#3 assassins creed forsaken

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  • Soy un experto espadachn y tengo una gran habilidad en el manejo de la muerte. Noes una habilidad que me aporte placer pero se me da bien, simplemente.1735. Londres.Haytham Kenway ha aprendido a manejar la espada desde que era un nio y fue capazde sostener el peso del arma. Cuando su hogar sufre un terrorfico ataque en el que supadre es asesinado y su hermana secuestrada, Haytham se ve obligado a defender alos suyos del nico modo que sabe: matando.Un misterioso tutor se hace cargo de l y le ensea a convertirse en un asesino letal.Consumido por la sed de venganza, Haytham inicia la bsqueda que le lleve hastaaquellos que acabaron con su familia, sin confiar en nadie, poniendo en duda todoaquello que aprendi y conoci de nio.La conspiracin y la traicin le envuelven mientras se sumerge ms y ms en la largabatalla entre Asesinos y Templarios, una batalla que se remonta al principio de lostiempos.

  • Oliver Bowden

    Assassins Creed: ForsakenAssassins Creed 5

    ePub r1.0epublector 17.02.14

  • Ttulo original: Assassins Creed. ForsakenOliver Bowden, 2012Traduccin: Noem Risco, 2013Editor digital: epublectorePub base r1.0

  • Para mi madre, Usha,la mujer ms extraordinaria que conozco.

    Con amor

  • PrlogoNunca le conoc. No de verdad. Crea que s, pero cuando le su diario me di cuenta de que no leconoca en absoluto. Y ahora es demasiado tarde. Demasiado tarde para decirle que le habajuzgado mal. Demasiado tarde para decirle que lo siento.

  • PRIMERA PARTEExtractos del diario de Haytham E. Kenway

  • 6 de diciembre de 1735Hace dos das cumpl diez aos y debera haberlo celebrado en mi hogar de la plaza QueenAnne, pero mi cumpleaos ha pasado desapercibido; no hay fiestas, solo funerales, y nuestracasa calcinada parece un diente ennegrecido y podrido entre las altas mansiones de ladrillosblancos de la plaza Queen Anne.De momento, nos hemos alojado en una de las propiedades de mi padre en Bloomsbury. Es unacasa bonita y, aunque la familia est deshecha y nuestras vidas, destrozadas, al menosdebemos dar gracias por tenerla. Aqu nos quedaremos, consternados, a la espera comofantasmas atribulados, hasta que se decida nuestro futuro.El fuego consumi mis diarios, por lo que empezar a escribir esto es como comenzar de nuevo.En ese caso, probablemente debera dar a conocer mi nombre, Haytham, un nombre rabepara un muchacho ingls cuyo hogar es Londres, y quien desde el nacimiento hasta hace dosdas vivi una vida idlica, protegido de lo peor que exista en cualquier otra parte de la ciudad.Desde la plaza Queen Anne veamos la niebla y el humo que flotaba sobre el ro, y como alresto, nos molestaba el hedor, que tan solo puedo describir como caballo mojado, pero notenamos que cruzar los ftidos residuos de las curtiduras, las carniceras y los traseros deanimales y personas. Las rancias corrientes de vertidos que aceleraban el paso deenfermedades: disentera, clera, polioAbrguese, seorito Haytham, o se resfriar.Cuando pasebamos por los campos hacia Hampstead, mis nieras solan apartarme de lospobres desafortunados aquejados de tos y me tapaban los ojos para que no viera a nios condeformidades. Lo que ms les asustaba era la enfermedad. Supongo que porque no se puederazonar con ella; no se puede sobornar ni alzarse en armas contra la enfermedad, y no respetani la riqueza ni el prestigio. Es un enemigo implacable.Y por supuesto ataca sin previo aviso. As que todas las noches comprobaban que no tuvierasignos de sarampin o varicela y despus informaban de mi buena salud a mi madre, que venaa darme un beso de buenas noches. Ya veis que era uno de los afortunados, con una madre queme daba un beso de buenas noches y un padre que lo haca tambin, que me queran; y unahermanastra, Jenny, que me habl de los ricos y los pobres, que me hizo ser consciente de lasuerte que tena y me inst siempre a pensar en los dems; contrataron a tutores y nieraspara que me cuidaran y educaran, para que me convirtiera en un hombre de buenos principios,valioso para el mundo. Uno de los afortunados. No como los nios que deban trabajar en loscampos, las fbricas y, arriba, en las chimeneas.Aunque a veces me preguntaba si tendran amigos aquellos otros nios. Entonces, a pesar deque saba que mi vida era ms cmoda que la suya, les envidiaba por eso: sus amigos. Yo notena ninguno, ni tampoco hermanos o hermanas de mi edad, y respecto a buscrmelos, bueno,era tmido. Adems, haba otro problema: algo que haba salido a la luz cuando solo tena cincoaos.Sucedi una tarde. Las mansiones de la plaza Queen Anne se haban construido juntas, demodo que a menudo veamos a nuestros vecinos, ya fuera en la misma plaza o en sus jardinestraseros. A un lado de nuestra casa viva una familia que tena cuatro hijas, dos de ellas de miedad. Pasaban lo que parecan horas brincando o jugando a la gallinita ciega en su jardn y yolas oa mientras daba clase bajo la atenta mirada de mi tutor, el viejo seor Fayling, que tenaunas cejas canosas y pobladas, y la costumbre de hurgarse la nariz y quedarse examinandodespus lo que fuera que hubiese extrado de sus orificios nasales, para luego comrselo aescondidas.Aquella tarde en particular, el viejo seor Fayling abandon la habitacin y yo esper hasta quesus pasos se alejaran para levantarme de mis cuentas, ir hacia la ventana y mirar al jardn de lamansin vecina.

  • Dawson era el apellido de la familia. El seor Dawson era miembro del Parlamento, eso decami padre, apenas ocultando su ceo fruncido. Tenan un jardn de altos muros y, a pesar de losrboles, arbustos y follaje en plena floracin, algunas partes eran visibles desde la estanciadonde daba clase, as que vea jugar a las nias Dawson. En aquella ocasin, para variar, setrataba de la rayuela, y haban colocado unos mazos en el suelo como pista improvisada,aunque no pareca que se lo tomaran muy en serio; seguramente las dos mayores intentabanensear a las dos ms pequeas las sutilezas del juego. Vislumbr un borrn de coletas, colorrosa y vestidos arrugados; se llamaban y rean, y de vez en cuando oa una voz adulta,probablemente la de una niera, fuera de mi vista tras el manto bajo unos rboles.Dej un momento mis cuentas desatendidas sobre la mesa mientras observaba cmo jugabanhasta que, de repente, casi como si pudiera percibir que la estuvieran contemplando, una de lasms pequeas, un ao menor que yo tal vez, alz la mirada, me vio en la ventana y ambos nosquedamos mirndonos fijamente.Tragu saliva y despus, no muy convencido, levant una mano para saludar. Para mi sorpresa,la nia me contest con una sonrisa. A continuacin llam a sus hermanas, que se reunieron asu alrededor, y las cuatro, entusiasmadas, estiraron el cuello y se taparon los ojos del sol paramirar hacia mi ventana, donde yo estaba expuesto como en un museo, salvo que aquel objetode exposicin se mova y se sonrojaba ligeramente por la vergenza, pero aun as senta elsuave y clido resplandor de algo que podra haber sido amistad.Pero se evapor en el instante en que apareci su niera bajo el abrigo de los rboles, mirenfadada hacia mi ventana con una expresin que no dejaba ninguna duda de lo que pensabasobre m que era un mirn o algo peor y enseguida quit de mi vista a las cuatro nias.Aquella mirada que me haba lanzado la niera ya la haba visto antes y la volvera a ver en laplaza o en los campos a nuestras espaldas. Recordis cmo mis nieras me apartaban de losandrajosos desafortunados? Otras mantenan a sus nios alejados de m. La verdad es quenunca me pregunt por qu. No me lo pregunt porque No s, porque no haba razn parapreguntrselo, supongo; era tan solo algo que ocurra y no conoca otra cosa.* * *A los seis aos, Edith me entreg un fardo de ropa planchada y un par de zapatos con hebilla deplata. Sal de detrs del biombo con mis zapatos nuevos de hebillas relucientes, un chaleco yuna chaqueta. Edith llam a una de las sirvientas y esta dijo que era la viva imagen de mi padre,y desde luego esa era la idea.Ms tarde, mis padres vinieron a verme, y habra jurado que a padre se le empaaron un pocolos ojos, mientras que madre no disimul en absoluto y simplemente rompi a llorar all mismopara seguir en el cuarto de los nios, sacudiendo la mano hasta que Edith le pas un pauelo.All de pie, me sent un adulto sabio, a pesar de que volva a sentir calor en las mejillas. Depronto me descubr preguntndome si las nias Dawson me habran considerado elegante conmi nuevo traje, hecho un caballero. Pensaba en ellas a menudo. A veces las alcanzaba a ver porla ventana, corriendo por su jardn o guiadas hacia carruajes delante de las mansiones. Cre vera una de ellas echando una mirada furtiva hacia mi ventana, pero si me vio, esta vez no hubosonrisas ni saludos, tan solo una sombra de aquella misma expresin que me haba dedicado suniera, como si le hubiera transmitido su desaprobacin hacia m, como si se tratara deconocimiento arcano.Los Dawson estaban a un lado, esas esquivas y saltarinas Dawson con coleta, mientras que alotro se hallaban los Barrett. Eran una familia de ocho hijos, chicos y chicas, aunque de nuevocasi nunca los vea; como con las Dawson, mi relacin con ellos se limitaba a verles entrar encarruajes o distinguirles a lo lejos en los campos. Un da, poco despus de mi octavocumpleaos, me hallaba en el jardn, paseando por el permetro al tiempo que arrastraba unpalo por el alto muro de ladrillos rojos a medio desmoronar. De vez en cuando me detena a

  • darle la vuelta a las piedras con un palo para inspeccionar los insectos que correteaban pordebajo cochinillas, milpis, gusanos que se retorcan como si estiraran sus largos cuerpos, yme top con la entrada que llevaba a un pasillo entre nuestra casa y la de los Barrett.La pesada puerta estaba cerrada con un enorme candado de metal oxidado que pareca nohaberse abierto en aos y me qued mirndolo un rato, sopesando el cerrojo en la palma de lamano, cuando o un susurro, la voz apremiante de un chico.Oye, t. Es cierto lo que dicen de tu padre?Provena del otro l