La idea de la revolución en el siglo XIX - Pierre Joseph Proudhon

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As entre los hombres partidarios del movimiento como entre los partidarios de la resistencia, existe la idea de que una revolucin, cuando se halla atacada en su origen, puede ser detenida, rechazada, esquivada, o desnaturalizada. Para esto slo se necesitan dos cosas: la astucia y la fuerza. Uno de los escritores ms juiciosos de nuestros tiempos, M. Droz, de la academia francesa, ha escrito una historia sobre el reinado de Luis XVI durante el que, segn l, se hubiese podido evitar la revolucin que le cort el trono y su existencia. Blanqui, uno de los ms inteligentes revolucionarios de nuestros das, dice, as mismo, que con una energa y habilidad suficiente, el poder tiene medios para guiar al pueblo como mejor le parezca, hollar el derecho y ahogar el espritu revolucionario. Tanto la poltica del tribuno de Belle Isle (ruego a sus amigos que tomen la calificacin en el buen sentido de la frase) como la del juicioso acadmico, encuentra su origen en su miedo de ver la reaccin

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La idea de la revolucin en el siglo XIX de Pierre Joseph Proudhon

LA IDEA DE LA REVOLUCIN EN EL SIGLO XIX*Pierre Joseph ProudhonPREFACIOEn toda historia de una revolucin se tienen que observar tres cosas:

El rgimen anterior que la revolucin trata de abolir y que en su afn para conservarse se hace contrarrevolucionario.Los partidos que, tomando la revolucin desde ciertos puntos de vista, siguiendo preocupaciones e intereses diversos, se esfuerzan, cada uno, por atraerla hacia s y por explotarla en su provecho. La revolucin en s misma, o su solucin legtima.

La historia parlamentaria filosfica y dramtica de la revolucin de 1848, podra dar materia para muchos volmenes; pero me circunscribir a tratar, de una manera independiente, algunas de las cuestiones que permiten ilustrar nuestros conocimientos actuales. Me lisonjeo que mis estudios bastarn para explicar la marcha, y hacer conjeturar el porvenir de la revolucin en el siglo XIX.

Lo que voy a trazar no es una historia, sino un plan especulativo, un cuadro intelectual de la revolucin.

Llenad el tiempo y el espacio con fechas, nombres, discursos, manifiestos, proclamas, batallas, episodios, golpes de habilidad, evoluciones parlamentarias, venganzas, desafos, etc., etc., y tendris la revolucin en carne y hueso; tal como se ve en Buchez y en Michelet.

Por primera vez el pblico juzgar el espritu y conjunto de una revolucin antes de que se realice por completo: quin sabe las desgracias que hubiesen evitado nuestros padres, si, dejando aparte el azar, los hombres y los partidos, hubiesen podido leer con anterioridad su destino.

En mi exposicin tendr cuidado de recurrir en lo posible a los hechos y elegir siempre entre estos los ms sencillos y vulgares: es el nico medio para que la revolucin social, que no ha sido hasta aqu ms que un Apocalipsis, se convierta en una realidad. PRIMER ESTUDIO

LAS REACCIONES DETERMINAN LAS REVOLUCIONES

CAPTULO IDE LA FUERZA REVOLUCIONARIA

As entre los hombres partidarios del movimiento como entre los partidarios de la resistencia, existe la idea de que una revolucin, cuando se halla atacada en su origen, puede ser detenida, rechazada, esquivada, o desnaturalizada. Para esto slo se necesitan dos cosas: la astucia y la fuerza. Uno de los escritores ms juiciosos de nuestros tiempos, M. Droz, de la academia francesa, ha escrito una historia sobre el reinado de Luis XVI durante el que, segn l, se hubiese podido evitar la revolucin que le cort el trono y su existencia. Blanqui, uno de los ms inteligentes revolucionarios de nuestros das, dice, as mismo, que con una energa y habilidad suficiente, el poder tiene medios para guiar al pueblo como mejor le parezca, hollar el derecho y ahogar el espritu revolucionario. Tanto la poltica del tribuno de Belle Isle (ruego a sus amigos que tomen la calificacin en el buen sentido de la frase) como la del juicioso acadmico, encuentra su origen en su miedo de ver la reaccin, triunfante, miedo que, en mi concepto, no es nada ms que ridculo. As la reaccin, germen del despotismo, existe en el corazn del hombre; aparece, aun mismo tiempo, en las dos extremidades del horizonte poltico y constituye una causa, no pequea, de nuestras muchas desgracias. Privar que una revolucin siga su curso: Acaso no es esto una amenaza a la Providencia, un desafo al inflexible destino, cuanto, en una palabra, se puede inventar de ms absurdo! Privad a la materia que pese, a la llama que arda, al sol que brille!

Con lo que pasa a nuestros ojos, yo mostrar que as como el instinto de la relacin es inherente a cualquier institucin social la necesidad de la revolucin, es, igualmente, irresistible; que todo partido poltico, sea cual fuere, puede convertirse conforme a las circunstancias en revolucionario y reaccionario; que estos dos extremos, reaccin y revolucin, correlativos uno del otro, y engendrndose mutuamente, son, en los conflictos, esenciales a la humanidad: de suerte que puede evitar los escollos que a derecha e izquierda amenazan a la sociedad, el nico medio que existe (al revs de lo que la legislacin actual se lisonjea de hacer) es que la reaccin transija perpetuamente con la evolucin. Acumular los agravios, y, si se puede emplear esta frase: almacenar, con la represin, la fuerza revolucionaria, equivale a que se franquee de un golpe todo el espacio que la prudencia manda salvar poco a poco y sustituir al tranquilo y pacfico progreso, el progreso realizado con saltos y sacudidas.

Quin ignora que los ms poderosos monarcas han dejado un ilustre nombre en la historia hacindose revolucionarios a medida que las circunstancias lo exigan? Alejandro de Macedonia devolvi a Grecia su unidad Julio Csar que fund el imperio romano sobre los escombros de una venal e hipcrita repblica; Clovis, cuya conversin fue la seal del establecimiento definitivo del cristianismo en las Galias, y, hasta cierto punto, el origen de la fusin entre las hordas francas en el ocano galo; Carlomagno que inaugur la centralizacin de los alodios e indic el punto de donde arranc el feudalismo; Luis el Gordo, tan querido en el Tercer Estado por el favor que hubo de dispensar al municipio; San Luis, que organiz los gremios; Luis XI y Richelieu, que dieron el ltimo golpe a la nobleza, fueron todos ms o menos revolucionarios. La misma noche de San Bartolom, que en el espritu del pueblo, de acuerdo con Catalina de Mdicis, fue dirigido contra la nobleza, ms que contra la reforma, ha sido una manifestacin violenta contra el rgimen feudal. Pero en 1814, en la ltima reunin de los Estados Generales, la monarqua francesa abjur su papel de iniciadora, y, faltando a sus propias tradiciones, se atrajo el 21 de enero de 1793, donde espi su felona.

Nada tan fcil como el citar ms ejemplos: todo el mundo los suplir por pocos conocimientos que tenga de la historia.Una revolucin es una fuerza contra lo que ningn poder, divino o humano, prevalece. Una revolucin se engrandece y fortifica en la misma resistencia que encuentra. Se puede dirigirla y moderarla y ya dije, no hace mucho, que la poltica ms sabia consiste en ceder a ella lentamente con objeto de que la evolucin constante de la humanidad se realice insensiblemente en vez de realizarse con sacudidas y trastornos. A una revolucin no se le rechaza ni engaa; nadie la desnaturaliza ni nadie llaga a vencerla; cuanto ms se le comprime, ms se acrecienta su impulso: su accin no es irresistible. Tan cierto es esto, que para el triunfo de una idea lo mismo da que se la persiga o se la deje en sus principios, como que se la permita desenvolver y propagar sin ningn gnero de vallas. A semejanza de la antigua Nmesis, que ni las amenazas ni los ruegos eran bastante a impresionar, la revolucin avanza con sombro y fatal paso sobre las flores que le echan sus devotos, en la sangre de sus defensores, y sobre los cadveres de sus mismos enemigos.

Cuando en 1822 las conspiraciones cesaron, no falt quien creyese que la restauracin haba vencido a la Revolucin. En esta poca bajo el ministerio Villele ya propsito de la expedicin a Espaa, se la prodigaron toda clase de insultos. Pobres locos! la Revolucin haba pasado; ms los aguardaba en 1830.

Cuando en 1839 y despus de la tentativa de Blanqui y de Barbes se dispersaron las sociedades secretas, pensase, tambin, en la inmortalidad de la joven dinasta: no pareca sino que el progreso estaba a sus rdenes. Los aos que siguieron fueron los ms brillantes del reinado. Y sin embargo, a partir de 1839 la clase media empez a coaligarse; el pueblo se amotin, hasta que, por fin, llegaron las jornadas de febrero. Quiz con ms prudencia o ms audacia, se hubiese prolongado la existencia de esa monarqua esencialmente reaccionaria; pero la catstrofe, retardada, hubiera sido mucho ms violenta.

Despus de febrero, se ha visto cmo los jacobinos, los girondinos, los bonapartistas, los jesuitas, todos los partidos de otras pocas (casi he nombrado todas las fracciones sucesivamente contrarrevolucionarias de los pasados tiempos) queran ahogar una revolucin que ni tan slo fue comprendida. Hubo un instante en que la coalicin fue completa. El partido republicano casi haba cedido. Pues bien que la coalicin insista, qu se obtiene en la realizacin de sus planes? su derrota ser ms completa. Si la revolucin pierde terreno, luego avanzar a grandes pasos. Esto es tan fcil de comprender como un axioma geomtrico. La revolucin no suelta el bocado por la misma razn de que nunca se perjudica a s misma.

Las revoluciones empiezan siempre con las quejas del pueblo que slo la acusacin contra un estado de cosas vicioso y en el cual la case pobre es siempre la vctima. Las masas no se sublevan ms que contra lo que les daa en su constitucin fsica o moral y esto es un motivo para que se los persiga y se ejerza en ellas toda clase de venganzas. Qu locura! Un gobierno cuya poltica se funda en no escuchar la voz del pueblo, y en rechazar sus quejas, se denuncia a s mismo. Es como el bandido que acalla sus remordimientos con la ejecucin de varios crmenes. En cada atentado la conciencia ruge ms fuerte y ms terrible, hasta que al fin, el culpable se turba y entrega al verdugo su existencia.

Para conjurar los peligros de la revolucin no existe ms que un medio: hacer justicia. El pueblo sufre y no est contento de su suerte. Es un enfermo que gime, un nio que llora. Id hacia l, atended sus quejas, estudiad las causas de la enfermedad, preved sus consecuencias y, luego, sin vacilacin de ningn gnero, tratad de socorrer, al paciente. Entonces la revolucin se desarrollar sin motines ni trastornos, como el desenvolvimiento natural del antiguo orden de cosas. Nadie la ver, nadie tendr conciencia de su vida. El pueblo agradecido os llamar sus bienhechores y os considerar sus representantes, sus jefes. De este modo, en 1789, Luis XVI fue saludado por el pueblo y, la asamblea como el Restaurador de las libertades pblicas

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