boca, la polica va a ser lo mejor que te pueda pasar. La voz de Frank era tajante, pero aguzaba el odo por si oa el aullido de una sirena. Est sangrando en el asiento? Como lo manche, me lo vas a tener que pagar. Una palabra ms, solo una ms, y no te doy ni un puto centavo. El taxista puso la radio. Lloyd Price, pleno de alegra y felicidad, cantaba Lawdy Miss Clawdy. Cee, sin conocimiento, gimiendo de vez en cuando y con la piel ahora caliente al tacto, era un peso muerto, as que a Frank le cost trabajo buscar el dinero en los bolsillos para pagar. Nada ms cerrar la puerta del taxi, las ruedas levantaron polvo y piedras porque el taxista se alej lo ms rpido y lo ms lejos que pudo de Lotus y de sus peligrosos, chinchorreros y locos habitantes. Los dedos de los pies de Cee apartaron la gravilla al arrastrarse los empeines por el estrecho camino que conduca a la casa de la seorita Ethel Fordham. Frank volvi a coger en brazos a su hermana y, sostenindola con firmeza, subi los escalones del porche. Desde el camino, unos cuantos nios miraban a una nia que, en la explanada, golpeaba con una pala una pelota de pdel como si fuera una profesional. Se volvieron para fijarse en el hombre y su carga. El hermoso perro negro echado junto a la nia se levant y pareca ms interesado en la escena que los nios. Al mirar con atencin al hombre y la mujer del porche de la seorita Ethel, se quedaron boquiabiertos. Un nio seal las manchas de sangre del uniforme blanco y solt una risita tonta. La nia le dio en la cabeza con su pala. Cllate! le dijo. Haba reconocido al hombre. Haca mucho tiempo le haba hecho un collar a su perro. Junto a una silla haba una cesta de madera llena de judas verdes. En una mesa no muy grande, un bol y un cuchillo de pelar. La puerta mosquitera estaba cerrada. Al otro lado, alguien cantaba. Ms cerca, Dios mo, de ti! Seorita Ethel! Est usted en casa? llam Frank. Soy yo, Dinero Fcil! Seorita Ethel? Dejaron de cantar y Ethel Fordham se asom sin abrir la mosquitera. No mir a Frank, sino a la delgada mujer que llevaba en brazos. Frunci el ceo. Ycidra? Ay, nia! Frank no saba qu explicacin dar y ni siquiera lo intent. Ayud a la seorita Ethel a colocar a Cee en la cama, despus de lo cual, la seorita le dijo que esperase fuera. Ethel levant el uniforme de Cee y le separ las piernas. Bendito sea el Seor dijo con susurros. Est ardiendo. Luego, al hermano que aguardaba: Anda, Dinero Fcil, ponte a cortar esas judas. Tengo trabajo que hacer.

13

Era muy luminoso, ms luminoso de lo que recordaba. El sol, tras sorber el azul del cielo, se demoraba en un espacio blanco amenazando Lotus, torturando sus paisajes, pero fracasando una y otra vez en silenciarlos: los nios seguan riendo, corriendo, jugando y gritando; las mujeres cantaban en los jardines traseros al tender las sbanas mojadas; de vez en cuando a una soprano se una una vecina alto o un tenor que, simplemente, pasaba por all. Acrcame al agua. Acrcame al agua. Acrcame al agua, para que me bauticen. Frank no pasaba por aquel camino de tierra desde 1949, tampoco haba pisado los tablones que cubran los charcos que haban dejado las lluvias. Aceras no haba, pero todos los huertos delanteros y traseros lucan flores que protegan las hortalizas de las plagas y los predadores: calndulas, dalias y capuchinas. Carmeses, prpuras, rosas y azul ail. Y aquellos rboles? Siempre haban tenido ese verde tan, tan intenso? El sol se esforzaba por calcinar la bendita paz que reinaba bajo los viejos y anchos rboles, por arruinar el placer de encontrarse entre quienes no quieren ni degradarte ni destruirte. Por mucho que lo intentara, no poda abrasar a las mariposas amarillas y apartarlas de los rosales escarlata, ni asfixiar las canciones de los pjaros. Su calor cruel no incordiaba al seor Fuller ni a su sobrino, sentados en la caja de una camioneta: el chico con una armnica, el hombre con un banjo de seis cuerdas. El sobrino columpiaba sus pes descalzos, el to marcaba el ritmo con el pie izquierdo. El color, el silencio y la msica lo envolvan. Aquella sensacin de seguridad y concordia era, lo saba, exagerada, pero el hecho de saborearla era real. Se convenci de que en un jardn cercano asaban costillas de cerdo en una barbacoa y de que en la casa haba guisantes recin cogidos y ensalada de patata, col, zanahoria y mayonesa. Un bizcocho se enfriaba encima de una nevera. Y estaba seguro de que a orillas del ro de la Desdicha, as lo llamaban, estaba pescando una mujer con un sombrero de paja de hombre. Por la sombra y el confort estara sentada debajo del laurel, ese con ramas que se extendan como brazos. Cuando lleg a los campos de algodn que haba ms all de Lotus, vio acres de capullos rosados abrindose bajo el sol malevolente. Se pondran rojos y caeran al suelo en pocos das para dejar brotar sus jvenes cpsulas. El dueo necesitara ayuda para desmotar y Frank se pondra a la cola, y lo hara tambin para la recogida cuando llegara el momento. Como todo trabajo duro, la recogida del algodn te destrozaba el cuerpo pero te liberaba la mente para as soar venganzas, imgenes de placer ilcito y hasta ambiciosos planes de evasin. Y entreverados con estos grandes pensamientos haba otros ms modestos. Otra medicina para el nio? Qu hacer con el pie del to, tan hinchado que no poda ni calzarse? Se conformara esta vez el propietario con la mitad del alquiler? Mientras Frank esperaba a los arrendadores solo poda pensar en si Cee se estaba poniendo mejor o peor. Combata una fiebre que no terminaba de bajarle porque en Atlanta su jefe le haba hecho algo en el cuerpo; qu, no lo saba. Que la raz de clamo en la que confiaba la seorita Ethel no estaba funcionando s lo saba. Pero no saba ms, porque todas y cada una de las vecinas le impedan el paso a la habitacin de la enferma. De no ser por aquella chica, Jackie, no se habra enterado de nada. Por ella saba que las mujeres opinaban que, con su virilidad, l empeorara el estado de Cee. Le cont tambin que se turnaban para atender a su hermana y que todas tenan una receta distinta para la cura. En lo que todas coincidan era en que l no poda acercarse. Eso explicaba por qu la seorita Ethel ni siquiera lo quera en el porche de su casa. Mrchate a alguna parte le dijo y no vuelvas hasta que te avise. Frank tena la impresin de que la mujer estaba muy asustada. No la deje morir le dijo. Me oye? Lrgate. Le indic que se fuera con la mano. No eres de ninguna ayuda, seor Dinero Fcil. Con esos malos pensamientos no. Mrchate te he dicho. As que se mantuvo ocupado limpiando y haciendo arreglos en la casa de sus padres, que llevaba vaca desde la muerte de su padre. Con el poco dinero que quedaba del sueldo de Cee y del que l llevaba guardado en el zapato, tena suficiente para volver a alquilarla unos meses. Meti la mano en un agujero que haba al lado del fogn y sac una caja de cerillas. Los dos dientes de leche de Cee parecan muy pequeos comparados con sus canicas de la suerte: una de un azul vivo, otra de bano y la tercera, su preferida, como un arco iris. El reloj Bulova segua all. Sin cuerda ni manecillas; as funcionaba el tiempo en Lotus, puro y sujeto a la interpretacin de cualquiera. En cuanto las flores empezaron a caer, Frank enfil surcos de algodn caminando hacia la caseta que el capataz de la granja llamaba su despacho. Siempre haba odiado este lugar. Las ventiscas de polvo que se levantaban cuando estaba en barbecho, las guerras de arauelas y el calor cegador. De nio le encargaban las tareas ms molestas mientras que sus padres estaban lejos, en los campos productivos, y se le secaba la boca de furia. Embarullaba todo lo que poda para que lo echaran. Y lo echaban. Las regainas de su padre no le importaban, porque Cee y l tenan libertad para inventar formas de ocupar aquel tiempo sin tiempo en que el mundo estaba recin hecho. Si ella mora porque un mdico arrogante y maligno la haba cortado en pedazos, los recuerdos de la guerra palideceran al lado de lo que le hara. Aunque le llevara el resto de su vida, aunque pasara los aos que le quedaban en la crcel. Pese a que haba derrotado al enemigo sin carniceras, con la muerte de su hermana en la imaginacin se uni a los dems recolectores, que bajo el sol planeaban dulces venganzas. Era ya finales de junio cuando la seorita Ethel mand a Jackie a decirle que poda pasar a hacer una visita, y julio cuando Cee estaba lo bastante bien para trasladarse a la casa de sus padres. Cee estaba distinta. Dos meses rodeada de mujeres de campo que amaban la humildad la haban cambiado. Esas mujeres abordaban la enfermedad como si fuera una afrenta, una fanfarrona ilcita e invasora a quien haba que fustigar. No perdan su tiempo ni el de su paciente en compadecerse y reaccionaban a las lgrimas de la doliente con resignado desprecio. Primero la hemorragia. Abre bien las piernas. Te va a doler. A callar. He dicho que a callar. Luego la infeccin. Bbete esto. Si vomitas tendrs que beber ms, as que no vomites. A continuacin el arreglo. Para ya. Te escuece porque se est curando. Cllate. Ms tarde, cuando se pas la fiebre y lo que le hubieran metido en la vagina sali expulsado, Cee les cont lo poco que saba de lo que le haba ocurrido. Ninguna de ellas le haba preguntado. En cuanto se enteraron de que haba estado trabajando para un mdico, miradas al cielo y gestos de grima bastaron para evidenciar su desprecio. Y ninguno de sus recuerdos el gusto al despertarse despus de que el doctor Beau le clavara una aguja para dormirla, la pasin con que el mdico hablaba del valor de los experimentos, su conviccin de que la sangre y el dolor posteriores eran un problema menstrual, ninguno, les hizo cambiar su opinin sobre el oficio de mdico. Un hombre reconoce un orinal en cuanto lo ve. No eres una mula, as que no tienes por qu tirar de la carreta de ningn maldito mdico. Qu eres, una mujer o un retrete? Quin te ha dicho que eres basura? Cmo iba yo a saber lo que pretenda? Cee trat de defenderse. La desgracia no avisa. Por eso hay que estar siempre ojo avizor. Si no, se cuela por la rendija de la puerta. Pero Pero nada. Cristo te acepta tal y como eres. No te hace falta saber ms. Cuando se cur, las mujeres cambiaron de tctica y dejaron de regaarla. Se llevaban sus labores de ganchillo y bordado, y finalmente convirtieron la casa de Ethel Fordham en su propio centro de confeccin de edredones. Sin hacer caso a quienes preferan mantas nuevas y suaves, ponan en prctica lo que sus madres les haban enseado en aquella poca que la gente rica llamaba Depresin y ellas llamaban vida. Rodeada por sus idas y venidas, escuchando sus charlas y sus canciones, atenindose a sus rdenes, Cee no tena otra cosa que hacer que prestarles la atencin que nunca antes les concediera. No se parecan en nada a Lenore, que haba exprimido bien a Salem y que ahora, tras sufrir una apopleja leve, no haca nada de nada. Aunque todas sus enfermeras eran muy diferentes entre s en aspecto, forma de vestir y de hablar, preferencias mdicas y alimentarias, sus similitudes saltaban a la vista. En sus huertas no haba excedentes porque lo compartan todo. En sus casas no haba basura ni desperdicios porque a cada cosa le daban un uso. Se responsabilizaban de sus vidas y de lo que fuera o quien fuera que las necesitase. La falta de sentido comn las irritaba pero no las sorprenda. La vagancia, ms que intolerable, les pareca inhumana. En el campo, en casa, en la huerta, donde fuera, haba que estar ocupada. Dormir no era para soar, sino para recobrar fuerzas para el da siguiente. A la conversacin la acompaaban labores: planchar, pelar, desvainar, seleccionar, coser, remendar, lavar o dar de mamar. La madurez no se poda aprender, pero crecer estaba al alcance de todas. Lamentarse tena su encanto, pero era mejor pensar en Dios, y no queran encontrarse con su Hacedor y tener que dar cuenta de una vida desperdiciada. Saban que l les hara a todas y cada una de ellas una pregunta: Qu habis hecho?. Cee se acordaba de que uno de los hijos de Ethel Fordham haba muerto asesinado en el norte, en Detroit. Maylene Stone solo vea bien con un ojo, el otro se lo haba perforado una astilla en el aserradero. En el pueblo no haba mdico y tampoco lo iban a buscar. Tanto Hana Rayburn como Clover Reid, coja por la polio, se haban unido a sus hermanos y maridos, y llevado madera a la iglesia, daada por una tormenta. Ciertos males, crean, eran incorregibles, as que era mejor dejar que el Seor acabara con ellos. Otros se podan mitigar. Lo importante era saber la diferencia. La ltima etapa de la convalecencia de Cee fue, para ella, la peor. Tena que tostarla el sol, lo cual significaba pasar al menos una hora al da con las piernas bien abiertas bajo un sol abrasador. Todas las mujeres estaban de acuerdo en que con ese abrazo se librara de cualquier infeccin o dolencia del tero que an le pudiera quedar. Cee, estupefacta y avergonzada, se neg. Supongan que alguien, un nio, un hombre, la viera abrindose de piernas de esa manera Nadie te va a mirar le dijeron. Y si lo hacen, qu pasa? Te crees que no han visto un coo en su vida? No le des ms vueltas le aconsej Ethel Fordham. Y Cee, dominando su vergenza, se acostaba como deba sobre unas almohadas al borde del pequeo porche trasero de Ethel en cuanto los violentos rayos del sol apuntaban en esa direccin. Cada vez que lo haca, la ira y la humillacin le encogan los dedos de los pies y le tensaban las piernas. Por favor, seorita Ethel, no puedo seguir ms con esto. Oh, cllate ya, nia. Ethel empezaba a perder la paciencia. Tengo entendido que hasta ahora siempre que te has abierto de piernas te han engaado. Te crees que el sol tambin te va a engaar? La cuarta vez se relaj, porque estar tensa una hora era agotador. Se olvid de si alguien la miraba a escondidas desde el maz del huerto de Ethel con l alimentaba a las gallinas o desde los pltanos que haba detrs. Si diez das de rendicin al sol sirvieron de algo a sus partes ntimas o no, nunca lo sabra. Tras la ltima hora de tueste al sol, cuando ya se le permiti sentarse modosamente en una mecedora, la aguardaba el exigente cario de Ethel Fordham, que fue lo que ms la calm y fortaleci. La mujer acerc una silla a Cee en el porche. Puso en la mesa entre ellas un plato de galletas recin salidas del horno y un tarro de mermelada de moras. Eran los primeros alimentos no medicinales que le permitan probar y los primeros dulces. Con la mirada fija en su huerto, Ethel habl con serenidad. Te conozco desde antes de que aprendieras a andar. Con aquellos ojazos tan preciosos pero siempre llenos de pena. Yo me fijaba en ti, nunca te separabas de tu hermano. Cuando l se fue, t saliste corriendo con aquel intil que desperdiciaba el tiempo y el aire del Seor. Y ahora has vuelto a casa. Y por fin has mejorado, pero podras echar a correr otra vez. Y no me digas que vas a permitir que Lenore vuelva a decidir por ti quin eres t. Si ests pensando en eso, deja que te diga algo. Te acuerdas del cuento de la gallina de los huevos de oro? Te acuerdas de que el labrador prefera los huevos y de que la avaricia lo volvi tan idiota que acab matando a la gallina? Yo siempre he pensado que con una gallina muerta por lo menos se puede hacer un buen caldo. Pero con un huevo de oro? Lenore en su vida no ha pensado en otra cosa. Lo ha tenido, lo ha adorado y crea que le daba derecho a estar por encima de todos los dems. Igual que el labrador del cuento. Por qu no ar la tierra, la reg y plant la simiente que le diera de comer? Cee se ech a rer y extendi mermelada en otra galleta. Comprendes lo que quiero decir? Mrate. Eres libre. Nada ni nadie est obligado a salvarte salvo t misma. Siembra tu propia tierra. Eres joven y eres mujer, y las dos cosas son limitaciones importantes, pero tambin eres una persona. No dejes que ni Lenore ni ningn novio alfeique, ni por supuesto ningn maldito doctor, decida quin eres. Eso es la esclavitud. Dentro de ti, en algn lugar, est esa persona libre de la que t e estoy hablando. Encuntrala y permite que haga algn bien al mundo. Cee meti el dedo en el tarro de mermelada y lo chup. No voy a marcharme a ninguna parte, seorita Ethel. Este es el lugar al que pertenezco. Semanas despus, Cee estaba frente a los fogones presionando unas hojas de repollo tiernas en una olla de agua hirviendo condimentada con dos puntas de jamn. Cuando Frank abri la puerta al volver de trabajar, se fij una vez ms en su saludable aspecto: la piel tersa y la espalda recta, no encorvada por alguna inquietud o malestar. Eh dijo, mrate! Estoy mal? No, ests estupenda. Te encuentras mejor? Ya lo creo. Mucho, mucho mejor. Tienes hambre? Igual es poca comida. Quieres que coja una gallina? No. Con lo que ests haciendo vale. Me acuerdo que te gustaba el pan frito de mam. Voy a hacer un poco. Quieres que corte los tomates? Aj. Qu es todo eso que hay en el sof? Un montn de trapos llevaba das all. Retales para un edredn. Alguna vez en nuestra vida nos ha hecho falta edredn en esta casa? No. Entonces, por qu lo haces? Porque los compran los turistas. Qu turistas? Los que vienen de Jeffrey, Mount Haven. La seorita Johnson, de Good Shepherd, nos los compra y se los vende a los turistas de Mount Haven. Si resulta que me sale bonito, a lo mejor la seorita Ethel se lo ensea a la seorita Johnson. Eso estara bien. Estara fenomenal. Pronto pondrn la luz y el agua corriente. Pero cuestan dinero. Solo por poder tener un ventilador merece la pena. Si es por eso, en cuanto me paguen te compras una nevera Philco. Para qu queremos nevera? Puedo preparar conservas y, todo lo dems, salgo y lo cojo de la huerta o del campo, o mato algn animal. Adems, quin cocina en esta casa, t o yo? Frank se ri. Aquella Cee no era la nia que se echaba a temblar al ms leve roce del mundo real y despiadado. Ni la chica que sin haber cumplido los quince estaba dispuesta a fugarse con el primer chico que se lo pidiera. Ni tampoco la asistenta que crea que mientras estaba drogada no poda pasarle nada malo solo porque un bata blanca lo deca. Frank no saba qu haba pasado en aquellas semanas en casa de la seorita Ethel, rodeada de esas mujeres con ojos de haberlo visto todo. Esas mujeres no le pedan mucho a la vida, eso estaba claro. La devocin que sentan por Jesucristo y por ellas mismas las centraba y las situaba muy por encima de lo que en la vida les haba tocado en suerte. Le haban devuelto una Cee que ya nunca ms necesitara su mano para taparse los ojos ni sus brazos para acallar el murmullo de sus huesos. Tu vientre nunca podr dar fruto. La seorita Ethel Fordham se lo haba dicho. Sin tristeza ni alarma, le haba comunicado el diagnstico como si estuviera comprobando los resultados de una incursin de conejos en algn semillero de Burpee. Cee no supo cmo tomarse la noticia, ni qu sentir con respecto al doctor Beau. No era capaz de sentir ira: haba sido tan estpida, tan deseosa de agradar. Como siempre, ech la culpa de lo tonta que era a lo poco que haba ido al colegio, pero esta excusa se vino abajo en el momento en que pens en las diestras mujeres que la haban cuidado, que la haban sanado. A algunas haba que leerles los versculos de la Biblia porque no saban descifrar la letra impresa, aunque haban desarrollado los recursos del analfabeto: perfecta memoria fotogrfica, agudos sentidos del olfato y el odo. Adems, saban cmo recuperar lo que un mdico docto pero ladrn haba robado. Si no era por no haber ido al colegio, entonces, por qu? Etiquetada desde pequea como indigna de ser amada, como una nia mal parida, apenas tolerada por Lenore, la nica persona cuya opinin importaba a sus padres, tal como haba dicho la seorita Ethel, ella haba aceptado la etiqueta y se haba credo despreciable. Ida nunca deca: Mi nia. Te adoro. T no naciste en una cuneta. T naciste en mis brazos. Ven aqu y deja que d un abrazo. Y si no su madre, alguien en alguna parte hubiera tenido que decir esas palabras y decirlas de verdad. Solo Frank la valoraba. Si bien su devocin la protega, no la haca ms fuerte. Debera ser as? Por qu iba a ser responsabilidad de su hermano y no suya? Cee no haba conocido a ninguna mujer blanda ni tonta. Thelma no lo era, ni Sarah, ni Ida, y mucho menos las mujeres que la haban curado. Hasta la seora K., que permita que los chicos hicieran cochinadas con ella, era capaz, cortaba el pelo y daba un cachete a cualquiera que se metiera con ella, dentro o fuera de su cocina que serva de peluquera. As que la cosa quedaba en sus manos. En aquel mundo y con aquella gente quera ser una persona que nunca ms necesitara ser rescatada. Ni de Lenore con mentiras sobre la Rata, ni del doctor Beau con el coraje de Sarah y de su hermano. Tostada por el sol, o no, quera ser rescatada por s misma. Era capaz de hacerlo o no? Con solo desearlo no lo conseguira, ni echndose la culpa, pero pensando tal vez s. Si no se respetaba a s misma, cmo iban a respetarla los dems? De acuerdo. No tendra hijos a los que cuidar, nios que le otorgaran la condicin de madre. De acuerdo. No tena y probablemente nunca tendra un compaero. Tan importante era? El amor? Por favor. Proteccin? S, claro. Huevos de oro? No me hagas rer. De acuerdo. No tena un centavo. Pero no por mucho tiempo. Tena que idear un medio de ganarse la vida. Qu ms? Cuando le dio la mala noticia, la vieja seorita Ethel baj al huerto y abon las plantas con granos de caf y cscaras de huevo. Perpleja e incapaz de reaccionar al diagnstico de Ethel, Cee la estuvo observando. Llevaba una bolsita de dientes de ajo colgada de los tirantes del delantal. Para el pulgn, le dijo. Hortelana enrgica, la seorita Ethel cortaba el paso o destrua al enemigo y abonaba sus plantas. Las babosas se retorcan hasta morir al echarles agua mezclada con vinagre. Los temerarios y confiados mapaches chillaban y salan corriendo cuando sus tiernos pies pisaban un rebujo de papel de peridico o la tela metlica que protega los tallos. Las plantas de maz, seguras frente a los zorrillos, dorman en paz tapadas por bolsas de papel. Bajo la atenta vigilancia de la seorita Ethel, las matas de habas se encorvaban primero y se enderezaban cuando estaban listas. Los zarcillos de fresas se dispersaban sin rumbo, su esplndido escarlata reluca con el sol de la maana. Las abejas se congregaban para saludar a las hierbas aromticas y beban sus jugos. El huerto de la seorita Ethel no era el Edn, era mucho ms. Para ella, el mundo entero, lleno de predadores, lo amenazaba y competa con sus alimentos, belleza, bondades y demandas. Y ella lo amaba. Qu amaba Cee de este mundo? Tendra que pensar en ello. Entretanto, su hermano le haca compaa. Y era reconfortante, pero ya no lo necesitaba como antes. Le haba salvado literalmente la vida, pero no echaba de menos ni deseaba sus dedos en la nuca dicindole que no llorara, que todo saldra bien. Ciertas cosas tal vez, pero no todo. No puedo tener hijos le dijo. Nunca podr. Baj el fuego de la olla donde coca el repollo. Ese mdico? Ese mdico. Lo siento, Cee. Lo siento mucho. Frank se acerc a ella. No le respondi ella, apartando su mano. Al principio, cuando la seorita Ethel me lo dijo, no sent nada, pero ahora no puedo pensar en otra cosa. Es como si sintiera que hay una nia ah esperando a nacer. Est cerca, en el aire, en esta casa, y me ha elegido a m para venir al mundo. Pero ahora tiene que encontrar otra madre. Empez a sollozar. Vamos, nia. No llores susurr Frank. Por qu no? Puedo estar triste si quiero. No tienes por qu hacer nada para que se me pase. No debera pasrseme. Me da la pena que me tiene que dar y no me voy a ocultar la verdad solo porque duele. Cee haba dejado de sollozar pero todava le corran lgrimas por las mejillas. Frank se sent, se cogi las manos y apoy la frente en ellas. Te has fijado en la sonrisa sin dientes de los bebs? dijo Cee. Yo no dejo de verla. Una vez la vi en un pimiento verde. Otro da una nube empez a girar y pareca Cee no termin la lista. Simplemente se acerc al sof, se sent y empez a seleccionar retales para el edredn. De vez en cuando se limpiaba las mejillas con el pulpejo de la mano. Frank sali al jardn delantero y se pase arriba y abajo, notando cierta agitacin en el pecho. Quin hara algo as a una chica? Un mdico, adems. Y con qu maldita intencin? Le escocan los ojos y parpade rpidamente para ahuyentar lo que se habra convertido en esas lgrimas que no haba llorado desde que era nio. Ni siquiera al tener a Mike entre sus brazos o al hablarle a Stuff entre susurros le haban quemado as los ojos. Era cierto, la vista a veces le engaaba, pero nunca haba llorado. Ni una sola vez. Confuso y profundamente preocupado, decidi dar un paseo para tranquilizarse. Baj por el camino ancho, ataj por unos senderos y rode algunos huertos. Saludaba a los vecinos con quienes se cruzaba y a los que limpiaban el porche de su casa. No poda creer cunto haba llegado a odiar aquel pueblo en otra poca. Ahora le pareca joven y antiguo a la vez, y seguro y exigente. Al llegar a la orilla del ro de la Desdicha, ro unas veces, riachuelo o arroyo otras, y tambin lecho de barro en ocasiones, se sent en cuclillas bajo el laurel. Su hermana estaba destrozada. Era estril, pero no la haban vencido. Haba sido capaz de afrontar la verdad, de aceptarla y seguir confeccionando el edredn. Intent averiguar qu otra cosa le preocupaba y qu poda hacer al respecto.

14

Tengo que decirle algo y ya no aguanto ms. Tengo que contarle toda la verdad. Le he mentido y me he mentido. Se la he ocultado porque me la he ocultado. Estaba tan orgulloso de mi luto por mis amigos muertos. Cunto los quera, cunto los cuid. Cunto los he echado de menos. Mi pena era tan espesa que envolva mi culpa por completo. Entonces Cee me dijo que vea a una nia sonriente por toda la casa, en el aire, en las nubes. Fue como una sacudida. Es posible que esa nia no estuviera esperndola a ella para nacer. Es posible que hubiera muerto antes y estuviera esperando que yo diera un paso al frente y dijera cmo. Soy yo el que le peg un tiro en la cara a la nia coreana. Soy yo al que ella toquete. Soy yo el que la vio sonrer. Soy yo al que ella dijo Nam-am. Soy yo el hombre al que excit. Una nia. Una nia pequea. No pens. No tuve que hacerlo. Mejor que muriera. Cmo poda dejarla vivir despus de que me hiciera descender a un lugar de m que ni siquiera saba que exista? Cmo poda aceptarme, incluso ser yo, si me rend a ese lugar y me baj la bragueta y dej que probara mi cuerpo all mismo? Y al da siguiente otra vez, y al siguiente y al siguiente, y todos los das que vena a rebuscar entre la basura. Qu clase de hombre es capaz de algo as? Y qu clase de hombre cree que podr llegar a pagar alguna vez el precio de aquella naranja? Puede seguir escribiendo, pero he credo que deba saber la verdad.

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A la maana siguiente en el desayuno daba la impresin de que Cee haba recobrado su yo reciente: firme, alegre, ocupado, lleno de confianza. Con un cucharn le sirvi a Frank patatas con cebolla frita y le pregunt si tambin quera huevos o no. Frank dijo que no, pero pidi ms caf. No haba dormido en toda la noche, agitado y enredado en pensamientos recurrentes y agobiantes. Cmo haba escondido su culpa y su vergenza bajo el grandilocuente luto por sus amigos muertos. Da y noche se haba aferrado a ese sufrimiento porque lo salvaba, lo libraba del anzuelo de la culpa, porque ocultaba a la nia coreana. Y ahora tena el anzuelo bien clavado en el centro del pecho y con nada se lo podra sacar. Lo nico que poda esperar era que el tiempo lo fuera aflojando. Entretanto, haba cosas que mereca la pena hacer. Cee. A Frank, que contemplaba su rostro, le alegraba ver que su hermana tena los ojos secos y la mirada serena. Qu ha sido de aquel terreno donde solamos colarnos a escondidas? Te acuerdas? Aquel donde estaban los caballos. S, me acuerdo dijo Cee. He odo que unos hombres lo compraron y construyeron un sitio para jugar a las cartas. Haba partidas da y noche. Y tambin haba mujeres. Y he odo que luego organizaban peleas de perros. Qu hicieron con los caballos? Alguien lo sabe? Yo no. Pregntale a Salem. Nunca dice nada, pero se entera de todo. Frank no tena la menor intencin de ir a casa de Lenore para hablar con Salem. Saba muy bien dnde y cundo encontrarlo. El viejo era regular en sus hbitos, como los cuervos. Pasaba un rato sentado en el porche de un amigo a determinada hora, iba a Jeffrey siempre el mismo da y confiaba en que los vecinos lo invitaran al aperitivo. Como de costumbre, despus de la cena se aposentaba con el rebao en el porche de Anderson Ojo de Pez. Excepto Salem, todos los dems eran veteranos de guerra. Los dos ms viejos haban combatido en la Primera Guerra Mundial, el resto en la Segunda. Haban odo hablar de la de Corea, pero como no comprendan el motivo de la lucha, no le concedan el respeto la seriedad que Frank crea que mereca. Clasificaban las batallas y las guerras segn las cifras de bajas: tres mil en este sitio, doce mil en aquel otro, sesenta mil en las trincheras. A mayor nmero de muertos, ms valientes haban sido los guerreros, no ms estpidos los comandantes. Salem Money, que no tena historias blicas que contar ni opiniones que manifestar, era un jugador vido. Ahora que su mujer pasaba la mayor parte del tiempo en cama o en el divn, estaba ms cerca de la libertad que nunca. Como es natural, tena que escuchar sus quejas, pero como Lenore hablaba con dificultad, poda fingir que no la entenda. Adems, tena otra ventaja: ahora era l quien manejaba el dinero. Iba a Jeffrey todos los meses y sacaba de la cuenta todo lo que necesitaba. Si Lenore le peda el talonario, no le haca caso o deca: No te preocupes por nada. El dinero est bien. Hasta el ltimo centavo. Casi todos los das despus de cenar, Salem y sus amigos quedaban para jugar al ajedrez o a las damas, y de vez en cuando al whist. Siempre haba dos mesas, era una de sus caractersticas inmutables, en el atestado porche de Ojo de Pez. Apoyadas en la barandilla estaban las caas de pescar y haba cajas de hortalizas y verduras esperando a que alguien las metiera en casa, y botellas de refresco vacas, peridicos, todos los objetos con los que un hombre se encuentra cmodo. Mientras dos parejas de jugadores movan las piezas, los dems se sentaban en la barandilla y rean y se burlaban de los perdedores y les daban consejos. Frank levant los pies para no pisar una cesta de remolachas rojas de Detroit y se acomod junto al grupo de mirones. En cuanto termin la partida de whist se traslad al tablero de ajedrez, donde jugaban Salem y Ojo de Pez, que meditaban sus movimientos durante varios minutos. En una de las pausas, intervino. Cee me ha hablado del terreno aquel, donde tenan caballos y un establo con sementales. Me ha dicho que ahora organizan peleas de perros. Es verdad? Peleas de perros. Salem se llev la mano a la boca para amortiguar la carcajada. De qu te res? Peleas de perros. Ojal fuera eso todo lo que hacan. No. Ese lugar se quem hace tiempo, a Dios gracias. Salem hizo un gesto con la mano instando a Frank a que no le distrajera mientras se concentraba en el siguiente movimiento. Quieres saber en qu consistan esas peleas de perros? pregunt Ojo de Perro. Pareci que la interrupcin le agradaba. Ms bien trataban a los hombres como si fueran perros de pelea. Habl otro veterano. No te acuerdas de aquel chico que estuvo aqu llorando? Cmo dijo que se llamaba? Andrew, recuerdas cmo se llamaba? Jerome dijo Andrew. Como mi hermano. Por eso me acuerdo. Eso es, Jerome. Ojo de Pez se dio un manotazo en la rodilla. Nos dijo que les trajeron a l y a su padre de Alabama. Atados con una soga. Les obligaron a pelearse. Con cuchillos. No, seor. Con facas. Con facas, s, seor. Salem lanz un escupitajo por encima de la barandilla. Les dijeron que tenan que pelear hasta que uno matara al otro. Qu? A Frank se le hizo un nudo en la garganta. Como lo oyes. O mora uno, o moran los dos. Hicieron apuestas. Salem frunci el ceo y se removi en su silla. El chico cont que se hicieron algunas heridas, las justas para que les saliera sangre. Pero solo el que quedara vivo poda marcharse, ese era el juego. As que uno tena que matar al otro. Andrew negaba con la cabeza. Los hombres formaron un coro y contaron lo que saban y cmo se haban sentido, sumndose a las observaciones de los dems o interrumpindolas. Dejaron de organizar peleas de perros. Convirtieron a los hombres en perros. Hacer que un padre se pelee con su hijo. Quin es capaz superar algo as? Nos cont que le dijo a su padre: No, pap, no. Y que su padre le dijo: Tienes que hacerlo. Una decisin diablica. Decidas lo que decidas, te vas derechito al infierno. Entonces, como se negaba en redondo, su padre le dijo: Hijo, debes obedecerme una vez ms, la ltima. Tienes que hacerlo. Cont que le dijo a su padre: No te puedo quitar la vida. Y su padre le dijo: Esto no es vivir. Mientras tanto, la gente, borracha, como loca, gritaba cada vez ms alto: Dejad ya de ladrar y a pelear! A pelear, maldita sea!. Y? A Frank le costaba respirar. Y t qu crees? Le mat. Ojo de Pez volvi a soliviantarse. Se present aqu llorando y nos lo cont todo. Todo. Pobrecillo. Rose Ellen y Ethel Fordham salieron a pedir dinero para l, para que pudiera marcharse a alguna parte. Tambin Maylene. Todos juntamos algo de ropa para l. Estaba empapado de sangre. Si el sheriff le vea la sangre, le meta en la crcel sin pensrselo dos veces. Nos lo llevamos en una mula. Gan la vida, eso es todo lo que gan. Aunque dudo que despus de aquello le concediera mucho valor. Me parece que no dejaron toda esa asquerosidad hasta Pearl Harbor dijo Salem. Cundo ocurri? Frank apretaba la barbilla. Cundo ocurri el qu? Cundo estuvo aqu el hijo, Jerome? Hace mucho. Diez o quince aos, creo. Frank se haba levantado ya para irse cuando se le ocurri otra pregunta. Por cierto, qu pas con los caballos? Supongo que los venderan dijo Salem. Ojo de Pez asinti. S. A un matadero. Qu? Era difcil de creer, pens Frank. La carne de caballo era la nica que no estaba racionada durante la guerra, comprendes? dijo Ojo de Pez. Yo com carne de caballo en Italia. Y en Francia. Sabe igual que la ternera. Bueno, es un poco ms dulce. Tambin la comamos en nuestros queridos Estados Unidos, solo que no lo sabamos. Andrew se ech a rer. Salem, impaciente por reanudar la partida, cambi de tema. Oye, qu tal est tu hermana? Mejor contest Frank. Se pondr bien. Te ha dicho qu ha sido de mi Ford? Es lo que menos le preocupa, abuelito. Y a ti tampoco debera preocuparte. Ya, bueno. Salem movi la dama.

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Cee se negaba a darle el edredn. Frank lo quera para algo, algo que le tena preocupado. Era el primer edredn que Cee haba hecho ella sola. Tan pronto como la enferma pudo sentarse sin sangrar y sin que le doliera, las vecinas asaltaron su cuarto y empezaron a escoger retales sin dejar de hablar de medicinas y de las oraciones ms tiles para pedir la gracia de Jess. Tambin cantaron mientras daban puntadas a los retales que acababan de escoger. Cee saba que su edredn no era demasiado bueno, pero a Frank le pareca perfecto. Perfecto para qu. No quiso decirlo. Venga, Cee. Lo necesito. Y tienes que venir conmigo. Tenemos que estar los dos. Estar dnde? Confa en m. Frank lleg tarde a cenar y cuando entr por la puerta estaba sudando y sin aliento, como si hubiera estado corriendo. Una tablilla lijada del tamao de una regla asomaba en el bolsillo trasero del pantaln. Y haba cogido la pala. Cee se neg. De ninguna manera, le dijo. Por mal cosida que estuviera la colcha, valoraba mucho su soso estampado y su peculiar combinacin de colores. Frank insisti. Por su forma de sudar y su mirada acerada, Cee comprendi que lo que tena entre manos, fuera lo que fuese, era muy importante para l. Se puso las sandalias de mala gana y lo sigui, abochornada otra vez por el mediocre edredn que su hermano cargaba sobre los hombros. Si alguien los vea, quiz pensara que iban de pesca. .A las cinco de la tarde? Con una pala? Poco probable. Llegaron al final del pueblo y cogieron un camino de carretas, el mismo que recorran cuando eran pequeos. Entorpecida por sus finas sandalias, Cee tropezaba con las piedras, as que Frank aminor el paso y la cogi de la mano. Cee saba que no tena ningn sentido interrogarle. Tiempo atrs, cuando se aventuraba de la mano de su hermano mayor en territorio desconocido, le acompaaba en silencio. Por mucho que le molestara hacer otra vez lo que queran los dems le pareca una recada, cooper. Solo por esta vez, se dijo. No quiero que Frank tome decisiones por m. Las percepciones se alteran: los campos disminuyen a medida que la edad aumenta; para un nio, media hora de espera se hace larga como un da. En recorrer las cinco pedregosas millas tardaron las mismas dos horas que cuando eran pequeos, pero entonces se hacan eternas y les pareca que estaban lejos, muy lejos de casa. La cerca que fuera tan robusta se haba cado en la mayora de los sitios y sus amenazantes y repetidos letreros algunos tenan la silueta de una calavera haban desaparecido o eran una mera sombra de advertencia que sobresala entre hierbas altas. Se ha quemado por completo dijo Cee nada ms reconocer el lugar. No lo saba, y t? Me lo dijo Salem, pero no es ah a donde vamos. Frank se protegi los ojos del sol un momento antes de seguir caminado junto al cercado, o lo que quedaba de l. Se par de pronto y tante el terreno pisando la hierba, apretando ms fuerte en algunos sitios hasta encontrar lo que buscaba. S dijo. Justo aqu. Le cambi a Cee la pala por el edredn y empez a cavar. Huesos pequeos. Algunos harapos. El crneo, sin embargo, estaba limpio y sonrea. Cee se mordi el labio, obligndose a no apartar la mi rada, a no ser la nia aterrorizada que no aguantaba mirar de frente la carnicera que se produca en el mundo, por infame e impa que fuese. Esta vez no se encogi de miedo ni cerr los ojos. Con cuidado, con mucho cuidado, Frank coloc los huesos en el edredn de Cee esforzndose por dejarlos como haban estado en vida haca ya tantos aos. El edredn se convirti en un sudario lila, carmes, amarillo y azul marino. Juntos doblaron la tela y anudaron los extremos. Frank le dio a Cee la pala y carg en sus brazos al caballero. Volvieron por el camino de las carretas, pero se alejaron del pueblo en direccin al ro. Enseguida encontraron el laurel partido por la mitad, decapitado, no muerto; extenda los brazos, uno a la derecha, otro a la izquierda. Frank deposit a sus pies el edredn lleno de huesos que primero fue sudario y despus atad. Cee le dio la pala. Mientras Frank cavaba, ella contempl la ondulada corriente y el follaje de la orilla opuesta. Quin es ese? Seal al otro lado de la corriente. Quin? Frank se volvi para mirar. No veo a nadie. Fa pasado de largo, supongo. No estaba segura. Le pareci haber visto a un hombre de corta estatura vestido con un gracioso traje y balanceando un reloj de cadena. Y sonrea. Frank cav una fosa de cinco pies de profundidad ms o menos y de treinta y seis pulgadas de ancho. Tuvo que maniobrar un poco porque las races del laurel opusieron resistencia a la intromisin y contraatacaron. El sol haba enrojecido y estaba a punto de ocultarse. Los mosquitos temblaban sobre el agua. Las abejas se haban marchado. Las lucirnagas esperaban la noche. Y el leve olor a bayas de muscadinia picadas por colibres aliviaba al sepulturero. Cuando por fin hubo acabado, se levant una agradable brisa. Hermana y hermano metieron el atad de colores pastel en la tumba perpendicular. En cuanto lo cubrieron de tierra, Frank sac dos puntas y la tablilla de madera pulida del bolsillo. La clav con una piedra al tronco del rbol. Una punta se dobl y malogr, pero la otra fij la tablilla lo suficiente para dejar ver las palabras que Frank haba escrito con pintura. Aqu se alza un hombre.

Figuraciones suyas tal vez, pero habra jurado que el laurel asenta complacido. Sus hojas verde olivo se volvieron locas bajo el resplandor del grueso sol rojo cereza.

17

Estuve all mucho rato, contemplando aquel rbol. Pareca tan recio, tan hermoso. Herido justo en el centro pero vivo y entero. Cee toc mi hombro suavemente. Frank? S? Venga, hermano. Volvamos a casa.