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  • LAZARO RESUCITADO

    Jos Mara Latorre

  • El mismo da de su resurreccin, Lzaro de Betania empez a darse cuenta

    de que, una vez disipados los ecos de la alegra que el hecho de verle de

    nuevo con vida, fuera del sepulcro, haba despertado entre quienes le

    conocan, todos, incluso sus dos hermanas Mara y Marta, le miraban con

    recelo y que, adems, lo hacan igual que si se tratara de un extrao que se

    hubiese instalado entre ellos animado por un turbio propsito que se les

    escapara de su entendimiento.

    Despus de salir del sepulcro, todava amortajado, vendado de pies y

    manos, Lzaro fue llevado a casa por Mara, Marta y dos piadosas vecinas

    que haban estado orando buena parte del da delante de la losa, las cuales

    guiaron amorosamente sus pasos como si estuvieran enseando a caminar

    a un nio o sacaran a pasear a un enfermo querido debilitado por la

    calentura. l apenas se daba cuenta de lo que estaba sucediendo; no poda

    pensar, se senta aturdido y somnoliento, caminaba con dificultad y al

    principio haba sido incapaz de reconocer los rostros de quienes le

    rodeaban. Guardaba el vago recuerdo de un hombre alto, enjuto, vestido

    con tnica blanca, que le miraba intensamente, y slo al cabo de un rato,

    poco antes de que hubieran terminado de recorrer el pedregoso camino

    que conduca a su casa, record que haba visto antes a ese hombre a quien

    los dems llamaban Jess. Lzaro, que no recordaba su enfermedad ni

    saba de su paso por el trance de la muerte, se acord en cambio de que

    Jess haba estado tiempo atrs en su casa, hablando con Mara, y de que

    Marta se haba quejado porque Mara, distrada con la palabrera del

    husped, no le ayudaba en las faenas caseras. Marta, Marta ---haba dicho

    Jess---, afanada y turbada ests con muchas cosas, pero slo una cosa es

    necesaria y Mara ha escogido la buena parte, la cual no le ser quitada.

    Poda rememorarlo palabra por palabra.

    Extraado por verse vendado, Lzaro se preguntaba por qu recordaba

    2

  • precisamente eso y sin embargo no consegua recordar ninguna otra cosa.

    A qu venan esos vendajes? Por qu Marta y Mara le miraban con

    expresin de asombro e incluso de miedo? Por qu ese Jess le haba

    mirado tan intensamente al verle marchar con dificultad sostenido por

    cuatro mujeres? Por qu notaba a su alrededor un olor repugnante que

    pareca surgir de su propio cuerpo? Por qu caminaba con tanta torpeza y

    notaba los miembros agarrotados? Pero, sobre todo, por qu tena tanto

    fro?

    Esas fueron sus primeras palabras: primero un desconcertado por

    qu?, luego un lastimero tengo mucho fro. Una de las vecinas que le

    ayudaban a andar dijo que el fro de Lzaro llegaba hasta ella a travs de la

    mano y a pesar de las vendas que la cubran. Unas lgrimas resbalaron

    entonces por las mejillas de Mara. Era la hora de la comida y al entrar en el

    pueblo se ola a carne asada, mas no por ello el hedor que les haba

    acompaado a lo largo del camino se hizo menos intenso.

    Como una vez dentro de la casa Lzaro siguiera quejndose de fro,

    Marta, diligente, aviv las brasas del hogar y sent a su hermano ante el

    fuego preguntndole si entraba en calor. Mas la proximidad de las llamas

    no aliviaba la intensa sensacin de fro de Lzaro, que tiritaba. Entretanto,

    Mara fue en busca de una recia tnica limpia y de sandalias, y ayudada por

    Marta procedi a retirar las vendas de manos y pies del hermano

    resucitado, visti el aterido cuerpo blanquecino y le cubri tambin las

    extremidades. A pesar de ello, Lzaro sigui quejndose del fro. Fue

    entonces cuando Marta protest por el olor y pidi que mantuvieran

    abierta la puerta de la casa. No debemos hacerlo. Nuestro hermano tiene

    mucho fro, repuso Mara. La puerta permaneci cerrada.

    As transcurri la tarde: Lzaro inmvil ante el hogar con la vista fija en el

    fuego, Marta y Mara mirndole de reojo, sin que ninguno de los tres dijera

    3

  • una sola palabra ms. Antes del anochecer recibieron la visita de otros

    vecinos que acudieron para ver por s mismos el portento, pues por el

    pueblo haba corrido rpidamente la voz de la resurreccin. Todos le

    parecieron extraos a Lzaro y todos, a su vez, miraron a ste con una

    mezcla de curiosidad y aprensin. Uno de ellos, ms joven y audaz, lleg al

    extremo de tocar una de las mejillas del resucitado, mas retir la mano al

    notarla helada: el de Lzaro no era ---as pens el atrevido un fro

    normal sino el fro de la tumba.

    Con la llegada de la noche los tres hermanos se quedaron solos. Marta

    coment entonces la necesidad de cenar algo y Mara se encarg de animar

    a Lzaro para que se sentara con ellas a la mesa. El resucitado se limit a

    cabecear sin decir ni que s ni que no. La idea de comer le resultaba

    indiferente, y cmo poda pensar en comer teniendo por compaa a tan

    repugnante olor! Fue el olor la causa de que Lzaro empezara a recordar.

    l haba resucitado para el mundo, pero el mundo no haba resucitado an

    para l. Y cuando lo hizo fue poco a poco, manifestndose primero por

    olores, luego por colores y sensaciones perdidas; gracias al olor, Lzaro fue

    recreando el mundo del que haba sido excluido por obra de la muerte.

    Recordaba bien ese olor: antes lo haba notado durante sus pastoreos al

    tropezar en el monte con algn animal muerto: era el olor de la carroa: el

    mismo olor que le haba echado hacia atrs al pasar ante el sepulcro de su

    vecino Jeremas, tambin pastor como l, que llevaba tres semanas muerto:

    la piedra que lo cubra estaba mal ajustada y al aproximarse hacia la

    abertura la vaharada le hizo huir. Era el olor de la muerte, y l, Lzaro, lo

    llevaba encima, adherido a la piel como el sudor en das clidos, lo cual

    quera decir que tambin l estaba muerto. O que haba estado muerto,

    pensamiento que le produjo un escalofro casi doloroso.

    Apenas sin darse cuenta, Lzaro fue recordando su enfermedad;

    4

  • rememor los das de postracin en el lecho, los sudores y los temblores,

    los rostros lvidos de Mara y Marta, el dolor que le oprima, tan grande

    que no poda llevarle sino al sepulcro. Y si haba muerto, qu haca de

    nuevo en su casa, sentado ante el fuego? Se toc la mano izquierda con la

    derecha, la derecha con la izquierda, y luego apoy las manos sobre las

    piernas. La muerte era consuncin, era la prdida del cuerpo, y l an tena

    el suyo por ms que le resultara extrao al tacto. Mucho tiempo atrs,

    siendo un nio, a la salida de un banquete de bodas en el que todos los

    asistentes haban comido cordero asado ---poda recordarlo ahora---, fue a

    dar un paseo por el campo y descubri un hueso humano que sobresala a

    ras de tierra; ver aquel resto terroso por el que correteaban hormigas y

    recordar los huesos despedazados del animal corriendo de boca en boca,

    sucias las barbillas de grasa, fue todo uno; haba tenido que vomitar. Desde

    entonces, siempre que se vea obligado a comer cordero asado recordaba

    lo sucedido y asociaba aquel hueso semienterrado con el hueso a medio

    comer que tena entre las manos: ambos haban estado recubiertos de

    carne. La muerte tambin se presentaba ante l bajo la forma y el olor de la

    carne asada. Para Lzaro, dos eran los olores de la muerte: el de la tumba

    de Jeremas y el del humo del asado. Y uno y otro se juntaron en la casa

    cuando Marta puso a asar carne y ofreci un pedazo al hermano.

    No puedo..., no puedo comer eso, rechaz Lzaro. Las hermanas se

    alegraron de que por fin hubiera hablado, aunque slo hubiese sido para

    negarse a tomar el alimento necesario, pues su silencio las llenaba de

    compuncin.

    Lzaro se acost sin cenar, invocando la pronta llegada del sueo.

    Confiaba en que el nuevo da hara que lo viera todo mejor y por eso

    deseaba que el sol rasgara pronto el velo de la noche, mas el sueo se

    resista a empujar al tiempo, como si tuviera miedo de lo que pudiese

    5

  • alumbrar la maana. Desde donde yaca poda ver a sus hermanas

    cenando ---haban decidido hacerlo despus de que su hermano se retirara

    a dormir, vista la repugnancia con que miraba los alimentos--- y hablando

    en voz baja. Por ms que se esforz por escuchar lo que decan, no

    consigui entenderlas. Cerr los ojos pero no durmi. Marta y Mara iban

    de un lado a otro, recogiendo los utensilios de la cena. De vez en cuando

    dirigan miradas furtivas hacia el lugar donde, segn crean, Lzaro estaba

    durmiendo. Vistos a distancia, los ojos de las dos hermanas refulgan como

    el aceite de los candiles. La casa no tard en quedar a oscuras y en silencio.

    Un fro claro y cristalino haba descendido sobre Betania.

    Ni as pudo dormir Lzaro. El olor a tumba y a asado, si bien era menos

    intenso, le provocaba nuseas y le haca pensar continuamente en la

    muerte. Su pensamiento, que se hallaba orientado hacia el pasado, le

    ofreca tantas zonas de sombra como de luz, y lo que vea le haca sentirse

    tan aterrado como lo que adivinaba. Recordaba cosas, pero por ms que se

    esforzara no poda recordar todo. Y por encima de los vagos recuerdos se

    alzaban la rememoracin de la enfermedad padecida y la negrura que

    separaba a aquellos das del ahora, una densa oscuridad que necesitaba

    alumbrar como fuera para recuperar el sosiego.

    Jams hubo noche tan larga para Lzaro. Sueo, concdeme tu

    bendicin, s