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  • LA HISTORIA: HIC ET NUNC*

    Medfilo Medina**

    El ttulo bajo el cual he querido presentar esta comu-nicacin no se asocia, como podra pensarse, a un corte transversal que permitiera presentar una mirada de con-junto al estado actual de la disciplina. El empeo es ms modesto: Se trata de llamar la atencin sobre algunos retos que se yerguen frente al historiador. El Aqu es el

    * En el momento dc iniciacin del programa de Doctorado de Histo-ria cn la Universidad Nacional es preciso evocar ciertas figuras de profesores ya desaparecidos pero que jugaron un papel importante en el desarrollo de las Ciencias Humanas en la Universidad Nacional y que hicieron contribuciones importantes tanto en la investigacin histrica como en la enseanza de la historia. Tal es el caso de Francisco Posada Daz, quien, no obstante haber desaparecido de manera prematura, alcanz a dejar importantes publicaciones en la historia social e historia dc las ideas. Igualmente resulta grato evocar al profesor Eugenio Barney Cabrera, por sus contribuciones en el campo de la historia del arte colombiano y por sus mritos como crtico de arte. El estmulo a los estudiantes, sus voces de aliento para quienes dc manera tmida nos inicibamos en la investigacin hacen que recordemos con gratitud al maestro que saba desplegar con sus alumnos una severa amistad.

    * Profesor titular y emrito, Departamento de Historia, Universidad Nacional de Colombia.

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  • Medfilo Medina

    de un pas concreto que se agita en las angustias de su contradicha situacin. El Ahora son los das finales de un siglo y de un milenio.

    En el panel que bajo el ttulo: "El papel de los histo-riadores en la coyuntura mundial" se realiz dentro de la programacin del IX Congreso de Historia celebrado en Tunja en mayo de 1995, un estudiante pregunt a los expositores sobre la contribucin que sera dable esperar de la historia para la solucin de los problemas de la sociedad actual. Uno de los expositores se apresur a responder que para solucionar los problemas de hoy haba que hacerlo con los elementos e informacin que brinda el presente. El tono de sentencia inapelable con que se enunci la respuesta desalent quiz a los dems participantes en la mesa para reaccionar de forma dife-rente a la inquietud planteada y el asunto se cancel para decepcin del pblico, que alguien hizo notar con cierta irritacin.

    Creo que la respuesta aludida no tena ms significa-cin que la de una boutade de aquellas que se presentan en ese tipo de discusiones. Lo ms frecuente es sin embargo que a preguntas de ese gnero se ofrezca una respuesta del tenor siguiente: "Para qu escribir histo-ria si no se lo hace para ayudar a nuestros contempor-neos a confiar en el porvenir y a encarar mejor armados las dificultades que encuentran da a da? El historiador, por lo tanto, tiene el deber de no encerrarse en el pasado y de reflexionar sobre los problemas de su tiempo". La afirmacin anterior corresponde a Duby en el prefacio a su libro Ao 1000, ao 2000. La huella de nuestros miedos.

    Ms all de este alto lugar comn es preciso volver una y otra vez al debate sobre la relacin entre historia y actualidad. As como el historiador en el terreno del cono-

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    cimiento no llega a conclusiones susceptibles de plas-marse en frmulas verbales o simblicas, expresin de verdades absolutas, tampoco est dotado de recursos especiales para fungir como "experto" capaz de desple-gar una batera de recomendaciones cuando se le pide su aporte en el esclarecimiento de los problemas de la sociedad actual. En qu direccin entonces puede espe-rarse su contribucin? Tiene sentido demandarla? Por supuesto que s. Pero a rengln seguido, es preciso agregar que ella tender a cobrar la forma de un punto de vista, o si se prefiere de un enfoque o de una actitud intelectual.

    Quisiera entonces invitarlos a poner en juego esas posibilidades inscritas en los elementos constitutivos de la Historia como saber. Aunque no seamos proclives a los presagios cabalsticos, no podemos sustraernos a una ligera desazn que nos produce la proximidad del final del siglo y del milenio. El ltimo trecho del siglo XX ha sido denso en acontecimientos. Pero ha sido tambin un tiempo frtil para la expansin de un pensamiento pres-criptivo que ha desembocado en polticas econmicas que se pretenden ms all de toda controversia y que tambin ha dado lugar a recetas de orden poltico formu-ladas por la ingeniera institucional. Con frivolidad que asombra se sacrifican muchas victimas propiciatorias en los altares erigidos por todas partes al "monotesmo del mercado". La anterior tendencia no parece afectada por la simultnea celebracin de la cada de los dogmas y por el melanclico descaecimiento de las filosofas de la historia y de la prdida de prestigio de los metarrelatos.

    El historiador Eric Hobsbawm, sin embargo, expresa su asombro ante el pathos proftico con que se recons-tituyen en la actualidad ciertas doctrinas que en un pasado reciente haban mostrado su fracaso. "Para aque-

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    los de nosotros, observa, que vivimos los aos de la Gran Depresin todava resulta incomprensible que la ortodoxia del mercado libre tan patentemente desacre-ditada, haya podido presidir nuevamente un perodo general de depresin a finales de los aos ochenta y comienzos de los noventa en el que se ha mostrado igualmente incapaz de aportar soluciones. Este extrao fenmeno debe servir para recordarnos un gran hecho histrico que ilustra: la increble falta de memoria de los tericos y prcticos de la economa. Es tambin una clara ilustracin de la necesidad que la sociedad tiene de los historiadores que son los "recordadores" profesionales de lo que sus contemporneos desean olvidar".1

    En clave normativa interpretan el mundo y disean las soluciones buena parte de las mujeres y hombres de Estado, los ejecutivos transnacionales, los empresarios, los funcionarios de organismos internacionales repre-sentantes de una mundial clase media tecnocrtica. Si est comprometido con su saber, el historiador estara asegurado de caer en el delirio prescriptivo.

    Desde luego hay factores que bloquean esas potenciali-dades y que han sido ominosos compaeros de buena parte de los historiadores de todos los tiempos. Uno de esos factores es presentado del modo siguiente por el historia-dor Josep Fontana: "Desde sus comienzos, en sus manifes-taciones ms primarias y elementales, la historia ha tenido siempre una funcin social generalmente la de legitimar el orden establecido aunque haya tenido que enmasca-rarla, presentndose con la apariencia de una narracin objetiva de acontecimientos concretos". Pero sigamos en la bsqueda de un deber ser de la historia que no surja de

    1 Hobsbawm, Eric, Historia del siglo XX. Barcelona. Crtica-Grijalbo Mondadori, 1995, p. 110.

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    un deseo caprichoso sino que parta de la naturaleza misma del oficio.

    Con respecto al orden de problemas que hemos trado a cuento resulta muy aleccionadora la obra de Braudel, me refiero a: Civilizacin material, economa y capitalis-mo, siglos XV al XVIII.2 En sus pginas el lector se adentra en las economas, se sumerge en los mercados, visita las ciudades y comarcas rurales de diversos pueblos y pases y por ninguna parte se topa con el mercado libre operando realmente. En cambio para su alborozo o de-cepcin le saldrn una y otra vez al encuentro toda suerte de poderes que intervienen en la trama cotidiana de la vida econmica: monopolios, privilegios gremiales, remi-niscencias forales. Pero al tiempo el lector, convertido en viajero a travs de cuatro siglos, se encontrar con cierto desconcierto en encrucijadas donde los caminos se cruzan, avistar senderos diversos y al cabo del viaje no albergar la certidumbre de que la ruta que sigui era el nico trazo posible del camino que devino en la va magistral.

    Por ello se leen con inters resultados de investiga-ciones como la de Mxime Berg, que por el camino de la renovacin metodolgica y del inteligente e infatigable acopio de nuevo material emprico estn en condiciones de ofrecer visiones renovadas sobre procesos de inters histrico capital. Se trata del libro "La era de las manu-

    facturas. 1780-1820"* que constituye una nueva historia de la revolucin industrial de la Gran Bretaa, alrededor

    2 Braudel, Fernand, Civilizacin material, economa y capitalismo, siglos XV-XVIII, Madrid, Alianza Editorial. 1984, tomos I, II y III. 1 Berg, Mxime, La era de las manufacturas 1700-1820: una nueva historia de la Revolucin iruiustrial britnica, Barcelona, Editorial Crtica, 1987.

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    de la cual la autora revisa las visiones consagradas. El mrito primero de Berg es el de colocar en cuestin la idea de un slo camino de la industrializacin. Al contra-rio, advierte varias vas de acceso a ella, asociadas a fases claramente diferenciadas. Introduce la nocin de la plu-ralidad de modelos en la difusin tecnolgica y cuestiona la hasta ahora admitida primaca de la tecnologa en relacin con el factor humano. Con base en ejemplos concretos, como aquel de la alta demanda de la mano de obra femenina en la hilandera y al mismo tiempo el bajo nivel de los salarios en esa rama, eriza de dudas la supuesta invariable accin de la ley de la oferta y la demanda en la fijacin del salario promedio e introduce elementos de otro orden en el proceso.

    Estimo til extender estas reflexiones a nuestra his-toriografa quiz afectada ms de lo necesario por la incidencia de las distintas metforas del progreso. En la historia econmica para los siglos XIX y XX la atencin estuvo muy centrada en la investigacin del comercio exterior y de los sectores internos a l vinculados. Eso fue lo caracterstico en los aos setenta y primera mitad de los ochenta. De manera ms reciente la historia de la moneda ha gozad